El buen hombre y la voluntad del azar.

Tomás era un gran chico, y digo gran porque a pesar no ser un ser extraordinario era lo que podría decirse “correcto.” Si se categorizase las personas en una linea estadística con los valores bueno o malo, Tomás ocuparía el centro absoluto, sin ningún tipo de desviación hacia ningún lado. Y eso era lo que le hacía ser una persona tan querida por todos los que le conocían. No es que esa “normalidad” le llevase a ser un hombre sin pretensiones, estaba contento con su situación y esperaba mejorar poco a poco, como todos. En la escuela ya era el niño al que todos acudían cuando sus progenitores se separaban, en la adolescencia ya tuvo su primera novia formal, y duró desde los 15 a los 19, hasta que Sandra, así se llamaba, cansada de tanto buenismo y con la actividad hormonal incidiendo y desafiando su capacidad cognitiva le llevaron a la caja 17 del Eroski y a dejar a su hijo de padre no conocido al cole y recogerlo en casa de la abuela.

Pero sigamos con Tomás; sus padres siempre le habían considerado una persona responsable incluso en sus etapas más difíciles, sus amigos de toda la vida, que llevaban con él desde el instituto, a pesar de considerarle un cabroncete con un gran sentido del humor también querían que fuese el padrino de todos sus hijos. Y con las chicas, Tomás, había tenida relativa suerte. Alguna relación relativamente larga, algún que otro rollete de una noche, desencantos… como todos. Era bastante sincero con las chicas que conocía. Se fijaba en el físico como todos, no era ningún cinico. Y le gustaban las morenas, bajitas, con un buen pandero y con mucho carácter. Tomas no es que fuese especialmente guapo, tampoco era feo ni mucho menos, tenía encanto, una conversación agradable y además tenía aspecto de lo que las madres llaman un “chico sano.” Nunca acababa demasiado tirado, procuraba no ser descortés cuando entraba a una mujer, sabía aceptar un rechazo, y además tenía un montón de cualidades interesantes: Hacía mucho deporte, había corrido varias maratones, era un gran cinéfilo y leía bastante, sin llegar al punto de rata de biblioteca ni al extremo de analfabeto. Incluso tenía el puntito friki de gustarle los comics de la Marvel.

Hacía tiempo que no tenía pareja pero estaba contento como transcurría su vida. Recientemente se había ido a vivir a un pisito céntrico de la capital, con una pequeña terraza. Era la primera vez que no tenía que compartir piso y aquello era toda una alegría. Podía montar sus timbas de poker sin alguna erasmus dando el coñazo, o podía follarse a quien quisiera sin que su madre preguntase en la comida quién había dormido esa noche en casa.

Pero no penséis que ser tan buen chico había hecho que la personalidad de Tomás fuese la de uno de esos gilipollas, eternos optimistas, y con la sonrisa colgada de las orejas. Tomás había pasado por épocas malas, por supuesto. Había tenido pequeñas depresiones aunque por periodos cortos de tiempo, y recordaba con nostalgia al amor de su vida. Una chica vasca que conoció en un viaje y que mantuvieron una corta pero intensa relación. Y también había tenido frustraciones de todo tipo, en la universidad, en el trabajo, en las relaciones interpersonales. Aun así Tomas había conseguido mantener el equilibrio homeostático, ni arriba ni abajo, se había creído de verdad aquello del karma y “haz cosas buenas y te pasarán cosas buenas.” pero sin renunciar a su personalidad un poco capulla y tuercebotas. A los 29 años, y con mucho esfuerzo había conseguido ser una de esas personas que ante una encuesta con la pregunta “¿Se considera usted feliz?” Podía responder sin temor a equivocarse “bastante feliz.”

Tomás trabajaba en una empresa de comunicaciones en la sección de informática, llevaba trabajando allí casi 5 años, prácticamente desde que acabó la facultad. Era una empresa joven y dinámica, con un buen ambiente. Había conseguido pequeños logros y sus compañeros de curro le tenían una gran estima, era de los más animados a la hora del bocata y había conseguido algunas mejoras en la optimización del funcionamiento de la empresa. Fue uno de los que más apostó en la empresa por hablar con los jefes para la implantación de la jornada intensiva al estilo europeo y el resultado fue que aumentó la productividad en un nada despreciable 17,3%

Sus jefes no eran ajenos al desempeño de Tomás. Se podía decir que el nuevo sistema informático lo había montado él solo, y eso había hecho la vida mucho más simple a sus compañeros. Así que un buen día de Septiembre consideraron que Tomas estaba listo para ser responsable de la sección de informática. Tendría alguna responsabilidad más sí, pero el trabajo era prácticamente el mismo, y además su salario sería equiparado con todos los jefes de sección. Y pasaría de ser poco más de un mileurista a tener un sueldo bastante digno. Se lo había merecido, qué coño.

