A veces quisiera descomponerme en pedazos.

A veces, y no muchas veces, quisiera descomponerme en pedazos. Una descomposición completa, que fraccionase mi carne y mis huesos en pequeños daditos, que me redujese a polvo en un recodo de una habitación vacía. A veces, y no muchas veces, me gustaría que mi cuerpo colapsase y que implosionara en una riada de sangre y ácido  No es una postura cobarde, no quiero agua caliente y cuchillas, sé que el presente es únicamente de los que lo viven, pero nadie me ofrece una pausa, un paréntesis, una pequeña desaparición y una recomposición.

Recuerdo la primera y única que vez hasta el momento que tuve esa sensación de querer romperme. Eran unas vacaciones con Amanda, hace ya algunos años,  y nuestras discusiones habían llegado al punto de saturación. Éramos una masa pastosa de seres humanos. Todo se convertía en una nueva mala palabra, en una nueva mala interpretación, en un nuevo  silencio y en nuevos besos que se apagan. La peor sensación que he experimentado en mi vida es la de la impotencia, y en aquel momento me encontraba incapaz de arreglar aquella relación y no por una falta de disposición o de actitud, simplemente estábamos bloqueados como una quiebra en un engranaje. Así fue como,  sentado en una silla vieja y ruidosa, mirando la madrugada  y las luces de Barcelona por aquella ventana de un hotelucho del Paralel, me descompuse en pedazos por primera vez en mi vida. Habíamos discutido mucho aquella noche y en un momento dejamos el tono airado para pasar al silencio. Y eso casi es peor. Así que me acerqué a la ventana y me sumí en las terrazas de la gente, pensando cómo vivirían aquellas personas dentro de aquellas ventanitas amarillas, qué tan diferentes eran de mí. No sé cuánto tiempo estuve ensimismado, o con la mirada de las mil millas, sabe Dios, pero lo cierto es que perdí por un momento la conciencia de que Amanda estaba allí detrás, sentada en la cama, enfadada y triste. Y de repente sentí  como unos brazos se deslizaban rodeándome la espalda y unos labios en el cuello y allí mismo me rompí, sin aparente motivo, me descompuse en pedazos, en millones de daditos de carne y hueso. Al menos así fue en mi mente, la reacción fisiológica fue llorar como a un niño al que le han robado la merienda. Me sentía impotente y desconcertado.

Esa misma noche cogíamos el avión de vuelta  a Oviedo, ella me había preguntado si la iba a dejar y a mi me dio la risa porque me parecía descabellado, estaba enamorado de ella. Aquella noche no discutimos más, lo que parecía una disposición a arreglar nuestra relación y cariño sincero era en realidad miedo a hacer daño al otro o a uno mismo. Recuerdo muy bien el trayecto en el taxi hasta el aeropuerto, llovía e invitaba a la melancolía y la bohemiada, cada uno miraba por su lado de la ventana y entonces me di cuenta a qué se debía aquella impotencia. Se había roto el sueño del amor, del mayor amor que había tenido nunca, del amor infantilizado y pura ensoñación que no se ajusta a la realidad. La impotencia y por ende la descomposición en pedazos se debía a que ya nunca más podría vivir aquel sueño.

De un tiempo a esta parte noto como mi piel se empieza a combar como la madera de una vieja barca, quizá la humedad esté hinchando mis pilares y mis vigas maestras, quizá el mástil de popa esté demasiado cansado de vientos y tempestades, y temo que en cualquier momento, en alguna tarea cotidiana, como cortar el pan, llamar a un timbre o darse una ducha templada, sienta esa impotencia anquilosante por razones que aun no tengo muy claras, y definitivamente explote en mil pedazos sin saber qué reacciones fisiológicas conllevará. No sé, quizá…

Quizá me sirva para reconstruirme desde cero, volver a imaginar cómo quiero ser. No hay resurrección sin muerte.

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