Mi largo camino y los gestos desesperados.

Mi largo camino y los gestos desesperados empezaron en el mismo lugar y en el mismo instante que los gestos y senderos de todos. Puede que no fuese la misma fecha ni la misma estancia, puede incluso que a algunos “el camino” les pillase de camino, y es un camino bien llenito de baches: el primer bache empieza cuando dos manos con sus dos respectivos guantes de látex te ponen patas arriba y te dan una buena cachetada en las nalgas. Ese fue mi primer gesto desesperado, empezar a respirar y a llorar como un inepto y ni un poquito de equilibrio emocional. Yo no lo recuerdo, lo sé porque testigos presenciales me lo han contado.

Y se fueron sucediendo, y no se diferenciaron mucho de los gestos desesperados de los demás, tampoco los recuerdo todos, pero serán los clásicos, el greatest hits de los gestos desesperados; pataletas en el patio de recreo, el balón es mío y juega quien yo quiera y sino me voy a casa, tirar del pelo a aquella niña-coleta-crin-de-caballo que te gustaba, asustarte con las primeras emociones, las primeras canciones mirando por la ventana y pensando en ella, los besos que saludan, también los que dicen adiós, las borracheras, los cafés que esperan respuestas, los mensajes de texto en la madrugada, las tertulias para cambiar el mundo y nunca para cambiar a los hombres, muchos “aun te quiero, por si vienes”, pasar frío en algún portal, odiar por no poder amar, algún viaje para olvidar lo que dejas atrás, Lorena, Celia, Paloma, Alicia.

En definitiva todos aquellos que tienen cierto retintín de culebrón y que al final se aglutinan, ladrillo a ladrillo, hasta hacer de tu vida y tu existencia una desesperación en conjunto: tu largo camino. Lleno de miedos, incertidumbres y angustias, inquietudes y alegrías.

Y creo que tú eres el primer gesto no desesperado de relevancia de mi largo camino. Porque te encontré con naturalidad, porque llegaste con naturalidad, porque empezamos a querernos con naturalidad, porque soy feliz mirando tus fotos mal enfocadas de pequeña. Y porque cuando me dices “vámonos a casa, estoy cansada pero contenta” y subimos en un taxi y respiro tu tranquilidad y tú la mía, no siento que esté saltando hacia ningún vacío. Porque la vida es esto, tu mano sobre mi mano sobre un asiento de trasero de cuero.

Así que espero que los días se sucedan, y el camino será largo y desordenado, que lloremos, riamos, fumemos y follemos juntos. Que los gestos solo sean libres, ínfimos, íntimos, diminutos, hacer que tu camino sea lo más leve posible. Y que pueda cuidar este amor cada día para que nunca, nunca, nunca amor mío, tenga que hacer un gesto desesperado para que no me olvides, para que te quedes conmigo. Un gesto desesperado como por ejemplo escribir esta carta con tu nombre en el dorso.

..
Y tú pensabas que no era real…
http://youtu.be/SOrJS2lJmW0

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