Escenas

Se comían la boca en la mesa del fondo.
El mundo no era el mundo. Estaba sobre el mármol
del bar donde el deseo recorría los labios
y las manos de ella que le buscaban cálidas
y el cuerpo estremecido que vivía y soñaba.

No había dulces misterios que rompieran la tarde,
ni siquiera la voz que se oía bajito
hablaba de ternura o de amor en suspiros.
Había en las urgencias de las caricias de ella
la lujuria de carne y la pasión del sexo.

Él hablaba y bebía y, muy de vez en cuando,
sonreía lo mismo que si los besos fueran
un combate de espadas que le abriera las venas.
Él miraba asustado y vencido los dedos
de ella que buscaba en su cuerpo la muerte.

Allí mismo en el fondo más oscuro y más limpio
de la taberna anónima las estrellas brillaban,
desconocidas naves de galaxias lejanas.
Él era el territorio a conquistar y ella
la mujer más hermosa bendita de pecados.

La vi salir riendo mientras él, en un gesto
antiguo como el aire, rozaba su cintura.
En la calle la tarde olía a madreselvas
Y unos niños corrían felices sin colegio.
Entonces pensé en ti.
Y el camarero, cómplice, llenó otra vez mi vaso.

Rodolfo Serrano.

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