un grito

Nunca había visto tu frialdad
cruzando esquinas,
sorteando buzones de correo
para instalarse,
para siempre
en mi cuerpo.

Quizá sea por
el tiempo que llevo
sin escuchar tu voz.
Y ya no se encienda
la manera de pronunciar
mi nombre,
la sonrisa cansada
que me hacía tanto bien,
tu cabeza sobre el hombro,
la mirada que perdona
al niño travieso.

Quizá el tiempo solo
sea la excusa del olvido.
Y ya nada sea tan vivo
ni tan importante
como parecía
aquella noche en Viena.
Asiento
donde mordí el pecado
y tu piel.

Tal vez la lejanía
de nuestros cuerpos
nos hace huir
de las cartas
y de los teléfonos.
Correr por los pasillos,
mentir y desesperar
por algo más real
y más cercano.

O tal vez el miedo
a encontrarte igual de lejos
estando a mi lado
en tiempo y distancia
sea motivo y duelo
de esta
nuestra amistad,
nuestra vida,
tu recuerdo entre mis labios,
tus puertas cerradas,
un adiós
y un hasta luego.

(Llora.
No te quedes callada.
Grita.
Sujétame.
No dejes que me vaya.
Sorpréndeme.
Pero haz algo.)

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