Epitafio de una vida amorosa

Nunca fui un buen novio. Nunca supe dar lo adecuado para cada momento. Siempre hablé de más, grité y utilicé la ironía para hacer daño. Las cosas más dolorosas las dije con una serenidad insultante. Intenté ser sorprendente e intenso pero acabé resultando previsible y sofocante. Hice cautivos de mi tristeza. Fui buen amante en momentos contados, partículas de agua en un océano. Mentí y me sentí ofendido cínicamente porque me mintiesen. Mis necesidades siempre fueron la prioridad. Sufrí de celos enfermizos que jamás reconocí. Fui controlador. Obsesivo. Manipulé los sentimientos ajenos. Sucumbí al juego de la jerarquía en la pareja. Me hice el ofendido y fui vago y perezoso. No fui capaz de disfrutar ni apreciar los pequeños gestos por no ajustarse a mis estándares de amor romántico. Tuve unas expectativas tan altas que todo me decepcionaba. Y todo lo que quise lo acabé perdiendo.

Ahora sé que ya no podré volver a querer, porque no podré volver a quererme.

Mi corazón murió tras 28 años latiendo, una noche de Octubre. Con merecimiento.

 

 

 

 

(Entrada basada en hechos ficticios)

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