Martina

¿Se puede ser perfectamente mediocre en la vida y ser feliz? A menudo Martina se lo preguntaba, consciente de su mediocridad. Ni fea, ni guapa, ni alta, ni baja, ni gorda, ni flaca, ni borde, ni maja. Martina no destacaba por nada. No tenía ninguna habilidad oculta, no era una de esas mujeres que se vanaglorian y se dan aires diciendo “yo en el fondo soy una chica complicada” y lo que quieren ocultar es que en realidad eso quiere decir “te voy a destrozar la vida y me voy a comer tu cabeza después del coito.”

Pero no, Martina no comía cabezas después del coito. Quizá musitaba alguna cosa, queriendo disfrazar su insatisfacción o procurar no ser demasiado expresiva cuando se corría de verdad y con ganas y el plasta de Alberto no le daba el coñazo con querer correrse en su cara o en su boca.

Y luego está la teoría de que cada individuo tiene algo especial, que no es uno más de la manada. Bueno, sí quizás, pero en realidad la especialidad tiene más que ver con el contexto y el ambiente en que se viva que con la propia característica que le hace especial. Martina tenía unos bonitos ojos azules y además acento argentino. Lo primero destacaba de algún modo en Granada, teniendo en cuenta que el arquetipo de mujer andaluza es la Carmen, morena, de vestido ligero al vuelo, de ojos negros azabache. Pero lo que en Andalucía le hacía estadisticamente especial, con una desviación típica demasiado grande, en Suecia, por ejemplo, le hacen una del montón. También así en su familia, argentinisima toda ella, todos con los ojos de mármol, con antepasados del Abruzzo. Y lo segundo, solo le servía para atraer moscones con una idea de las argentinas de calientapollas o prostitutas.

Martina a pesar de tener una familia numerosa y normal, amigas normales y un novio normal, sentía su vida bastante vacía en general. Falta de emociones y de giros dramáticos. El problema del sufrimiento, como en todos los casos, era el aburrimiento. En ocasiones tenía ganas de estallar platos contra el suelo, pero no lo hacía. No tenía sentido. Pero pensaba que si lo hiciese alguien le llamaría la atención, se enfadaría con ella o le daría un bofetón, peor así al menos tendría un poco de emociones por un rato. Pero no, eso nunca pasaba. Contrariamente a sus ansias de emocionarse, Martina, era bastante pragmática y prefería no ejercer un daño si no había razones para ello. Y mucho menos auntoinflingirselo.

Un día Martina salió de su casa, fue a la facultad, tomó apuntes, comió el pincho de todos los días (pollo a la plancha con lechuga y mayonesa) y un zumo de piña de todos los días, habló con sus amigas, fue a una tutoría con Maleni, la profesora que le desquiciaba… Perdió el bus para volver a casa, decidió no esperar y volver andando. Era un tramo que nunca hacía caminando, y no conocía bien las calles por las que iba, vio una floristería y se quedó mirando el escaparate. Algunas parecían mustias, y eso no tenía sentido. ¿Cómo pueden tener flores mustias en el escaparate de una floristería? ¿Qué concepto de negocio tiene el florista ese de los cojones? Entro dentro pro curiosidad, quién sería el imbécil que llevaba aquel negocio. Al fondo, vio sentado a un vejete, con un mandil blanco manchado, intentó levantarse de la silla a duras penas. Ahora le encajaba todo. Le dio penilla.

– Buenos días – Dijo el viejo florista.
– Ehhh… Buenos días.
– ¿En qué puedo ayudarla? – Dijo amablemente el viejo, mientras se frotaba las manos callosas con suavidad.
– Ehhh… No… ehhh– Martina empezó a girar sobre si misma, la imagen de aquel viejecito, llevando aquel establecimiento con dolor para poder vivir le entristeció. Tenía que comprarle algo.
– ¿Deseaba algo en concreto? ¿Quizá que le prepare un ramo?
– Mmm… ¡No! – Se sorprendió a si misma ¿Un ramo? ¿Quería casarla con un sobrino o algo así? – Deme… esta planta tan bonita.
– Oh, buena elección, Hippeastrum salvajis es una planta de exterior, muy sufrida. ¿Tiene usted un jardín grande?
– Claro – ¿Por qué sino iba a comprar una planta de exterior si no tengo un jardín grande? Pensó Martina para si misma.
– Recuerde que es una planta que necesita mucho sol, no la plante en lugares sombríos.
– Vale
– Son 70 euros.
– ¡AY!¡La puta madre! – No dijo.

