En 1998 yo tenía 13 años y por entonces ya empezaba a entender que el mundo no se reducía a mi pequeño espacio. A pesar de la importancia que le da el psicoanálisis y otras disciplinas a la infancia es difícil recordar más que una idea general de lo que fue y algunos recuerdos puntuales. Uno de esos recuerdos fue el día que mi padre me llevo a los cines Brooklin para ver “Salvar al soldado Ryan”. Por entonces aun quedaba algún cine en el centro de Oviedo, todavía no se había implantado la moda de trasladarlos todos a los centros comerciales de la periferia. La película me gustó, y me sigue gustando, aunque tiene hay partes prescindibles, especialmente la primera secuencia del desembarco. Demasiada sangre y vísceras, que no hace más que recrearse en una crudeza innecesaria. Además de tener claros fallos de montaje, como que por ejemplo que desde las ametralladoras encaramadas en el muro Atlántico la visión de la playa sea que ésta se encuentra casi vacía y desde las tomas a ras de playa haya una multitud de soldados muertos y medio muertos que a duras penas permiten avanzar a los que intentan sobrevivir a la primera oleada.
También me gustó la escena del pueblo de Ste Mere Eglise. La lluvia puede hacer que las cosas sean muy trascendentes. ¿Has probado a salir a la calle mientras llueve, desprovista de paraguas y sin nada en lo que refugiarte? La lluvia puede convertir instantes en experiencias intensamente perturbadoras o hermosas. Consigue que tomemos conciencia de lo permanentemente sobreprotegidos que vivimos de la inmensidad y la fuerza del mundo y la naturaleza. Porque vivimos en una constante búsqueda del refugio, es algo atávico e inevitable. Además de ésto es maravillosa. La lluvia que más me gusta es la de las tormentas de verano, es templada y refrescante, y pilla a los seres humanos desprovistos. Es maravilloso el pelo mojado y enredado de las chicas bonitas caladas hasta los huesos.
Cuando salimos del cine, creo que tanto mi padre y yo estábamos emocionados. No sé si lloró, seguro que amargamente no. Puede que alguna lágrima cayese por sus mejillas o se le empañasen los ojos, pero nada más. No recuerdo haber visto llorar a mi padre jamás. Pero sé que hay historias que le conmueven, y la escena final es lo mejor de la película. Además mi padre siempre ha tenido mucho interés en las historias de la guerra, especialmente de la civil, porque partimos del hecho que venimos de una familia donde la barbarie de la guerra se vivió muy de cerca.
Aquel día llovía y nos mojamos de camino al coche. Recuerdo que mientras esperaba a que mi padre abriese el coche, sujetando la cerradura de la puerta, vi a una mujer mirando por la ventana del primer piso que me quedaba justo enfrente. Era madura ( sobre todo para mí entonces), de unos 35 años, y era excepcionalmente hermosa. Casi podía intuir sus ojos brillantes y dorados. Nos miramos directamente unos pocos segundos, quizá 5, no más. Cuando por fin pude entrar en el coche empecé a imaginar porqué aquella mujer me había mirado de aquella forma apoyada en el marco de su ventana, con tanta firmeza y desesperanza. Me inquietó profundamente. Fue un instante que me quedó grabado hasta el día de hoy, cosa que todavía me hace preguntarme porqué extraño mecanismo nuestro cerebro permite que olvidemos momentos importantes y que hace que otros iluminen lo oculto entre tanta oscuridad de instantes anónimos, instranscendentes o comunes.
Hoy, en 2012 tengo 27 años. Y sigo más o menos igual que cuando tenía 13 años. Más o menos los mismos problemas, o digamos más bien las mismas circunstancias que condicionan mi vida. Entre ellas la incomprensión general sobre mi ser en conjunto, personalidad o manera de pensar por parte de la gente. Otra de ellas el insomnio. Claro que con 13 años no era tan agudo, porque esta noche me he pasado la noche en vela, tumbado en la cama intentado leer “La quimera del oro” de Jack London, pero no me interesa. Así que he empezado a mirar hacia la ventana, no lo que hay detrás, el marco, el cristal, la cortina. Sé lo que hay detrás, no hay nada, vivo en un cartón de leche de paredes blancas, y al fondo solo hay un patio interior. Entonces he empezado a pensar en la necesidad de las ventanas. Primero en las físicas y después en las metafóricas. ¿Quién fue el primero que dejó un vacío en un muro y con qué motivo? ¿Necesidad de ver o de ser vistos? ¿Sirven para escapar o para entrar? No es que yo defienda el verdulerismo pero supongo que esas señoras con rulos que se cruzan el batín al abrir la puerta a los testigos de Jehová están en su derecho de mirar tanto como quieran por las ventanas. Porque eso les permite no solo escapar de su propia existencia o reflejarla en los demás, sino crear nuevas formas de existencia. Se imaginan cómo sería sus vidas en otras circunstancias, en el cuerpo de la chica de pelo rojizo que pisa con fuerza, o acostándose con el repartidor de Seur. Mirar ayuda a ser.
Ese mismo año 1998 se estrenó otra película bélica que fue eclipsada por la de Spielberg, y por la industria palomitera de Hollywood, a pesar de que es en términos generales es mejor película. Se trata de “La delgada linea roja” de Terrence Malick. Un claro alegato antibelico tratado con exquisitez y casi diría ternura, que no necesita expositores de carnicería para mostrar la ofensa que la guerra hace en las mentes y los corazones de los hombres. Una reflexión profunda de la vida y la muerte y sus envoltorios, el amor, la naturaleza, la hermandad…
Es un tipo pelicular Malick. Un tipo que ha hecho 5 películas en 50 años. Un director único que vuelca toda su existencia en cada una de las escenas de sus films: La presentación de los contrastes del mundo. Los planos cortos de la vista. Los espacios abiertos. La importancia de las luces y las sombras. La clarividencia, la ceguera. Pesadumbre, ligereza, suavidad y desgarro.
