Black Chocolate Waffle Blues

No podría decirse quién de los dos tenía más miedo, ya llevaban una hora en ese cuarto y se estaban empezando a hacer preguntas. Vale, ya estaba hecho, ¿pero cuál era la salida? Elías a pesar de su naturaleza pasota en ciertas situaciones le entraba la neura obsesiva. Y aquella podría ser perfectamente una ocasión para trepar las paredes o tirarse por la ventana. La culpa era suya, al muy idiota no se le había ocurrido otra cosa que poner música para relajarse. Sonaba Mazzy Star y Cat Power, y algo de folkie suavecito que pensaba que a ella podría gustarle y no sentir tanto miedo.

Estaban esperando a que Javi llegase a casa,  Elías pensaba que podría ayudarles de alguna manera a salir de aquella situación. Mientras tanto el silencio inundaba la habitación. Ella había empezado a sollozar y las lágrimas caían por debajo de la venda. Eso hería a Elías, lo que menos quería era hacerle daño. Ella no estaba allí para sufrir. No quería que sufriese de ninguna manera.

Javi entro por la puerta de casa en aquel momento, tiró las llaves de la manera de siempre y se quedó parado en mitad del pasillo. “¿Qué coño pasa?” dijo para si mismo. Su instinto le estaba dando señas de que algo no marchaba bien, una extraña ambiente envolvía el piso aquella tarde.  Bueno sí, quizá fuese su instinto o el reguerillo de sangre que había por todo el pasillo y que conducía directamente al salón.

–          “Elías, ¿estás ahí?” – dijo sin acercarse.

–          Si Javi, estoy aquí.

–          ¿Estás bien? ¿Qué coño ha pasado aquí?

–          Ven Javi.

Javi caminó hasta el umbral y entonces vio aquella escena, sangre y una chica amordazada en una silla, con un trapo de cocina en tapándole los ojos.

–          Ehhhh… pero qué… — intentó pensar algo.

–          Tío, tranquilo, todo está bien.

–          Pero cómo cojones va a estar bien. Tienes a una tía secuestrada en nuestro piso y además está sangrando.

–          ¿Nunca dejo de sorprenderte, eh? – Elías Soltó una risa nerviosa pero al instante se sintió mal e intentó excusarse. — No está… – Elías quiso decir algo que aliviase la tensión pero la chica le interrumpió.

–          Ayúdame joder, este tío está loco. –  Se liberó de su mordaza.

–          Pero… ¿Qué le has hecho?

–          No está sangrando, soy yo el que está sangrando, me ha mordido.

–          ¿Y qué querías que hiciese cabrón? Me has secuestrado.

–          Esto… Esto no es un secuestro, es solo una cesión temporal de tu cuerpo a esta habitación.  – Musitó torpemente poco seguro de si mismo.

–          Déjame irme cabrón, si me dejas irme ahora te juro que…

Entonces un portazo la interrumpió, Javi había decidido que no participaría de la última locura de Elías, había ido demasiado lejos. Se alejaría de aquel salón y aquel piso lo máximo que pudiese. Elías no había sido un mal compañero de piso, vale, una vez se quedó dormido borracho mientras había dejado unas patatas en la freidora a las 6 de la mañana. Y quizá verle en gayumbos por las mañanas mientras se rascaba el culo no fuese la imagen agradable del mundo. Pero en definitiva eran buenos amigos, y las tardes de partido y pizza, y las fiestas hablando mal de las  mujeres que les habían herido como teoría unificadora del universo les había unido mucho. ¿Pero aquello? Elías se había vuelto completamente loco. Aquello no era normal. Puede que Elías fuese algo imbécil a veces, pero jamás hubiese pensado que su imbecilidad entrase en lo delictivo.

Javi salió del piso desconcertado. No podía pensar con claridad.  Le preocupaba tanto la chica, como Elías, como que le pudiesen incriminar a él también. ¿Debía llamar a la policía? ¿Volver al piso y partirle la cara a Elías? La vía rápida era pillarse un fumón de maria en el local de ensayo y cuando volviese a recuperar las consciencia decidir qué hacer. Quizá fuese demasiado tarde.

–          ¿Y ahora qué? – soltó ella.

–          ¿Y ahora qué de qué?

–          Ahora qué joder… ¿Me vas a matar? ¿Me vas a violar? ¿Quieres que te la chu…

–          ¡Cállate joder! –dijo Elías con nerviosismo pero sin violencia – no lo he pensado, ¿vale? Las cosas no tenían que haber sucedido e esta manera. Yo quería que estuvieses aquí, pero no de esta manera. No te quiero hacer daño.

–          En qué momento, pedazo de imbécil, pensaste que secuestrar a una tía no es hacerle daño. Déjame irme,  iré a la policía, te caerán cinco o seis años y todos tan contentos.

