¿Cómo hacer desaparecer todos tus fantasmas?

La casa está vacía. Es decir, está totalmente vacía. Parece más grande, es algo que siempre se dice. Pero hay nuevos detalles que nunca había sentido de esta manera. Primero está el parqué ¿Estaba aquí antes?  Está todo el suelo del salón lleno de parqué. Y luego está el sol, vamos, la luz. Entra más que nunca. En realidad no ilumina nada, solo el parqué, se difumina por toda la habitación y también entra de forma concreta por las rendijas de las persianas. Llena todo de este enjambre amarillo que nunca había estado aquí antes. También quedan los enchufes y las llaves de la luz. Hay un enchufe con el que no contaba, antes estaba escondido por el mueble de la tele. El salón es otro ahora. Está vacío pero llenito de ausencias.

Cuando pisé este salón por primera vez ya estaba lleno de muebles. Entre ellos el sofá roñoso que tenía Eva. Lo había sacado de la basura, entre ella y su compañero de piso lo habían subido. Era de un azul oscuro gastado, y picaba si apoyabas la cabeza. Así que siempre lo tenía cubierto de mantas con dibujos del oso yogui y cosas así. Daba asco. Sí, ella era de ese tipo de persona que lo aprovecha todo, hasta las cosas más inservibles. Más que por hipismo era porque se la sudaba. Y a mí me gustaba esa libertad tan dulce que tenía. Aunque a veces me trajese verdaderas mierdas a casa que acababan otra vez en el cubo de la basura. Todo el ciclo de la vida pasaba por este salón. Al fin de al cabo fue nuestro primer sofá, allí nos sorprendió Valerio follando. Pobrecillo, aquella imagen debió impactarle, poco después dejó el piso. “Se acabó el Erasmus y me vuelvo a Torino” nos dijo, pero yo siempre sostuve la teoría que aquella imagen de nosotros dos en la dulce agonía del coito le dejó marcado. Desde aquello ya han pasado 6 años. Lo que iba a ser algunas tardes en casa de Eva, muchas noches, y escaparse sin hacer ruido por las mañanas acabó convirtiéndose también en mi casa. Nos fuimos amoldando el uno al otro.

En esta casa te vi llorar por primera vez, y llenabas todo este espacio con esa risa tan tuya, que primero chilla y luego aúlla. Siempre tenías respuesta para todo y me irritabas, sobre todo en esas ocasiones en que entrabas en un bucle y era imposible salir de él. Hasta que uno de los dos decidía olvidarlo o estábamos tan encerrados que no nos quedaba más remedio que abrazarnos y dejar de hablar por un rato. Estos días he pensado que era aquella manera de querernos a trompicones la que nos hacía sentirnos tan especiales. Era más que evidente que el resto del mundo no era igual que nosotros. Decíamos: “¡Jodeos!”

Cuando estábamos en la universidad no pensaba que el tiempo nos llevaría tan lejos. Todo aquello era tan inmediato, tan vivo, que uno no creía que pudiese durarnos tanto tiempo esa cosita que nos unía. Porque quiero llamarlo amor pero no es la palabra adecuada. No sé qué significa esa palabra para los demás. Sé qué era lo que significaba para nosotros y cómo sería nuestra definición en el diccionario: El amor era esa mirada tuya regañándome como a un niño pequeño cuando hace alguna travesura,  o el silencio por las mañanas en la cocina mientras desayunábamos. ¡Qué mala hostia tenías! Y como se te hinchaban los labios y la cara después de dormir. Yo te llamaba fea y tú me odiabas un poco. También los abrazos en el pasillo, te zarandeaba y dábamos algunos pasos de baile tontos. Mi costumbre de amagar tirarte por la ventana cuando tendías la ropa. El amor era dar las luces del coche cuando salías por la puerta de la facultad,  las partidas al chinchón,  las cenas especiales, follar en la bañera de Valerio cuando estaba en clase, esas gilipolleces de palabras que inventábamos de vez en cuando. El amor era comer pizza en el suelo y ver los domingos nuestro programa favorito de la tele. Y cómo solo pronunciábamos nuestros nombres completos cuando nos enfadábamos, aunque fuese de coña ¡Eva María! El amor era el frío que pasábamos en esta casa en invierno y cómo cuando encendíamos las tres estufas eléctricas saltaban los plomos. Era esperar a que acabases de hablar con tu madre por teléfono para que me hicieses caso. También era acariciarte el pelo hasta que te quedabas dormida con la cabeza sobre mis piernas. Los domingos de resaca. La botella de agua al lado de la cama. El amor era despertarnos a mitad de la noche, sentir nuestro calor y hacerlo medio zombis para luego volvernos a dormir.

