Archivo de la categoría: Palabras

La sangre de Cristo.

El camino era tal y cual él me lo contó. Era de tierra oscura, húmeda, con piedras sueltas de diferentes tamaños, irregularidades y surcos de agua. A cada lado del camino había hierba, alguna había sido pisada y habían hecho una vía paralela más estrecha pero más cómoda que el camino principal. A veces evitaba un charco y otras veces los pedruscos. También había muros, de piedras unas puestas sobre las otras, sin una mampostería muy cuidada. El típico muro para cerrar las fincas y que no se escapen las vacas. A veces el camino se cerraba sobre sí. Se hacía más pequeño, los árboles, mayoritariamente castaños, lo atrapaban y lo oscurecían. A veces el camino parecía un puto cuento de pequeños gnomos que viven en el bosque y tocan folk. Al final del camino había una valla, hecha con cuatro palos, más improvisada que guardiana de ninguna propiedad. Al pasar la valla había un claro, sólo hierba fresca y resbaladiza. En mitad del claro había un pozo. El pozo tenía un brocal y todo lo que hace de un pozo un pozo digno de llamarse pozo. El pozo no tenía cubo. El pozo tenía fin. El fin estaba lleno de agua. En el fondo del pozo brillaban cuatro o cinco monedas, parecían de oro pero no lo eran, eran euros. Las monedas tenían grabada la cara de un Rey. Aquel Rey ahora vivía en Londres con su amante. Aquellas monedas se le cayeron a una chica que se asomó demasiado al pozo para ver si tenía fin porque un amigo le había contado una historia sobre un pozo en cuyo fondo había unas monedas doradas. El pozo tenía fin y las monedas que se escaparon de su bolso acabaron en él. Aquella chica tuvo que desandar el camino para volver a su casa. Cruzó el claro, la valla, los muros de las fincas de las vacas, evitó los charcos, pisó la hierba y los caminos paralelos.Llegó a la carretera, siguió caminando por el borde del camino y llegó a una parada de autobús. Se sentó en la marquesina de hormigón. Se fijó en que se le habían mojado las perneras del pantalón. Sacó un libro (Las versiones en este punto son contradictorias, unos dicen que leía a Cortazar, que llevaba una trenza roja, y que siempre tuvo una belleza natural pero modesta. Otros dicen que tenía el pelo negro, un flequillo recto que le cubría la frente y los ojos verdes diosa, que había rechazado siempre tener que ser atractiva para los hombres  y que buscaba en los libros respuestas y que por eso se había aventurado a leerse todos y cada uno de los libros de Camus. Ahora su paginador (de los que se compran) rondaba la mitad de “La Peste”)  Lo leyó durante un rato. Apareció un autobús. Un autobús viejo, como de los 80, y que iba dejando una rastro de humo por allí por donde pasaba. Levantó la mano para que parase. El autobús se detuvo y abrió las puertas. El autobús iba vacío, el conductor le pidió 5 monedas como las que estaban al final de camino, pasando la valla, el claro, la hierba fresca y resbaladiza, el brocal y brillaban en el fondo del pozo que sí tenía fin. Ella discutió con el conductor “No me deje aquí tirada”, “No hay nadie más en el autobús”, “Se lo pagaré”. El conductor, recio y reacio, reacio y recio, no cedió “Es política de empresa”. Bajó los tres escalones del autobús viejo, como de los 80. Una nube de humo negro la cubrió. Pensó en ir al final del camino, intentar rescatar las monedas doradas que estaban en el fondo del pozo pero rechazó la idea por inconsistente. El conductor siguió conduciendo su viejo autobús. A veces se preguntaba porqué la empresa le llevaba dando durante 10 años la misma ruta con el mismo autobús viejo humeante. Ese día se preguntó si tendría que haber dejado subir a aquella chica. Se fijó que llevaba un libro en la mano, no sabía muy bien si era de Cortazar o de Camus, no lo pudo distinguir bien. Recordó que él solía leer mucho antes de ser conductor de autobús. Dio una curva cerrada a la derecha y luego otra a la izquierda. Recordó lo que solía leer, recordó un cuento sobre un camino en cuyo final había un pozo en cuyo interior había cinco monedas doradas que se le habían escapado del bolso a una chica. Pero de pronto un gran accidente entre dos coches en el camino, una tremenda carnicería y órganos amputados en medio del pavimento entre cristales y metal doblado. El conductor del autobús viejo dejó de pensar en aquel cuento que una vez leyó porque ya se conocía el final. La chica.