En una escena de la película Sean Pean, sargento primero de la compañía, se dirige a los inmensos ojos azul sediento de Jim Caviezel, un personaje disidente del arquetipo de soldado, ajeno a las tensiones de los hombres, que prefiere disfrutar de las esencias, de lo bello y de los sueños. Un personaje al que te imaginarías con la mirada perdida mirando al mar. Mirando desde una ventana, desde cualquier ventana. El sargento le dice, irritado y escéptico:
- No hay más mundos, solo éste.
- Sé equivoca, yo he visto otro mundo. Aunque a veces creo que solo lo imaginé.
Entonces empecé a pensar en aquella mujer de los ojos brillantes que me miraba fijamente. ¿Qué mundos se reflejaban en sus ojos claros?¿Dónde se veía?¿A qué precipicio quería saltar? También pensé en Iñaki Ochoa de Olza, en Terrence Malick, en Jack London, en Christopher Mccandles y en todas esas personas que pudieron imaginar otros mundos desde sus ventanas.
No sé… quizá debería de mirar más por la ventana.
O en más ventanas.
O alguien debería mirar a través de mi ventana.
Más infamia.
En tiempos de ignominia como ahora
a escala planetaria, y cuando la crueldad
se extiende por doquier fría y robotizada,
aun queda buena gente en este mundo
que escucha una canción o lee un poema:
es el canto la voz y la palabra: única patria
que no pueden robarnos ni aun poniéndonos
de espaldas contra el muro.
Que nadie piense nunca:
no puedo más y aquí me quedo. Mejor mirarles
a la cara y decir alto: tirad hijos de perra,
somos millones y el planeta no es vuestro.
José Agustín Goytisolo
Y esos hombres que tú admiras que parecen visigodos.
“Yo no lo haría ni harto de cazalla, pero me parece bien que cada cual actúe como le plazca. Hablo de quienes visitan otros países, otras culturas u otras montañas y lo primero que hacen nada más aterrizar o llegar adonde sea, tanto mejor si es la cima, es sacar la bandera. Debiera decir quizás LA BANDERA, porque siempre es el trapo en cuestión uno digno de mayúsculas, alabanzas y lugares destacados. Y me refiero, que conste, a todas las banderas de todas las patrias. Y también a las diferentes religiones, o incluso hasta equipos de fútbol. Yo, por mi parte, la próxima vez que suba un ochomil, si llega a suceder, voy a sacar un póster de Elle McPherson, lo único que amo de verdad. El póster, digo. He sido educado, por mi gente y por mis viajes, en la tolerancia de verdad, que es esa que te hace intentar comprender al que es diferente sin pensar que eres mejor que él, sin creer que ese otro está equivocado, ni mucho menos intentar cambiarle o reducirle a pensar como tú. Así que, cuando me cruzo en mi camino con uno de estos banderófilos recalcitrantes no puedo sino sonreír, entre divertido y curioso, ante la biodiversidad que me rodea.
Tenía yo un amigo bastante joven, que ya no es mi amigo, que se pasó algunas expediciones contándome hasta la saciedad que su país, que yo conozco bien, era y es una tierra ocupada por un ejército extranjero. Bueno, suele pasar, pensaba yo. Las flores huelen, los pájaros vuelan y los ejércitos invaden. Aparte de no ir a la mili, qué le vamos a hacer. Su pasaporte, me decía, era exactamente del país que él más odiaba. Si yo me ponía una camiseta o unas zapatillas del color de la bandera del país aborrecido mi ex amigo me lo recordaba agriamente. Tampoco entendía yo muy bien el porqué del odio de mi ex amigo hacia ese país, ya que sus padres procedían exactamente de allí, del sur más concretamente. Pero bueno, cosas más raras se han visto.
El caso es que un buen día, en una expedición en la que estábamos unos cuantos, incluido el antiguo colega, oí un tumulto en la tienda comedor. El problema que originó la bronca era que este patriota se había traído desde casa una bandera del país enemigo con la sana intención, según él, de quemarla al llegar a la cumbre de la montaña que intentábamos, a más de 8.000 metros. Creo que, además de patriota, o bien no era el más listo o no había ido a clase el día que explicaron lo del oxígeno y la combustión. Al final le convencieron de que desistiera en su intento, explicándole que había muchos escaladores del país enemigo por allí, que mejor dejar los trapos de los demás en paz… y cosas de ese estilo. El asunto se quedó, como suele suceder con las revoluciones, en agua de borrajas. Tiene que ser cansado, además, lo de pasarse el día odiando.
Por todo ello, yo no pude más que descojonarme, permítaseme la expresión, cuando apenas seis meses después vi su foto en uno de los periódicos principales del país en cuestión. El patriota se iba de expedición, un par de kilos por delante, a un monte bastante grande acompañando a un grupo de élite del Ejército del país ocupador, trabajando como cámara para la televisión pública del mismo Estado. No digo yo que hiciera mal. Yo mismo, cualquier día de estos abandono en la cuneta mis convicciones y el póster de Elle y cuelgo en mi cocina uno de Scarlett Johansson. Y sin que me paguen.”
Columna escrita por el desaparecido alpinista Iñaki Ochoa de Olza. Una persona a la que admiro tras leerme su autobiografía “Bajo los cielos de Asia” y que estoy seguro que de haberle conocido me hubiese caído de puta madre, sobre todo por su manera de pensar tan parecida a la mía.