Tomás fue a abrir el sobre donde le comunicaban el aumento, se cortó el dedo pulgar con la hoja de papel que había en su interior pero no le dio importancia, ya le habían chivado lo que era y aunque no estaba seguro al 100% si pasaría ya se lo temía. Estaba contento pero ya no era una sorpresa total. Leyó la hoja y esbozó una gran sonrisa. Se levantó de la mesa de escritorio y ondeó la hoja.

  • ¡Imna! ¡Inma! – a su compañera – ¡Mira lo que tengo!
  • Enhorabuena mamoncete.

Tomás se volvió a sentar y a releer la carta, de pronto vio que unas gotitas de sangre habían caído sobre un lado del papel. Su dedo pulgar estaba sangrando bastante para ser un corte con una hoja. Se dirigió al botiquín y se puso una tirita. Como quedaba de camino pasó por el despacho del jefe. Entreabrió la puerta.

  • Oye, gracias por esto.
  • Nada chaval, te lo mereces más que nadie.

Iba a cerrar la puerta pero el jefe le interrumpió.

  • Tomás
  • Dime jefe.
  • Estás sangrando por la mano.

Se miró la herida, la tirita no había resuelto nada. Estaba empapada de sangre, toda su mano se había llenado de sangre.

  • Joder, me he cortado con un papel. ¡Cómo sangra, la puta!
  • A ver si te nos vas a quedar tieso de la alegría, anda vete al centro de salud y que te lo curen. Tómate el resto del día libre. ¡Hoy es tu día chaval!

Tomás salió de la oficina con una sonrisa en la cara. Se había puesto una gasa en el dedo con un poco de esparadrapo y parecía que se había solucionado el problema. Era absurdo ir al centro de salud a hacer una cura por un corte con un papel. Así se colapsaban los ambulatorios, por hipocondríacos con pijadas. Se fue a casa, comió pisto y llamó a su madre para la buena noticia. Era una gran día para toda la familia, Nadie sentía envidia por Tomas, era tan buena gente que todos se alegraban por él como si el éxito fuese colectivo. El triunfo de ser buena persona.

Tomás quería tomarse el día de relax, escuchar buen jazz, tomarse un baño con espuma y quizá luego comerse una pizza bien grasienta más que merecida. Así que preparó la bañera con el agua bien calentita, puso un poco de Charlie Parker y se metió en el agua. Al apoyarse en el mármol se dio cuenta de que todavía tenía el vendaje y que la sangre ya era visible desde fuera. Había traspasado la gasa, siguió sin darle importancia. Sangraba sí, pero no le dolía. Puso una toalla para reposar la cabeza y se echó, relax puro y duro.

Cuando llegó su madre la escena parecía la de un suicido. Tomás estaba frío y con el rigor mortis, la bañera entera cubierta de sangre. Pero aquello no cuadraba, cómo Tomás en el mejor momento de su vida podía haberse suicidado. Nada indicaba que estuviese deprimido o triste. Era bastante feliz.

La autopsia determino que Tomás tenía una enfermedad no diagnosticada llamada enfermedad de Von Willebrand. Una enfermedad rara parecida a la hemofilia que no permitía que las plaquetas de la sangre se aglutinasen y coagulase la sangre para curar las heridas sangrantes. El agua caliente ayudó a que aumentase el flujo sanguíneo. Tomás tenía una afectación grave de esta enfermedad, pero por una causa o por otra, nunca había tenido ningún síntoma de tenerla. De hecho su madre no recordaba que Tomás se hubiese hecho ninguna herida a la largo de su vida, ni cuando se caía de la bici siendo un niño.

Al menos Tomás, y por esas cosas de la vida que no puedes decir a quién le va tocar y a quién no, murió bastante feliz. Cuando su madre le encontró todavía sonaba Charlie Parker en el Radio-CD

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