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Entre el amor y la sombra
me debato: último yo.

Prendido de un débil sí,
sobre el abismo de un no,
me debato: último
amor.

Tira de mis pies la sombra.
Sangran mis manos, mis dos
manos asidas al frío
aire: último dolor.

Éste es mi cuerpo de ayer
sobreviviendo de hoy.

 

 

Ángel González

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Puertas y ventanas

¿Qué son las cosas buenas
que me esperan?
¿Y valdrá la pena?

¿Qué quedará cuando
todo pase,
cuando todo acabe?

¿Quién vendrá en mi ayuda?
¿Con qué cara
y con qué ojos?

Dime
Dame una respuesta.
Porque no aguanto los días
Y tengo miedo
que me pesen los años.

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Willie, la ballena varada.

A pesar de su nombre, Willie, no tenia ningún parentesco con aquella orca liberada de la peli, ni siquiera pertenecía a la misma especie. Willie, también conocido por parientes y familiares como Guillermo, era una gran ballena azul. La más grande de los siete mares. Y quieras que no eso le hacia sentirse importante.

Sea como fuere, una mañana con cielo gris y oleaje suavecito, o lo que la chica del tiempo y hombres de mar conocen como marejadilla, Willie acabó a decenas de metros del océano, en arena fina fina y húmeda de una solitaria playa cantábrica. “¡Hostia puta! ¿Y ahora qué hago?” Pensó Willie.

Pasaron un par de horas cuando Antxón, la gaviota común, se posó sobre Willie y empezó a picotearle.

– ¡Oye tú! El de ahí arriba, ¿Qué demonios haces?
– Hostia, perdona. Creía que eras una roca y que las escamitas eran percebes.
– Qué coño percebes, que me estabas arrancando la piel a tiras.
– Perdona hombre, tampoco es para ponerse así.
– Perdóname tú, estoy un poco irascible.
– ¿Qué te ha pasado, amigo? ¿Cómo has acabado aquí?
– No sé, supongo que me dejé llevar. Tantos años navegando por los océanos, invulnerable… Digamos que me relaje en exceso.
– Ya veo, pusiste el piloto automático…
– Supongo que estaba cómodo en mi condición de puto amo de los océanos. Uno nunca piensa que le puedan pasar estas cosas…
– Para eso se inventaron las compañías aseguradoras. Esos chupasangres parasitarios. ¿Y ahora qué vas hacer?
– No lo sé, ¿Cuáles crees que son mis opciones?
– … No sabría qué decirte. No quisiera mostrarme pesimista respecto a tus posibilidades de salir de ésta y que eso pudiera causarte algún agravio o lo vieses muy negro. ¿Crees que alguna de tus opciones pasa por seguir en tu condición de ballena dentro del agua?
– Chico, ¿Cómo te llamabas?
– Antxón
– ¿Y qué eras?
– Una gaviota común.
– Antxón…
– Dime
– ¿ Qué coño sabrá una puta gaviota de problemas de ballenas?

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Por si estalla la revolución

Por si estalla la revolución y nos pilla a contrapié, contraídos, temerosos de viento de cambio valiente, cambia el paso, transfórmate conmigo.
Por si estalla la revolución y las bombas caen, lía uno de esos cigarrillos y déjame robartelo de los dedos, de tus uñas pintadas, darle un par de caladas y devolvertelo ya un poco cansada de que lo pida más por molestar que por fumar.
Por si estalla la revolución y silban las balas, salúdame por la ventana tapada con una toalla, comparte tus mañanas, pídeme una notita, dejame acompañarte en tus quehaceres, búscate una excusa, háblame de cualquier cosa, haz un gesto tímido de cariño.
Por si estalla la revolución y decretan el toque de queda, pon algo en la tele, uno de esos programas que nos hacen reir de lo absurdo, digamos a la vez el mismo comentario jocoso y cuando se termine pongámonos a recordar cosas bonitas de cuando empezamos, las primeras conversaciones.
Por si estalla la revolución y arden las calles, relátame las noticias cuando llegue del trabajo. Háblame de los coches oficiales, de ladrones de guante blanco, de sus esbirros. Háblame también de quienes no lo aceptan, de los que exigen su trocito del pastel, de los que solo quieren diignididad.
Por si estalla la revolución y nos atenaza el miedo, a ti o a mí, o a cualquiera de los dos, quédate conmigo, rebélate.