Martina abrió la vieja puerta de madera de la floristería, con los rótulos grabados y descoloridos sobre el sucio cristal. Un ultimo vistazo a la mirada apesadumbrada y azul de aquel viejo que le había costado 70 euros. Siguió caminando por la estrecha calle Elvira cargando a duras penas con aquel armatoste inmenso de planta, sin poder mirar al frente, perdiendo tierra, con las hojas dándole guantás en la cara a cada rato. Decidió dejarla en el salón de la casa en la que vivía con sus padres, cerca del ventanal. Pensó que sería buena idea colocarla ahí para que le diese el sol por las mañanas. Ató con cinta americana el cordel de la persiana para que nunca pudiese bajarla y asegurarse así tanta vitamina D.

No pensó mucho en el hecho, tampoco sus viejos le dieron demasiado la murga. Martina, le dijo a su madre que era un regalo y esta lo aceptó como tal. El viejo sin embargo; “Ay nena, pero cómo venís con eso. Se va a ir a la mierda en un noticiario.” Y ahí quedó la cosa. A veces improvisaba, no era algo inusual.

Tres o cuatro días después Martina llegó de las clases de inglés que impartía a un vecinito, se descalzó, se puso un short y una camiseta de propaganda que le sentaba como un saco. Apretaba el calor en Granada, esa Granada de Lorca del trillón de golondrinas, del musgo y de las verdes acequias. La misma Granada de los perroflautas, del buen polen del moro y los gitanos del mirador de San Nicolás. La misma Granada de los estudiantes japoneses y los erasmus, del botellodromo y de la heladería “los italianos.” Esa que ofrece tantas luces y sombras. Pero Martina no conseguía ver el lado romántico de la ciudad, eso está bien para los turistas, ella prefería estar en Buenos Aires, donde había vivido hasta los 10 años, con una mezcla de nostalgia y desconocimiento real. Y aquellas sobremesas fervientes le parecían agónicas. Tirada en el sofá, incapaz de pisar las piedras volcánicas de la calle, viendo alguna mierda en telecinco, o fisgando una y otra vez si alguien actualizaba Facebook. Esa tarde abrasaba y decidió tirarse en el parquet por si estaba más fresquito que el sofá, y allí se quedó un buen rato, echada, mirando al techo, escuchando una canción de Otis Redding que había puesto en el ordenador. 10 minutos quizás, con la espalda un poco dolorida, y en su pie descalzo su piel empezó a sentir un leve cosquilleo; era la luz del sol colándose por debajo de la ultima rendija de la persiana. Como un intruso inesperado. Era una sensación agradable por el momento, se sentó sobre el suelo y delante suya vio la planta que había comprado unos días antes.

“¿Qué te ha pasado bonita?” Dijo para si misma. La Hippeastrum salvajis había empezado a marchitarse como anticipó su viejo. Sus flores rojas y blancas habían perdido brillo y empezaban a flaquear. Marcaban una linea a su propio declive, como prediciendo su propia caída y su muerte.

Joder – pensó – ¿Qué hago? Me has costado 70 pavazos, si solo me duras una semana me sales a 10 euros por día. Y tampoco es que me de un sirocazo cuando te miro, ni me provoques el síndrome de Stendhal ni nada. Tendré que llevarte a un lugar donde te de el sol, quizá pueda trasplantarte a algún lado…

Martina decidió salir a la calle y buscar un lugar donde trasplantarla. Que le diese el sol rápido, rápido, casi como un RCP, la veía apuntico de palmar. Necesitaba alguien que le insuflase algo de aliento y que su corazón vegetal volviese a fotosintear.

