Poco que decir

Tengo poco que decir o tengo mucho que decir. La cuestión es que no digo lo poco que diría o dijese en el caso de tener poco o mucho de decir. Claro, que podría hablar de muchas cosas, por ejemplo de las vigas, los cimientos, los clavos y la mampostería pero eso sería un tratamiento estrictamente estructural y es de sobra conocido que torres más altas han caído.

De lo poco o nada que tenga que decir o ya haya dicho o me haya olvidado de decir recuerdo lo que concierne al crecimiento, la salvia, la sangre y la vida, este es el punto de vista orgánico pero como se vive se muere y no quisiera yo provocar tanto drama.

De la nada de nada de lo poco que hay que decir no quisiera yo tampoco detenerme en la manera de decirlo, la conjugaciones, las preposiciones y los verbos porque es bien sabido que oveja que bala, bocado que pierde.

No convendría ante tanto temor a posibles vilipendios por el hecho de decir, callar. Porque hay silencios incómodos y hay otros que no respetan el silencio.

Y en este propósito último de no perder, ni morir, ni caer en el ejercicio de tener que decir poco o nada de lo poco o mucho que tuviera o tuviese que decir me quedaría con un análisis puramente sensitivo, de la humedad, la temperatura y las condiciones aromáticas. Porque de lo poco que hay que decir hay pocas cosas que digan mucho, y a poquitos, te voy diciendo que de lo poco, esto, ojalá fuese lo más dicho.

Y lo mejor queda por decir.

 

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