Elías quieto y conmocionado, sin saber qué pensar y con cara de monaguillo idiota tras recibir un guantazo del cura por robar del cepillo. Ella se le quedó mirando y torció el gesto, algo había de familiar en esa cara. No era la primera vez que se veían. Había visto esa cara en algún lugar. Pasaron dos, tres segundos de incertidumbre

–          ¡Joder! ¡Ya sé quién eres!

–          Ehhhh – el miedo invadió a Elías

–          Eres el tío que me perseguía en el centro comercial. Siempre de 12 a 12.30. Pero serás cabrón. Eres un puto loco acosador, y además ahora un secuestrador. ¡Joder, estás loco! – Ani intentó zafarse de las ataduras, se tambaleó la silla y finalmente cayó de lado.  Un  gran estruendo y luego un silencio.

–          ¿Estás bien? – Preguntó ayudándola a levantar a Ani

–          Deja que me vaya por favor – Ani estalló en lágrimas,  antes sentía rabia hacia su secuestrador, ahora sentía miedo.

–          Tranquila Ana. No te voy hacer daño. – Tocándola con miedo los brazos, asegurándose que no se había hecho daño.

–          No me llamo Ana, me llamo Ani. – con cierta resignación y todavía intentando dejar de llorar.  Solo su madre le llamaba Ana cuando se enfadaba. Esa familiaridad le abrumaba.

–          Es lo que pone en tu tarjeta. – Acercó un pañuelo de papel y le secó las lágrimas.

Hubo un silencio, Ani ya no quería decir nada más. Ya había dicho su nombre de pila como si quisiese acercarse a él. Y eso no tenía sentido. No quería revelar más datos de su vida. ¿Pero cómo revelar más datos podía empeorar la situación? Ya estaba secuestrada y atada a una silla de cocina. Claro, tenía dudas. No sabía qué le iba hacer ese tío que había visto por más de dos meses todos los días en su trabajo. Pero en la FNAC nunca pensó que fuese un psicópata, más bien sentía cierta ternura hacia él, casi como un pobre hombre. Ani había enamorado a mucha gente en su vida. A hombres y mujeres. Y no porque fuese un bombonazo de curvas infinitas, más bien porque tenía esa gracia de sonrisas y besos entre susurros que tanto intimidaba y tanto amaba el más común de los mortales. ¡Y esos jodidos ojos verdes! Como si uno se reflejase en una puta orilla del caribe.

–          Te explicaré lo que quiero… – dijo Elías. Dudó unos instantes. Quiero… bueno, joder… Yo te quiero a ti. – Ani arqueó las cejas, eso no solucionaba nada. Incluso le daba más miedo. – A ver, espera, no te pongas nerviosa, deja que me explique. Veras, desde la primera vez que te vi me quedé prendado de ti. Me atendiste y te pregunté sobre una tarjeta de memoria para la cámara de fotos y me acabé llevando una licuadora para mi madre. ¡Ni siquiera era tu sección! Perdí totalmente el control, hablabas y no podía dejar de mirar tus ojos.

–          Recuerdo lo de la licuadora. ¿Le gustó a tu madre?

–          Me preguntó si era imbécil. Mi madre ya tenía licuadora.  – Elías paró un segundo. Ani soltó una pequeña risa. Luego se arrepintió e hizo una mueca. Hasta en aquella situación Ani era agradable. Se había interesado por su madre de verdad. Había llenado la habitación de comicidad hablando de la puta licuadora. Esta situación era absurda. – Esta situación es absurda. – Repitió su pensamiento. – Yo jamás he querido hacerte daño, ni hacerte sentir miedo ni nada. Solo quería verte, y no solo en la FNAC como un puto acosador. No quería perseguirte a tu casa y que pidieses una orden de alejamiento o que pensases que en cualquier momento iba a quitarme un guardapolvos y enseñarte el pito…

–          ¿Y pensaste que secuestrarme era mejor idea?

–          Joder, Ani, no seas tan… Lo único que quiero es pasar una tarde contigo, pasear, tomarnos un helado y conocerte un poquito mejor. Que sepas de mi existencia también. Después te dejaré ir. – Esta última frase le pegó un picotazo en la espalda, le desencajó las vértebras, ahora sí se sentía como un verdadero secuestrador.

–          ¿Y por qué debería de hacer eso? ¿Por qué no largarme cuando tuviese la mínima oportunidad? – Ani se arrepintió de haber verbalizado la necesidad de un plan de fuga.

Elías se acercó a un cajón, removió algo y sacó una pistola. ¡Una puta pistola de verdad! ¡Había perdido los papeles por completo! Cuando iba a decir “¡Por esto!” Ani le cortó.