No iba a cargar con ella, no quería que sufriese posibles daños. Cogió un carrito viejo de la abuela, puso a la Hippeastrum salvajis encima, cogió una palita de su madre, y cerró la puerta de casa, del portal, caminó los primeros metros con la planta en el carrito tras de si, con las ruedas girando, vio a Encarnita en su balcón, a la sombra roncando como una mula. Llegó al parque que está al lado de su casa y oteo el lugar buscando un lugar soleado y humedo; Nada de lo que había allí le parecía idoneo para plantar a su colega. Primero, ¿Qué le dirían los vecinos?, ¿y la policía?, ¿y los jardineros municipales cuando se encontrasen una planta más? Segundo, en ese parque había un montón de teenagers por la noche comiendo pipas y haciendo cosas que pagaran años después. Seguro que algún gilipollas con granos se dedicaba a joderle la planta. Tercero, también era el lugar de esparcimiento de los dueños de perros, y no quería que a su Hippeastrum le mease ningún perro pijo ni ningún pitbull del chuloputas del gimnasio.

Se sentó en un banquito a la sombra, y dejó a Hippeastrum a unos metros, haciendo sus cositas – metamorfosis, morfosintaxis, fotosíntesis, como fuera o fuese – al sol. Y allí la veía, encima del carrito, y por primera vez parecía bella. Como si Lorenzo le diese un aura mágica, una oportunidad de sentir todo lo que le rodea. Respiraba. Martina fue a por un paquete de pipas al kiosco y se volvió a sentar en el banquito. Pasó una hora, dos horas. Y se acabó el paquete de pipas y tenía los labios ligeramente agrietados por la sal. E Hippeastrum no se había movido de allí. ¿Te lo puedes creer? ¡Qué obediente! Eran las 9 de la noche, la noche empezaba a caer ¡Había pasado 4 horas sentada en aquel banco! Pensando, mirando a la gente pasar, reflexionando sobre su fútil y disoluta existencia. ¿Por qué estaba en aquel banco en aquel momento? ¿Por qué en esa ciudad? ¿por qué ese novio, amigos, familia, estudios, relaciones personales? ¿Por qué su vida era como era? Y no pudo más que concluir que todo se había debido a las circunstancias, el azar, y a sus propias características. Martina podría tener mil vidas diferentes, pero ahora solo tenía esa en concreto. Sentada en un parque, sacando a pasear una planta. Y por primera vez en mucho tiempo pensó que era el lugar donde quería estar, porque era el único lugar donde podía estar. El más absoluto, desgarrador y brutal presente impredecible.

Pasaron los días y Martina siguió yendo al parque con Hippeastrum y el carrito, los teenagers la miraban como si fuese una colgada, los dueños de los perros empezaban a sospechar. Además Martina nunca dejaba que otros perros jugasen con Hippeastrum, no la fuesen a morder. Pasó mucho más tiempo y Martina se convirtió en la “loca de la planta.” Incluso para sus conocidos, parientes y paridos. Pero ella tenía sus facultades cognitivas perfectamente sanas, de hecho para ella tenía cierta lógica. Tengo una planta que necesita sol, no tengo jardín, así que tendré que sacarla a que le de el sol. Hippeastrum se puso preciosa. Por fin Martina empezó a sentir que no seguía a toda la manada, que había algo que la distinguía, y no era ningún rasgo de personalidad, ni la belleza de afrodita. Su rasgo distintivo es que era ella misma, ella y nadie más. No había colmena, tenía una sola vida de hormiguilla y la iba a vivir como le diese la gana. Dándole el sol a partir de las 4 en el parque San Jorge si era necesario. Y respecto a lo de la considerasen una loca… Martina siempre recurría a la frase de Kurt Cobain “Ellos se ríen de mí porque soy diferente, yo me río de ellos porque son todos iguales.”

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