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Así yo canto para recordar que sigues a mi lado
que aun sueñas despierta porque así vencemos el cansancio

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Mi largo camino y los gestos desesperados.

Mi largo camino y los gestos desesperados empezaron en el mismo lugar y en el mismo instante que los gestos y senderos de todos. Puede que no fuese la misma fecha ni la misma estancia, puede incluso que a algunos “el camino” les pillase de camino, y es un camino bien llenito de baches: el primer bache empieza cuando dos manos con sus dos respectivos guantes de látex te ponen patas arriba y te dan una buena cachetada en las nalgas. Ese fue mi primer gesto desesperado, empezar a respirar y a llorar como un inepto y ni un poquito de equilibrio emocional. Yo no lo recuerdo, lo sé porque testigos presenciales me lo han contado.

Y se fueron sucediendo, y no se diferenciaron mucho de los gestos desesperados de los demás, tampoco los recuerdo todos, pero serán los clásicos, el greatest hits de los gestos desesperados; pataletas en el patio de recreo, el balón es mío y juega quien yo quiera y sino me voy a casa, tirar del pelo a aquella niña-coleta-crin-de-caballo que te gustaba, asustarte con las primeras emociones, las primeras canciones mirando por la ventana y pensando en ella, los besos que saludan, también los que dicen adiós, las borracheras, los cafés que esperan respuestas, los mensajes de texto en la madrugada, las tertulias para cambiar el mundo y nunca para cambiar a los hombres, muchos “aun te quiero, por si vienes”, pasar frío en algún portal, odiar por no poder amar, algún viaje para olvidar lo que dejas atrás, Lorena, Celia, Paloma, Alicia.

En definitiva todos aquellos que tienen cierto retintín de culebrón y que al final se aglutinan, ladrillo a ladrillo, hasta hacer de tu vida y tu existencia una desesperación en conjunto: tu largo camino. Lleno de miedos, incertidumbres y angustias, inquietudes y alegrías.

Y creo que tú eres el primer gesto no desesperado de relevancia de mi largo camino. Porque te encontré con naturalidad, porque llegaste con naturalidad, porque empezamos a querernos con naturalidad, porque soy feliz mirando tus fotos mal enfocadas de pequeña. Y porque cuando me dices “vámonos a casa, estoy cansada pero contenta” y subimos en un taxi y respiro tu tranquilidad y tú la mía, no siento que esté saltando hacia ningún vacío. Porque la vida es esto, tu mano sobre mi mano sobre un asiento de trasero de cuero.

Así que espero que los días se sucedan, y el camino será largo y desordenado, que lloremos, riamos, fumemos y follemos juntos. Que los gestos solo sean libres, ínfimos, íntimos, diminutos, hacer que tu camino sea lo más leve posible. Y que pueda cuidar este amor cada día para que nunca, nunca, nunca amor mío, tenga que hacer un gesto desesperado para que no me olvides, para que te quedes conmigo. Un gesto desesperado como por ejemplo escribir esta carta con tu nombre en el dorso.

..
Y tú pensabas que no era real…
http://youtu.be/SOrJS2lJmW0

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Catarsis

Me dices, escríbeme ¡Maximus! ¡Maximus! ¡Maximus! Y yo te digo, no puedo, pero lo haré, pero ojalá no lo pueda hacer jamás, ni bajo la luna más grande, ni la lluvia más espesa ni bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular. Nada de mierditas. Porque escribirte, pintarte o soñarte solo son el sucedáneo de vivirte. Un caviar de goma.
Y tú me dices, pero ¡Maximus! ¡Maximus! ¡Maximus! A todas esas chicas que conociste antes le escribiste cosas bonitas, disparates de amor, historias de desgarros. Y yo contesto, amor, tróspida mía, de esas chicas tenía más que inventar que sentir, más de sueño que de realidad.
Pero entonces, ¡Maximus! ¡Maximus! ¡Maximus!, ¿Nunca vas a escribir sobre mí? Quiero sentirme especial para ti, quiero ser tu musa, tu venerada desconocida, que todo lo que hagas lo hagas por mí, y sino es por mí que en el fondo de todo te empape mi recuerdo, que yo sea el mecanismo invisible, la materia oscura de tus delirios. Pero, Catarsis querida, mirada azul, nada más especial, sincero y destacado que guardar toda mi vida contigo para mí y para nadie, nadie, nadie más: ¡Catarsis! ¡Catarsis! ¡Catarsis!