–          ¿Puedo saber cómo te llamas? – Con una serenidad inesperada. ¿Qué? Aquello confundió a Elías.

–          ¿Por qué? – tembloroso. — ¿Por qué lo preguntas?

–          Tú dímelo.

–          Javi, me llamo Javi. –Sin saber qué pensar.

–          ¿Javi no es el nombre de tu amigo? – Ani se empezó a descojonar, Elías cada vez se sentía más abochornado. Si tenía alguna esperanza de conquistarla, después del secuestro, sacar una pistola y todo eso y que además en vez de intimidarla se descojonase de él…

–          Elías.

–          ¿Qué?

–          ¡Que me llamo Elías! – Subió el tono sin querer, Elías nunca gritaba. Ani siguió riendo a carcajadas, no se podía contener. Intentaba hablar pero la risa se lo impedía. Por fin pudo decir algo

–          Elías, cariño – en tono jocoso – La próxima vez que intentes intimidar a alguien con una pistola, incluso aunque la tengas secuestrada, asegúrate de quitarle el puto dardo de plástico del cañón antes de hacerlo.

Ambos empezaron a descojonarse, aquella situación era demasiado esperpéntica y de gran intensidad. Demasiada carga emotiva, demasiada tensión. Ani había pasado del llanto a la risa descontrolada en pocos instantes. Elías sentía vergüenza también pero le reconfortaba intuir que Ani pensaba que no era maldad, era tierno como una cesta de gatitos y algo tontorrón. No es que fuese falto de luces porque en el fondo Elías era un ser muy inteligente, pero aquella inocencia e inseguridad en si mismo le hacían parecer un ser patoso y atontado. En cierto modo conmovía a Ani. ¡Joder, el cabronazo de su secuestrador era achuchable! ¿Era el síndrome de Estocolmo lo que le daba forma achuchabloide?

Elías se puso serio.

– De acuerdo, te desataré y podrás hacer lo que quieras. Siento toda esta situación. Siento no haberte tenido las palabras para que una explicación a esta situación sonase convincente.

Elías se le acercó y le desató primero las cuerdas de los pies, se agachó detrás de ella y a Ani se le contrajo el cuerpo, tuvo un respingo. Le desató la cuerda que le mantenía los brazos hacía atrás, atadas al respaldo de la silla.  Se tocaron las manos. Elías se puso de pie mientras Ani se desembarazaba de la cuerda. Se miraron. Era la primera vez que ella le miraba directamente a los ojos. A su mente vino una frase típica de alguna novela de Diane Steel o la desgraciada de Lucía Etxebarria; “vio su tristeza en la profundidad de sus ojos claros” Se cagó en su puta madre. El cabronazo aquel había conseguido que le diese pena.

–          Me iré si no te importa y tal… – No podía contener su acidez y su ironía ni debajo del agua. – Controla lo de ir secuestrando chicas por ahí.

–          Ani, yo…

–          Sí, sí. No hace falta que digas nada. Las palabras están en el ambiente y no hace falta que lo digas para que lo entienda. Eres un idiota pero no eres mala persona. Lo dicho, me iré. Creo que me esperan en mi casa, donde no me amordazan ni me apuntan con pistolas de los chinos. Perdona por el mordisco.

Él ya lo había dicho todo, no muy bien, pero el mensaje había quedado bastante claro. Nada que dijese ahora podría arreglar todo este entuerto. Seguía pensando en cómo se sentía ella pero lo que más le apesadumbraba era cómo se sentiría él después. No sabía si podría vivir con ese cargo de conciencia el resto de su vida. Tenía que pedirle disculpas.

–          Ani, lo siento muchísimo de veras. – Agachando la orejas y también el rabo.

–          Solo te pido un favor – con gravedad – No vuelvas por la FNAC. Iré a la policía y de esa no te librará ni cristo.

Sus cuerpos se cruzaron en mitad de la estancia. Un pasito a la derecha, otro a la izquierda. Ninguno de los dos se decidía. Al final Elías se apartó a un lado. Ani recorrió rápido el pasillo, un par de segundos. Se lió un poco con el picaporte de la puerta de la entrada. Miró hacia el fondo del pasillo. Otros dos segundos. Desapareció.

Elías se tiró sobre el suelo de parqué del salón. Lo sucedido no tenía sentido. Había empezado como una locura romántica. Y al final se quedó en sencillamente una locura de puto chiflado. Lo peor de todo es que en vez de pensar en las posibles consecuencias, como si iría a la policía, cuantos años de cárcel le caerían y demás, estaba pensando en que ya no tenía ninguna posibilidad con ella. El amor de su vida acaba de salir por la puerta de su casa, no después de años de relación con una multitud de cajas en los que pone escrito “libros.” Se había ido después de estar atada a una silla vieja de cocina, después de haber sido amenazada por una pistola de plástico.

