¿Y en Madrid se ven las estrellas?

“¿Y en Madrid se ven las estrellas?” Esa fue la pregunta que le hice ese fin de semana que pasamos en la casa de mi pueblo. Ella nunca había se había sentido tan pequeña como en aquel paraje tan alejado de todo signo de civilización, aquella inmensidad. Ni la Casa de Campo era tan grande. Bueno, quizá exagere un poco, porque en mi pueblo todavía no llegaba internet pero hacía mucho tiempo que llegaba la TDT. La tele que no falte. Y además podías degustar un chorizo que ni en el mejor bar de tapas de la plaza mayor. Pero ese es otro tema.

Le impresionó que le hiciese esa pregunta porque en realidad no lo sabía. Evidentemente a sus 26 años alguna que otra vez se había quedado mirando las estrellas, pero no recordaba cómo ni porqué. No sabía si había sido en alguna playa de Conil, o en las acampadas en Sanabria. O si alguna vez sacando al perro todavía de noche se había sentado en un banco y mirado al cielo. No distinguía constelaciones, ni alpha, ni centauro, ni siquiera la maldita osa mayor que ve hasta un ciego. Yo para hacerme el interesante le dije que aunque estaban ahí, y perfectamente se podía trazar lineas imaginarias entre ellas y las culturas se habían orientado durante siglos gracias a ellas, en la actualidad nadie estudiaba las constelaciones. No era más que construcciones imaginarias, ahora los astrónomos se guían por coordenadas y lo de las constelaciones ha quedado como algo más romántico que otra cosa.

Fui hasta la cocina, saqué dos vasos, los aclaré un poco y cogí un par de cervezas de la nevera. También acerqué el Radio-CD a la ventana del porche y conecté el ipod. Puse Autumm Leaves interpretada por Miles Davis y John Coltrane. Quería crear una atmósfera, era evidente, pero ella me conocía bien y sabía que cuando ponía jazz es que quería ponerme tiernecito. A ella le aburría, o no le daba más. Creo que nunca me dijo que era una mierda por no herir mi sensibilidad musical.

Volví al porche, me senté en el banquito de piedra. El porche de la casa de mi pueblo da a una finca tremendamente grande y con una inclinación considerable. Es una finca que está llena de cerezos y manzanos. Justo delante de la puerta hay un cerezo inclinado en el que me columpiaba cuando era niño. De pequeño me acojonaba esa casa, de noche solo se ve la luz del porche, no hay ninguna otra luz en esa dirección en kilómetros, así que si te alejas 100 metros de la casa estás en la completa oscuridad si la noche es muy cerrada. Y cuando por la noche aúllan lobos en el monte eso acojona. Esa noche no encendí la bombilla del porche, había luna llena y el cielo estaba despejado, además con la luz que salía de la cocina era suficiente y aquello no se llenaba de polillas.

Estuvimos bebiendo un rato sin decir mucho, alguna tontería, luego empezamos a darle vueltas a porqué nuestras vidas nos había llevado justo a ese momento, en el que ella y yo estábamos mirando las estrellas, en esa noche de verano de pantalones cortos, con su cabeza apoyada en mi pecho. Adoraba esos momentos con ella. Era por esos momentos por la que la necesitaba, cuando empezábamos a hablar de nosotros mismos pero sin egoísmo, solo como un balance de todo lo que acontecía en nuestras vidas. Y yo sabía crear esos momentos, ya lo he dicho, jazz, cerveza, luna llena… todo fluía. Todo era como deseaba.

– ¿Y en Madrid se ven las estrellas? – Le dije para chincharla.
– No te metas ahora con Madrid, Miguel. – Hartita de que yo la llamase urbanita y de que nunca hubiese visto una vaca hasta que empezó a salir conmigo. Me reí.
– De veras que no lo sé. En Oviedo seguro que no se ven por la contaminación luminica, aunque igual si subes al Naranco, o en algún parque se puedan ver. La verdad es que no lo sé.
– Pues ahora me has creado la duda… La verdad es que no recuerdo haberme quedado así, con este dolor de cuello, mirando tan fijamente el cielo en Madrid.
– Seguro que no, mona. La contaminación lumínica allí tiene que verse desde casa cristo.
– Que vale pesao. En la sierra se verá, yo que sé. – zanjando el tema
– La sierra, la sierra… eso es tan madrileño. – volviendo a chinchar.
– Ay, cállate ya. – con cariño.

Hubo un par de minutos de silencio, seguíamos embobados mirando la cúpula celeste. Un silencio de esos que abrazan, en los que te quieres quedar a vivir.

– La verdad es que se está a gusto aquí eh, estamos a gusto. – quise enternecerla un poco. ¡Quiéreme un poquito más!
– Sí que lo estamos.
– ¿Cuánto tiempo crees que seguiremos estando a gusto?
– ¿Cuánto crees que durará esta noche? – dijo.
– Jajaja – me reí tontamente – ¿Que es que cuando acabe esta noche vamos a dejar de estar a gusto? – Entrabamos por la puerta de atrás en un tema tabú. Del que no se habla pero que siempre está ahí.
– Ay… – Un pequeño suspiro, sin contestar.
– ¿Cómo veras las estrellas cuando tengas que volver a Madrid?
– No lo sé, supongo que no las veré.
– Pues es una pena. – Puyita. Intentaba convencerla de un tema del que ya estábamos cansados. Ella en algún momento tendría que volver.
– Sí que lo es. Vale ya. – No quería entrar al trapo. Ella era de ese tipo de persona que prefiere alejar lo máximo de sí los momentos dramáticos, la tensión de lo inevitable. Y en el caso de tener que afrontarlo en algún momento dejarlo siempre para última hora. Hubo un largo silencio.
– Pues cuando estemos lejos yo me orientaré por las constelaciones para encontrarte. Como un nómada en el desierto. En medio de la oscuridad, siguiendo una luz que me lleve a ti. – Sonrío.
– Pues yo haré lo mismo amor. – Me dijo para complacer mi pastelada, apretando su cara contra mi pecho.
– Pero cómo lo harás, si en Madrid no se ven las estrellas. – hubo otro silencio.
– No lo sé…

Cogió su vaso y se levantó, me dijo que se iba a dormir, había sido un día largo y estaba cansada. Yo la veía tan hermosa, con su pelo castaño clarito cayendo de una lado, con su cara de cansancio iluminada a medias.

Estuvimos en mi pueblo una semana más, luego un par de días más en Oviedo y luego ella se fue a Madrid. Se nos habían acabado las vacaciones pero yo iría a verla dentro de dos fines de semana. Seguimos estando juntos poco más de medio año. Al tiempo me acordé de esa noche en la que le pregunté “¿Y en Madrid se ven las estrellas?” No podía entender que en esa ciudad la luz fuese tan cegadora que no pudiese ver la estrella que siempre iluminaba por ella, la estrella que la llevaba de vuelta a mí.

+Bonus

Cannonball Adderley & Miles Davis – Autumm Leaves 

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