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Mi largo camino y los gestos desesperados.

Mi largo camino y los gestos desesperados empezaron en el mismo lugar y en el mismo instante que los gestos y senderos de todos. Puede que no fuese la misma fecha ni la misma estancia, puede incluso que a algunos “el camino” les pillase de camino, y es un camino bien llenito de baches: el primer bache empieza cuando dos manos con sus dos respectivos guantes de látex te ponen patas arriba y te dan una buena cachetada en las nalgas. Ese fue mi primer gesto desesperado, empezar a respirar y a llorar como un inepto y ni un poquito de equilibrio emocional. Yo no lo recuerdo, lo sé porque testigos presenciales me lo han contado.

Y se fueron sucediendo, y no se diferenciaron mucho de los gestos desesperados de los demás, tampoco los recuerdo todos, pero serán los clásicos, el greatest hits de los gestos desesperados; pataletas en el patio de recreo, el balón es mío y juega quien yo quiera y sino me voy a casa, tirar del pelo a aquella niña-coleta-crin-de-caballo que te gustaba, asustarte con las primeras emociones, las primeras canciones mirando por la ventana y pensando en ella, los besos que saludan, también los que dicen adiós, las borracheras, los cafés que esperan respuestas, los mensajes de texto en la madrugada, las tertulias para cambiar el mundo y nunca para cambiar a los hombres, muchos “aun te quiero, por si vienes”, pasar frío en algún portal, odiar por no poder amar, algún viaje para olvidar lo que dejas atrás, Lorena, Celia, Paloma, Alicia.

En definitiva todos aquellos que tienen cierto retintín de culebrón y que al final se aglutinan, ladrillo a ladrillo, hasta hacer de tu vida y tu existencia una desesperación en conjunto: tu largo camino. Lleno de miedos, incertidumbres y angustias, inquietudes y alegrías.

Y creo que tú eres el primer gesto no desesperado de relevancia de mi largo camino. Porque te encontré con naturalidad, porque llegaste con naturalidad, porque empezamos a querernos con naturalidad, porque soy feliz mirando tus fotos mal enfocadas de pequeña. Y porque cuando me dices “vámonos a casa, estoy cansada pero contenta” y subimos en un taxi y respiro tu tranquilidad y tú la mía, no siento que esté saltando hacia ningún vacío. Porque la vida es esto, tu mano sobre mi mano sobre un asiento de trasero de cuero.

Así que espero que los días se sucedan, y el camino será largo y desordenado, que lloremos, riamos, fumemos y follemos juntos. Que los gestos solo sean libres, ínfimos, íntimos, diminutos, hacer que tu camino sea lo más leve posible. Y que pueda cuidar este amor cada día para que nunca, nunca, nunca amor mío, tenga que hacer un gesto desesperado para que no me olvides, para que te quedes conmigo. Un gesto desesperado como por ejemplo escribir esta carta con tu nombre en el dorso.

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Y tú pensabas que no era real…
http://youtu.be/SOrJS2lJmW0

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Ventanas y demás.

En 1998 yo tenía 13 años y por entonces ya empezaba a entender que el mundo no se reducía a mi pequeño espacio. A pesar de la importancia que le da el psicoanálisis y otras disciplinas a la infancia es difícil recordar más que una idea general de lo que fue y algunos recuerdos puntuales. Uno de esos recuerdos fue el día que mi padre me llevo a los cines Brooklin para ver “Salvar al soldado Ryan”. Por entonces aun quedaba algún cine en el centro de Oviedo, todavía no se había implantado la moda de trasladarlos todos a los centros comerciales de la periferia. La película me gustó, y me sigue gustando, aunque tiene hay partes prescindibles, especialmente la primera secuencia del desembarco. Demasiada sangre y vísceras, que no hace más que recrearse en una crudeza innecesaria. Además de tener claros fallos de montaje, como que por ejemplo que desde las ametralladoras encaramadas en el muro Atlántico la visión de la playa sea que ésta se encuentra casi vacía y desde las tomas a ras de playa haya una multitud de soldados muertos y medio muertos que a duras penas permiten avanzar a los que intentan sobrevivir a la primera oleada.

También me gustó la escena del pueblo de Ste Mere Eglise. La lluvia puede hacer que las cosas sean muy trascendentes. ¿Has probado a salir a la calle mientras llueve, desprovista de paraguas y sin nada en lo que refugiarte? La lluvia puede convertir instantes en experiencias intensamente perturbadoras o hermosas. Consigue que tomemos conciencia de lo permanentemente sobreprotegidos que vivimos de la inmensidad y la fuerza del mundo y la naturaleza. Porque vivimos en una constante búsqueda del refugio, es algo atávico e inevitable. Además de ésto es maravillosa. La lluvia que más me gusta es la de las tormentas de verano, es templada y refrescante, y pilla a los seres humanos desprovistos. Es maravilloso el pelo mojado y enredado de las chicas bonitas caladas hasta los huesos.

Cuando salimos del cine, creo que tanto mi padre y yo estábamos emocionados. No sé si lloró, seguro que amargamente no. Puede que alguna lágrima cayese por sus mejillas o se le empañasen los ojos, pero nada más. No recuerdo haber visto llorar a mi padre jamás. Pero sé que hay historias que le conmueven, y la escena final es lo mejor de la película. Además mi padre siempre ha tenido mucho interés en las historias de la guerra, especialmente de la civil, porque partimos del hecho que venimos de una familia donde la barbarie de la guerra se vivió muy de cerca.