Sonó el timbre. ¡Joder! Elías exclamó “WTF?!” Salió su vena friki. El corazón se le desplazó un par de centímetro. Corrió a la puerta.

–          Hola, ¿Puedo pasar? – se apoyó en el umbral de la puerta.

Estaba dentro. Otra vez sus cuerpos se encontraron. Joder, parecían dos piezas de un puzzle de dos piezas. Elías estaba alucinando y a la vez exaltadísimo.

–          ¿Qué dijiste que querías hacer conmigo? Lo del paseo y todo eso…

–          Pero… ¿Qué pasa? ¿Por qué me lo preguntas? – Elías no vería ni una mosca en un pastel de bodas.

–          Tío, después de todo esto, vuelvo para preguntarte qué es lo que haríamos si yo decidiese pasar la tarde contigo y a ti no se te ocurre nada que decirme. ¿Es que eres retrasado? Creo que me he equivocado contigo. – Con cierta indignación.

Elías nuevamente se había quedado quieto, sin pulso, sin rumbo, varado. Sin saber cómo reaccionar. Ani lo dio por imposible. Iba a salir por la puerta cuando Elías la cogió por el brazo girándole el cuerpo en 90º y haciéndole mirar directamente a los ojos. Elías buscaba la conexión que no conseguía con las palabras. Intentaba que ella lo leyese de sus entrañas de alguna manera.

–          Espera. Yo lo único que necesitaba saber es si el chispazo eléctrico que sentía cuando mi visión periférica te espiaba en la FNAC era algo real. Si mi admiración por tus ojos, tu flequillo recto y despeinado y esa forma de caminar tan tuya como si apoyases el peso del mundo a cada lado de tus caderas no eran solo la forma de amarte en la distancia. Sino que en realidad esa risa que tan pocas veces he oído, solo cuando hablas con tu compañera María,  no solo quiebra los vidrios de las cámaras y los objetivos de tu sección, también cristaliza todos mis órganos y después los rompe a martillazos. Incluido mi corazón.

–          Es la cosa más cursi que me han dicho en mi vida. Qué mariconada. ¿Eres marica? –Ani le miró con ojos tiernos y una sonrisa en la boca. Qué torpe era el tío.  Elías esbozó una sonrisa. Por primera vez hubo complicidad entre los dos.

–          ¿Te apetece un gofre con mucho chocolate pringoso?

Pasaron la tarde juntos, se convirtieron en dos seres más, confundidos entre la marabunta de personas de una gran ciudad. Dos hormigas más entre el bullicio. Se pararon a escuchar a los músicos callejeros. Sonrieron a las niñas de pelo rojo. No es que aquello fuese Manhattan, no sonaba Potato head blues ni Drean a Little dream of me. Eran dos jóvenes, desesperados por vivir. Acojonados por el siempre futuro incierto que encuentran el uno en el otro una pequeña tregua, una razón. Joder, un “¡Coño, quizá todo esto pueda llegar a tener algún sentido!” Se calaron las zapatillas con la tormenta de verano. Se calaron algo más.

Cierta clase de amor es muy difícil describir con palabras, es más fácil recordarlo como un juego de luces tristemente vintage. Los reflejos del sol, los reflejos de su pelo, las sonrisas que deslumbran la tarde, y algunas otras luces no tan visibles, como el olor de los naranjos o el tacto suave de quien se coge la mano por primera vez. Normalmente este filtro es vintage porque forma parte del pasado. Los tonos pastel inundan todo. El amor era un recuerdo en el presente.

Al día siguiente Javi se levantó con una resaca brutal. A duras penas pudo marcar el 091. Un montón de linternas enfocaron en los ojos pegados de Elías, un “Ani, apaga la luz. Es muy pronto” no sirvió de nada. El primer golpe le dejó Knock Out. Las putas fuerzas especiales habían irrumpido violentamente en su cuarto. De la noche a la mañana se había convertido en el terrorista más buscado del país, el jodido Osama Bin Laden de Ventanielles. Ani no pudo hacer más que taparse con las sabanas y subvocalizar algo que lo retuviese junto a él. Nadie la oyó. En cambio un psicólogo de la policía intentó hablar con ella. Le mandó a la mierda.

En el juicio Elías fue declarado culpable de los cargos de secuestro, Ani no pudo dejar de llorar durante toda la vista. No fue capaz de testificar a su favor, se había enamorado de él.

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2 pensamientos en “Black Chocolate Waffle Blues

  1. Catherine dice:

    Me sorprendió el final. Me encantó el ritmo. Súper bien.

  2. м dice:

    Muchas gracias =)

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