Katie

Empecemos por decir que los cismas que uno puede padecer o sufrir en la organización de su propia vida, no son casi nunca ni esperados ni responden a una razón concreta.

Alberto sufrió un cisma aquél día. Hubo un corte irrecuperable en su continuo “¿y a mi qué?” Una entropía fortuita pero permanente.

Se encontraba en Berwick St. Una calle de Londres en la zona del soho, donde se reúnen londinenses, algún turista y principalmente maricones nocturnos y alevosos. Pero también tiene unas cuantas tiendas de cambio y venta de discos. Él estaba allí por eso, buscaba un disco muy concreto: Five leaves left, del cantante de folk inglés Nick Drake.  Es un disco difícil de encontrar, aunque perfectamente podría haber buscado en ebay. Necesitaba una excusa para ir a Londres. Evidentemente no le dijo a sus amigos que iba a Londres a buscar un disco, el engaño era autoinflingido (como la mayoría de los engaños que nos hacen tirar hacia delante).

Es curiosa la sensación que le produjo esa ciudad nada más pisarla. No se sentía fuera de lugar. Estaba muy lejos de su Bilbao natal, el cielo estaba plomizo y parecía que en cualquier momento fuese a estallar. Pero al ver los autobuses de dos pisos, los taxis negros, los pijos bien vestido tomando pintas fuera del pub, las luces de Picadilly… todo aquello no le resultaba extraño. Las películas le habían enseñado demasiadas veces esas imágenes. Otra cosa son los olores;  si España huele a ajo, Inglaterra huele a Tandori Chicken.

Pero volvamos a Berwick Street. Era una tienda con mucho polvo y muchos discos, la mayoría en vinilo aunque también podías encontrar alguno en CD. Los rotulos estaban escritos con rotulador de colores, y había algún fetichista de los discos buscando alguna primera edición de Frank Zappa, u originales que no han sido reeditados de los Smiths. Alberto esperaba encontrar más variedad, lo que había allí podía encontrarlo en Bilbao. Además demasiados géneros que a él no le interesaban, como hip hop y demás. Tampoco había novedades, todos eran de segunda mano, unos mejores conservados que otros.

Rock 70`s letra L. Allí estaba ella. Bueno, en realidad no, ella puede que estuviese en la M o la Q. Alberto estaba esperando a que desalojase la letra N y a ver si Nick Drake estaba por la N o por la D. Así que se topó con la L. Led Zeppelin. Sacó un poco un disco, Led Zeppellin III. Un disco que a Alberto le encantaba, se quedó mirando la portaba y empezó a subvocalizar “tangerine.. tangerine.. I was her lover, she was my queen…” Y entonces ella se quedó mirando el disco. Fue un segundo. Una fracción de segundo. Un llamar a la puerta. Un paso en la acera. Los dos estaban mirando al mismo punto, él se dio cuenta y no le había parecido una indiscreción, se preguntaba si le gustaría el disco. No pensó nada más. Se miraron y ella dijo “sorry”. Y entonces el estallido, la profundidad de sus ojos. Él intento balbucear algo en inglés pero no le salió nada y acabó diciendo “no pasa nada” en castellano. ¡Menudo imbécil! ¡Qué lento piensas en ingles, capullo!

Un poco avergonzado se fue a buscar a Nick Drake, pero acabó en la sección de soul, pasando discos sin mirarlos e impactados por esos ojos verdes. Alberto no tenía un buen concepto de las inglesas, y era incapaz de entenderlas. Pero Katie, que es como se llamaba la chica, parecía diferente a la tipa inglesa rubia y sonrosada hija de puta, bebedora de vodka y chupadora de pollas italianas en Ibiza. Parecía dulce y sofisticada; Llevaba un sombrero que apuntaba hacia arriba, y se veía salir de él un pelo largo rojizo atado en una trenza de caballo. Era una mezcla entre Christina Hendricks y Pipi Calzaslargas. Vestía una de chaqueta de hombre y un pantalón vaquero desgastado. Tenía la piel pálida y la cara plagada de pecas, era casi un campo de maíz, y una nariz muy anglosajona, alargada y fina, terminada en punta de flecha. Y esos labios rojos como el infierno. Con esa forma tan redonda de quien dice “ven aquí” en las noches más cansadas. Y todo en contraste con esos hermosos ojos verdes un poco rasgados.  ¡Joder! ¡Evocaba tantas cosas esa chica! No es que el propósito del viaje de Alberto fuese follar, si se daba el caso… pero Kattie era una muñeca incorruptible, pasando discos buscando un regalo, con sus dedos largos y finos. Con su gesto tan despejado de nubes, tan apacible, imperturbable.

Así que Alberto, completamente agilipollado y mirando al infinito de los discos de Sam Cooke y The Supremes, intentaba pensar en una frase que decirle. La quería arrastrar consigo. No encontró a Nick Drake. Pagó el disco y cuando se marchaba, se acercó,  agachó un poco la cabeza, sacó la caradura y todos los cielos que le quedaban por prometer y le soltó en su inglés macarrónico:

–          Perdona, es mi último día en Londres – que no era verdad —  y no me gustaría irme sin conocer una chica inglesa. Sé que es algo loco pero te he mirado y me preguntaba  si te gustaría ir a tomar una taza de té conmigo.

–          ¿Todo esto es porque nos gusta Led Zeppelin?

Al final Katie no compró ningún disco, cogieron el metro hasta Denmark Street. Pasearon viendo las tiendas de instrumentos, Alberto tocó una canción para ella con una guitarra de doce cuerdas. Un poco cara. Fueron a un bar de rock con paredes rojas. Tomaron unas cervezas y las lenguas se aceleraron. Y lo que pasó después…

Lo que pasó después es un cisma de los que irrumpen algunos días y te hace plantearte cómo sería la vida sin las circunstancias que te rodean fuesen otras. No merece la pena contarlo; aunque es bien sabido que lo que no se cuenta es como si no hubiese sucedido.

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2 pensamientos en “Katie

  1. C. dice:

    Basado en hechos reales? 😛
    Las pecosas pelirrojas son las mejores.
    Y experiencias así son las que nos dicen que merece la pena vivir.
    Escribe más!

  2. Ana dice:

    El turista siempre tiene ventaja.

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