No me digas que te escriba porque se me agita el telesketch
¡Catarsis! ¡Catarsis! ¡Catarsis!

+ Bonus
Sólo canto si tú me demuestras que es verde la luz de tus ojos de gata.

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Ventanas y demás.

En 1998 yo tenía 13 años y por entonces ya empezaba a entender que el mundo no se reducía a mi pequeño espacio. A pesar de la importancia que le da el psicoanálisis y otras disciplinas a la infancia es difícil recordar más que una idea general de lo que fue y algunos recuerdos puntuales. Uno de esos recuerdos fue el día que mi padre me llevo a los cines Brooklin para ver “Salvar al soldado Ryan”. Por entonces aun quedaba algún cine en el centro de Oviedo, todavía no se había implantado la moda de trasladarlos todos a los centros comerciales de la periferia. La película me gustó, y me sigue gustando, aunque tiene hay partes prescindibles, especialmente la primera secuencia del desembarco. Demasiada sangre y vísceras, que no hace más que recrearse en una crudeza innecesaria. Además de tener claros fallos de montaje, como que por ejemplo que desde las ametralladoras encaramadas en el muro Atlántico la visión de la playa sea que ésta se encuentra casi vacía y desde las tomas a ras de playa haya una multitud de soldados muertos y medio muertos que a duras penas permiten avanzar a los que intentan sobrevivir a la primera oleada.

También me gustó la escena del pueblo de Ste Mere Eglise. La lluvia puede hacer que las cosas sean muy trascendentes. ¿Has probado a salir a la calle mientras llueve, desprovista de paraguas y sin nada en lo que refugiarte? La lluvia puede convertir instantes en experiencias intensamente perturbadoras o hermosas. Consigue que tomemos conciencia de lo permanentemente sobreprotegidos que vivimos de la inmensidad y la fuerza del mundo y la naturaleza. Porque vivimos en una constante búsqueda del refugio, es algo atávico e inevitable. Además de ésto es maravillosa. La lluvia que más me gusta es la de las tormentas de verano, es templada y refrescante, y pilla a los seres humanos desprovistos. Es maravilloso el pelo mojado y enredado de las chicas bonitas caladas hasta los huesos.

Cuando salimos del cine, creo que tanto mi padre y yo estábamos emocionados. No sé si lloró, seguro que amargamente no. Puede que alguna lágrima cayese por sus mejillas o se le empañasen los ojos, pero nada más. No recuerdo haber visto llorar a mi padre jamás. Pero sé que hay historias que le conmueven, y la escena final es lo mejor de la película. Además mi padre siempre ha tenido mucho interés en las historias de la guerra, especialmente de la civil, porque partimos del hecho que venimos de una familia donde la barbarie de la guerra se vivió muy de cerca.

Aquel día llovía y nos mojamos de camino al coche. Recuerdo que mientras esperaba a que mi padre abriese el coche, sujetando la cerradura de la puerta, vi a una mujer mirando por la ventana del primer piso que me quedaba justo enfrente. Era madura ( sobre todo para mí entonces), de unos 35 años, y era excepcionalmente hermosa. Casi podía intuir sus ojos brillantes y dorados. Nos miramos directamente unos pocos segundos, quizá 5, no más. Cuando por fin pude entrar en el coche empecé a imaginar porqué aquella mujer me había mirado de aquella forma apoyada en el marco de su ventana, con tanta firmeza y desesperanza. Me inquietó profundamente. Fue un instante que me quedó grabado hasta el día de hoy, cosa que todavía me hace preguntarme porqué extraño mecanismo nuestro cerebro permite que olvidemos momentos importantes y que hace que otros iluminen lo oculto entre tanta oscuridad de instantes anónimos, instranscendentes o comunes.

