Mi álbum de cromos

El domingo – un domingo cualquiera – me regalaron con el periódico un álbum de cromos del mundial de futbol que se celebrará este verano en Sudáfrica. El álbum era de la bien querida por los infantes marca Panini. E inmediatamente ese libro de papel no apto para epilépticos me trasladó muchos años atrás. El olor de la infancia; los cromos y los tazos, los balones de fútbol y los tanques de plastilina – con un lápiz por cañón-  con los que someteríamos al mundo – ahora es el mundo el que nos somete con sus tanques.–

Dicen que el olfato es el sentido que más memoria tiene y tiene la capacidad del teletransporte centesimal. De pequeño recuerdo con cariño la sensación de estar recubierto de barro, cómo nos revolcábamos sin pensar en lavadoras y cómo estábamos mucho más en contacto con la tierra. El suelo era nuestro reducto y era nuestro por necesidad. Escavanado con una paleta de plástico amarillo podíamos llegar a China – pero nadie lo conseguía. –  También recuerdo el perfume de mora de mi primera novia; el salitre y la arena de algunos veranos. Mi memoria olfativa me lleva a la tienda de música por la que muchas tardes pasaba con Amanda cuando iba a buscarla a la salida de la facultad. El polvo y el vinilo. También recuerdo el sucio aroma del sexo y el desgarro de la carne cuando moría entregada a mí. Y su pelo mojado… ¡ay! ¡Su pelo mojado! Pero el olor de los cromos, no hay nada como el olor de los cromos; esa mezcla entre plástico y pegamento te eleva a las nubes ¡¡Joder!!

Así que me encaminé bien decido hacia el kiosco dispuestísimo a volver a la infancia y encenderle una nueva vela a la esperanza indiferente de lo que pudiese pensar mis ex novias y Freud de mi; Que si estoy en la fase anal, que si tengo el síndrome de Peter pan, que si nunca crecerás… y demás despapuchos de gente gris. Si alguien me preguntaba tenía la excusa perfecta; son para mi sobrina. – Cuatro sobres por favor-  le dije a la señorita quiosquera – Son 2.40€ –  me espetó con la mano extendida. Y en ese momento todas las ilusiones de mi niño interior se vinieron abajo. Empecé a ver que el dinero que ahora me gasto en cubatas, de pequeño me lo gastaba en cromos. Haciendo cálculos la colección entera me saldría por unos 120€ teniendo en cuenta los repes que necesitaré para conseguir todos. ¡Ni siquiera me gusta el futbol! Y es que no se puede ser un niño desde la perspectiva de un adulto. La vida está muy cara para volver a soñar con “tonterías” y qué coño, prefiero gastarme los 100 euros en cubatas y jugar en el mundo de los adultos; donde todo es más sutil, perspicaz e hijo de puta al fin de al cabo, pero en el que se dicen las mismas mentiras que cuando éramos niños.

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