Llevaba aplazando este momento unas tres semanas, lo cierto es que tampoco tengo mucha conciencia del tiempo desde entonces. Esta casa se me había quedado grande. Mi madre me ha ayudado a empaquetar todas las cosas. Las de Eva ya no estaban aquí. Todo está en cajas de productos farmacéuticos que mi madre ha traído del hospital. Ha ido a bajar las últimas dos cajas a la furgoneta. Le he pedido que me dejase un poco de tiempo en la casa y que ya bajaba. Así que he dado un paseo rápido por las habitaciones. He de decir que tampoco me he detenido mucho, no me he quedado contemplando el horizonte ni algún pequeño detalle. En realidad me cansa estar aquí pero sé que cuando pase por debajo del portal echaré de menos esta casa. Todas las cosas que aquí sucedieron, así que intento quedarme con una imagen de cada sitio. Me preguntaré quién vive aquí ahora. Seguro que más estudiantes de futuro incierto.

Así que tras mi recorrido recordándolo todo me he sentado en el suelo del salón, apoyado en la pared blanca, al lado del umbral de la puerta. Es tarde, el día se apaga. El cristal de las ventanas vibra con los escapes de las motos de los niñatos. Hay algo menos de seis metros entre donde estoy sentado hasta el ventanal, pero tampoco miro lo que tengo delante, no hay nada. Estoy con la mirada fija en un pequeño clavito que sale de una madera del parqué, lo acaricio con el dedo. Doy una vuelta alrededor de él, otra, otra. Cambio de sentido. Está un poco doblado. Intento sacarlo un poquito. Hace algo más de 20 años recuerdo un clavito parecido. El día que se divorciaron mis padres me quedé también sentado apoyado en una pared, cerca del umbral. Resguardándome  de lo que había al otro lado de la pared, allí estaba mi madre sentada en la biblioteca de casa, impotente, llorando. También abandonaba una casa. Mi casa. Ahora me resguardo de la vida sin ti; de las calles, los edificios de oficinas, los domingos, las cafeterías, los mensajes recibidos, los cines. De otras paredes sin tu huella. Si me asomo por el umbral tengo miedo a que un francotirador me meta una bala entre ceja y ceja. Nada pasa por mi mente, es mi instinto de supervivencia el que me ata a este clavito. No hay llanto. El vértigo, la adrenalina es la que me mantiene inmóvil.

Me levanto, olvido el clavo. Salgo rápido del salón. No ha habido disparos. Abro la puerta de casa y cierro. Cierro con llave. Todo muy rápido. Tú ya no estarás aquí. Nuestra casa tampoco.

No sé cómo decirte esto. Ya no puedo hacer nada. Ojalá te hubiese retenido aquel día en el sofá, cuando te despediste con “eres idiota, hazme la cena”, cuando cogiste aquel coche, por aquella carretera…

 

 

PD: Respuesta: Matando a tu ex novia en un relato.

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4 pensamientos en “¿Cómo hacer desaparecer todos tus fantasmas?

  1. eva morell dice:

    me ha encantado..
    te voy a decir más. cuando vivía en barcelona, subí un sillón roñoso cutre a casa con mi compañero de piso. casualidades a veces…

  2. м dice:

    Gracias Eva, me alegro que te haya gustado =)
    ¡Malditas hippies! 😛

  3. C. dice:

    Me encantó, de verdad. Eva me recordó un poco a mi pero yo me siento identificada con todas las locas del mundo, y sobre todo con las que llevan a casa todo lo que encuentran.
    Escribe mais! Hombre ya!
    Un beso

  4. Glez dice:

    El tiempo pasará e irá cubriendo nuestras vidas con el polvo del olvido. Para entonces las respuestas ya no estarán en la memoria, sino en el corazón.
    Transparente.

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