Martín.

Martín lo había escuchado en algún sitio pero no recordaba exactamente dónde. Ni si quiera recordaba quién lo había dicho. Aun así la idea pasaba por su mente de vez en cuando. No la del suicidio, él había aprendido que se puede vivir relativamente bien si le das poca importancia a las cosas. Si pasas más bien de largo, porque al fin de al cabo y aun siendo un tópico “el tiempo lo cura todo”. Aunque él no siempre podía ser así y en ocasiones las pequeñas chorradas diarias le afectaban demasiado. Lo que Martín se preguntaba es si el desencadenante para que alguien tomase decisión tan drástica podía venir de un ser anónimo. No hacía falta grandes dramas de novelón. No sé, por ejemplo una chica que te rechaza una noche, una dependienta con mala uva, o alguien que es grosero en el autobús. Eso le hacía apartarse inconscientemente de cualquier situación de conflicto. Miedo a dañar y ser dañado. Aislamiento al fin de al cabo.

Era inteligente y racional, si se tomase todas aquellas minucias en serio podrían acabar por convertirse en una gran bola de nieve. Aun así no podía evitarlo de vez en cuando. En los miedos lo racional a veces tiene un papel secundario. Es un conflicto al fin de al cabo, podía solucionarlo o podía erosionarle poco a poco y por siempre. Y cuando peor se sentía era cuando aquellas pequeñas heridas anónimas le venían en tromba a su recuerdo. Aquellos desprecios, unos más grandes, otros diminutos,  le habían hecho mucho daño.

El problema de Martín era que no tenía ningún problema. Sí, tal vez fuese demasiado reservado y para llegar a él hubiese que sortear mil recovecos. Y sí, tal vez eso le hubiese llevado a estar un poco apartado de todo. Intentaba mantener a sus amistades en un status quo, sin demasiada proximidad pero sin perderles de vista. Era su manera de quererles. Incluso así, él no se creía una persona rara o extraña. Sus sentimientos eran puros y su cabeza estaba bien amueblada, aunque de alguna manera su personalidad de lluvia fina le hubiese condenado a estar solo de vez en cuando. Ocasionalmente no le gustaba ir al cine sin compañía.

Arrastraba sus zapatos de cuero marrón y la americana de pana colgando como un saco. Claro que se había confeccionado esa pose de bohemio, pero puede que la pose fuese ahora la que le estuviese absorbiendo a él.  Se había dejado el pelo largo hasta los hombros, y sus rasgos finos y su mirada clara -pero también pálida- revelaban una profunda melancolía. Una inquietud sosegada.

Llegaba pronto a todas sus citas. Nunca había soportado la impuntualidad. Él llegaba al menos 10 minutos antes. Excepto con su buen amigo Fer, cuya norma era hacerle perder al menos un cuarto de hora de vida en cada ocasión. Cuando esperaba a alguien se subía a un bordillo y como si tuviese seis años lo recorría una y otra vez, con pasos lentitos pero con fluidez. Cruzando siempre las piernas. La cabeza en los zapatos de cuero marrón sin mundo alrededor.

En el fondo Martín solo esperaba lo que esperamos todos pero sin tener que contestar preguntas que no tenían respuesta. Y si la tenía dolían demasiado para poder contestarlas. Martín vivía en esa pequeña agonía de intentar vivir como si ella no hubiese pasado por allí. Como si cada cosa que hacía no fuese diferente de cómo la hubiese soñado: estando junto a ella.

Martín la esperaba subido a un bordillo, cruzando las piernas, mirando sus zapatos de cuero marrón.

+ Bonus

Nick Drake – Place To Be

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