La mano sucia

Mi mano está sucia.
Debo cortarla.
Lavarla no tiene sentido,
el agua está podrida.
El jabón es malo.
No hace espuma.
La mano está sucia.
Ha estado sucia por años.

Solía llevarla
escondida
en los bolsillos del pantalón.
Nadie sospechaba nada.
La gente venía a mí,
queriendo estrechar manos.
Yo rehusaba
y la mano escondida,
como una babosa oscura,
dejaba su huella
en mi muslo.
Entonces me di cuenta
que era lo mismo
si la usaba o no.
La repugnancia era la misma.

¡Ah! Cuántas noches
en las profundidades de la casa
lavé esa mano,
la restregué, la pulí,
soñé que se volvía
diamante o cristal
o incluso, por último,
una ordinaria mano blanca,
la mano limpia de un hombre,
que podrías estrechar,
o besar, o sostener
en uno de esos momentos
en que dos personas se confiesan
sin decir una palabra…
Sólo para sentir
la mano incurable,
letárgica y cangrejuna,
abrir su dedos sucios.

Y la suciedad era vil.
No era barro ni hollín
ni la suciedad endurecida
de una vieja costra
o el sudor
de la camisa de un trabajador.
Era la suciedad triste
hecha de enfermedad
y angustia humanas.
No era negra;
lo negro es puro.
Era opaca,
una suciedad grisácea y opaca.

Es imposible
vivir con
esta mano grosera que yace
sobre la mesa.
¡Rápido! ¡Córtala!
Córtala en pedazos
y arrójala
al océano.
Con el tiempo, con esperanza
y sus intrincadas maniobras
otra mano surgirá,
pura, transparente como el vidrio,
y se sujetará a mi brazo.

Mark Strand

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