Retrato

Eras morena y dulce. Y en tus ojos
volaban gorriones y palabras. En tu piel
estaba escrito el verso más tierno de Neruda.
Niña desnuda y bella como nube
de amor y primavera. La caricia
de una noche de mayo sobre una carne joven.

Eras, cuando llegabas, como el aire,
lo mismo que el sabor del chocolate
de trópicos y tierras aún no descubiertas.
En tu boca podían beberse los encuentros,
el último café, o el cigarrillo de antes de dormirnos.
La plenitud de día de un agosto cercano.

Venías de ningún sitio. Mas de todos,
de aquellas estaciones, del invierno,
de otros amores fieros y perdidos, de los pechos
amasados con miel y con azúcar. Toda eras,
cuando hasta mí llegabas, la sonrisa
más limpia de los dioses.

Tenías en el vientre ese calor suavísimo
de los sitios amados. El milagro pendiente
del pan y del vasito de vino a medio día.
La certeza en el pelo, corto y negro,
de ser, cuando en la cama te adoraba,
la única mujer que, si quisiera,
destruiría mi mundo con sus besos.

Por eso, corazón, sólo por eso
daría en este instante cualquier cosa
por volverte a vivir aquella noche,
cuando en un pueblo perdido me cogiste
mi rostro entre tus manos preguntando:
“Dios mío, por qué te quiero tanto”.

..

Rodolfo Serrano


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