Hoy, en 2012 tengo 27 años. Y sigo más o menos igual que cuando tenía 13 años. Más o menos los mismos problemas, o digamos más bien las mismas circunstancias que condicionan mi vida. Entre ellas la incomprensión general sobre mi ser en conjunto, personalidad o manera de pensar por parte de la gente. Otra de ellas el insomnio. Claro que con 13 años no era tan agudo, porque esta noche me he pasado la noche en vela, tumbado en la cama intentado leer “La quimera del oro” de Jack London, pero no me interesa. Así que he empezado a mirar hacia la ventana, no lo que hay detrás, el marco, el cristal, la cortina. Sé lo que hay detrás, no hay nada, vivo en un cartón de leche de paredes blancas, y al fondo solo hay un patio interior. Entonces he empezado a pensar en la necesidad de las ventanas. Primero en las físicas y después en las metafóricas. ¿Quién fue el primero que dejó un vacío en un muro y con qué motivo? ¿Necesidad de ver o de ser vistos? ¿Sirven para escapar o para entrar? No es que yo defienda el verdulerismo pero supongo que esas señoras con rulos que se cruzan el batín al abrir la puerta a los testigos de Jehová están en su derecho de mirar tanto como quieran por las ventanas. Porque eso les permite no solo escapar de su propia existencia o reflejarla en los demás, sino crear nuevas formas de existencia. Se imaginan cómo sería sus vidas en otras circunstancias, en el cuerpo de la chica de pelo rojizo que pisa con fuerza, o acostándose con el repartidor de Seur. Mirar ayuda a ser.

Ese mismo año 1998 se estrenó otra película bélica que fue eclipsada por la de Spielberg, y por la industria palomitera de Hollywood, a pesar de que es en términos generales es mejor película. Se trata de “La delgada linea roja” de Terrence Malick. Un claro alegato antibelico tratado con exquisitez y casi diría ternura, que no necesita expositores de carnicería para mostrar la ofensa que la guerra hace en las mentes y los corazones de los hombres. Una reflexión profunda de la vida y la muerte y sus envoltorios, el amor, la naturaleza, la hermandad…

Es un tipo pelicular Malick. Un tipo que ha hecho 5 películas en 50 años. Un director único que vuelca toda su existencia en cada una de las escenas de sus films: La presentación de los contrastes del mundo. Los planos cortos de la vista. Los espacios abiertos. La importancia de las luces y las sombras. La clarividencia, la ceguera. Pesadumbre, ligereza, suavidad y desgarro.

En una escena de la película Sean Pean, sargento primero de la compañía, se dirige a los inmensos ojos azul sediento de Jim Caviezel, un personaje disidente del arquetipo de soldado, ajeno a las tensiones de los hombres, que prefiere disfrutar de las esencias, de lo bello y de los sueños. Un personaje al que te imaginarías con la mirada perdida mirando al mar. Mirando desde una ventana, desde cualquier ventana. El sargento le dice, irritado y escéptico:

– No hay más mundos, solo éste.
– Sé equivoca, yo he visto otro mundo. Aunque a veces creo que solo lo imaginé.

Entonces empecé a pensar en aquella mujer de los ojos brillantes que me miraba fijamente. ¿Qué mundos se reflejaban en sus ojos claros?¿Dónde se veía?¿A qué precipicio quería saltar? También pensé en Iñaki Ochoa de Olza, en Terrence Malick, en Jack London, en Christopher Mccandles y en todas esas personas que pudieron imaginar otros mundos desde sus ventanas.

No sé… quizá debería de mirar más por la ventana.

O en más ventanas.

O alguien debería mirar a través de mi ventana.

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En tiempos de ignominia

En tiempos de ignominia como ahora
a escala planetaria, y cuando la crueldad
se extiende por doquier fría y robotizada,
aun queda buena gente en este mundo
que escucha una canción o lee un poema:
es el canto la voz y la palabra: única patria
que no pueden robarnos ni aun poniéndonos
de espaldas contra el muro.
Que nadie piense nunca:
no puedo más y aquí me quedo. Mejor mirarles
a la cara y decir alto: tirad hijos de perra,
somos millones y el planeta no es vuestro.

José Agustín Goytisolo

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Creo que no te quiero,
que solamente quiero la imposibilidad
tan obvia de quererte
como la mano izquierda
enamorada de ese guante
que vive en la derecha.

Julio Cortazar.

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