Determinada tarde de Diciembre.

Lo recuerdo muy bien. Fue una tarde de un Diciembre no especialmente frio, se podía estar tranquilo sentado en un banco sin quedarse como un tempano de hielo, y eso era de agradecer. Así que así aprovechaba algunas tardes, cuando ya era de noche, caminando entre las señoras que llevaban bolsas de el corte inglés; una corbata para su marido, un pijama para su nieta, unos chocolatillos para ella. Escuchaba el Kind of blue de Miles Davis y todo parecía tener algún tipo de sentido, de armonía cósmica. Era mi primer invierno feliz.

Así que un día de tantos, otro día más, en que no tenía ninguna ocupación; ni trabajo al que acudir, ni clases en la universidad, ni pareja a la que apretar, fui a aquel banco de madera que me gustaba tanto. Estaba en una plaza y pegado a la pared  de un edificio antiguo, un arzobispado o algo por el estilo. Elegí ese lugar por su luz en verano, los árboles hacían bonitas sombras en el suelo, y principalmente porque nadie pasaba detrás de mí mientras estaba sentado allí. Era una reacción completamente límbica, pero no era capaz de soportar sentirme indefenso con miles de peatones pasando por detrás de mí nuca sin que yo pudiese verlos. Puedo suponer que es algo genético, atávico, un instinto de supervivencia para protegerse de los agresores.

Y como iba diciendo allí estaba sentado, leyendo a Céline. Muchas veces había fantaseado con que una chica bonita se sentase a mi lado y empezásemos a hablar. Aquello sucedió ese día.  El tiempo que ha pasado desde aquello distorsiona un poco mis recuerdos y diría que era lo que tenía que pasar. Cuando te sentaste allí a hablar por teléfono, sabía que tenías que estar allí. Y no me sorprendió, no fue realmente excitante, era lo que tenía que pasar. Ibas vestida toda de negro, con una sudadera y un pantalón tejano. Tú eras de ese tipo de mujer que lleve lo que lleve se distinguen las formas de su cuerpo. Llevases un saco por sudadera o un vestido ligerito, de los que vestías cuando viajabas al sur, siempre eras escultural. Y no de escultura de Botero precisamente.

–          ¿Qué hora es?  – Me preguntaste sin formalidades.

–          Las siete menos veinte.

–          ¡Mierda! llego pronto. Hace media hora que he quedado.

–          Te gusta hacerte esperar.  – Le contesté sin saber muy bien por qué me daba información adicional.

–          Me gusta que me deseen. Que sufran. Los que no sufren no tienen por lo que amar. Si no conoces el mal jamás conocerás el bien.

–          Muy cierto. – le dije bastante sorprendido, no por el contenido en si, sino porque una criatura tan pequeña hablase de aquella manera.

–          ¿Y tú a qué esperas?

–          A que pase el tiempo.

–          ¿Cómo? ¿Cómo se puede esperar a que pase el tiempo? ¿Te estás muriendo o algo así? – Me miraba con aquellos ojos que chillaban tanto.

–          No que yo sepa. – se me escapa una pequeña carcajada. – Sé que es difícil de entender, pero solo espero a que pase el tiempo.  – titubeo un poco, siempre había querido tener esta conversación, y cuando tus palabras están saliendo de la estación no sabes qué es lo que tienes que decir. – Es decir, en realidad no hay nada que esperar, nada hay detrás de las horas. Lo que entendemos por tiempo, presente, pasado, futuro, solo son concepciones mentales que fabricarnos para dar sentido a nuestra vida. Para darle una cierta coherencia. Mañana podría pasar cualquier cosa. No hay sensación de control posible ante un reloj. No hay lugar donde esconderse. No hay banco que detenga el tiempo. Las horas seguirán pasando. Y puede pasar cualquier cosa. A eso es lo que espero, a que pase cualquier cosa.

–          ¿Como que yo me haya sentado en este banco?

–          Por ejemplo.

Aquella tarde Verónica no hizo sufrir a nadie más. Primero me hizo conocer el cielo, luego me mostró el infierno.

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