Aquel día llovía y nos mojamos de camino al coche. Recuerdo que mientras esperaba a que mi padre abriese el coche, sujetando la cerradura de la puerta, vi a una mujer mirando por la ventana del primer piso que me quedaba justo enfrente. Era madura ( sobre todo para mí entonces), de unos 35 años, y era excepcionalmente hermosa. Casi podía intuir sus ojos brillantes y dorados. Nos miramos directamente unos pocos segundos, quizá 5, no más. Cuando por fin pude entrar en el coche empecé a imaginar porqué aquella mujer me había mirado de aquella forma apoyada en el marco de su ventana, con tanta firmeza y desesperanza. Me inquietó profundamente. Fue un instante que me quedó grabado hasta el día de hoy, cosa que todavía me hace preguntarme porqué extraño mecanismo nuestro cerebro permite que olvidemos momentos importantes y que hace que otros iluminen lo oculto entre tanta oscuridad de instantes anónimos, instranscendentes o comunes.

Hoy, en 2012 tengo 27 años. Y sigo más o menos igual que cuando tenía 13 años. Más o menos los mismos problemas, o digamos más bien las mismas circunstancias que condicionan mi vida. Entre ellas la incomprensión general sobre mi ser en conjunto, personalidad o manera de pensar por parte de la gente. Otra de ellas el insomnio. Claro que con 13 años no era tan agudo, porque esta noche me he pasado la noche en vela, tumbado en la cama intentado leer “La quimera del oro” de Jack London, pero no me interesa. Así que he empezado a mirar hacia la ventana, no lo que hay detrás, el marco, el cristal, la cortina. Sé lo que hay detrás, no hay nada, vivo en un cartón de leche de paredes blancas, y al fondo solo hay un patio interior. Entonces he empezado a pensar en la necesidad de las ventanas. Primero en las físicas y después en las metafóricas. ¿Quién fue el primero que dejó un vacío en un muro y con qué motivo? ¿Necesidad de ver o de ser vistos? ¿Sirven para escapar o para entrar? No es que yo defienda el verdulerismo pero supongo que esas señoras con rulos que se cruzan el batín al abrir la puerta a los testigos de Jehová están en su derecho de mirar tanto como quieran por las ventanas. Porque eso les permite no solo escapar de su propia existencia o reflejarla en los demás, sino crear nuevas formas de existencia. Se imaginan cómo sería sus vidas en otras circunstancias, en el cuerpo de la chica de pelo rojizo que pisa con fuerza, o acostándose con el repartidor de Seur. Mirar ayuda a ser.

Ese mismo año 1998 se estrenó otra película bélica que fue eclipsada por la de Spielberg, y por la industria palomitera de Hollywood, a pesar de que es en términos generales es mejor película. Se trata de “La delgada linea roja” de Terrence Malick. Un claro alegato antibelico tratado con exquisitez y casi diría ternura, que no necesita expositores de carnicería para mostrar la ofensa que la guerra hace en las mentes y los corazones de los hombres. Una reflexión profunda de la vida y la muerte y sus envoltorios, el amor, la naturaleza, la hermandad…

Es un tipo pelicular Malick. Un tipo que ha hecho 5 películas en 50 años. Un director único que vuelca toda su existencia en cada una de las escenas de sus films: La presentación de los contrastes del mundo. Los planos cortos de la vista. Los espacios abiertos. La importancia de las luces y las sombras. La clarividencia, la ceguera. Pesadumbre, ligereza, suavidad y desgarro.

En una escena de la película Sean Pean, sargento primero de la compañía, se dirige a los inmensos ojos azul sediento de Jim Caviezel, un personaje disidente del arquetipo de soldado, ajeno a las tensiones de los hombres, que prefiere disfrutar de las esencias, de lo bello y de los sueños. Un personaje al que te imaginarías con la mirada perdida mirando al mar. Mirando desde una ventana, desde cualquier ventana. El sargento le dice, irritado y escéptico:

– No hay más mundos, solo éste.
– Sé equivoca, yo he visto otro mundo. Aunque a veces creo que solo lo imaginé.

Entonces empecé a pensar en aquella mujer de los ojos brillantes que me miraba fijamente. ¿Qué mundos se reflejaban en sus ojos claros?¿Dónde se veía?¿A qué precipicio quería saltar? También pensé en Iñaki Ochoa de Olza, en Terrence Malick, en Jack London, en Christopher Mccandles y en todas esas personas que pudieron imaginar otros mundos desde sus ventanas.

No sé… quizá debería de mirar más por la ventana.

O en más ventanas.

O alguien debería mirar a través de mi ventana.

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El patriota

“Yo no lo haría ni harto de cazalla, pero me parece bien que cada cual actúe como le plazca. Hablo de quienes visitan otros países, otras culturas u otras montañas y lo primero que hacen nada más aterrizar o llegar adonde sea, tanto mejor si es la cima, es sacar la bandera. Debiera decir quizás LA BANDERA, porque siempre es el trapo en cuestión uno digno de mayúsculas, alabanzas y lugares destacados. Y me refiero, que conste, a todas las banderas de todas las patrias. Y también a las diferentes religiones, o incluso hasta equipos de fútbol. Yo, por mi parte, la próxima vez que suba un ochomil, si llega a suceder, voy a sacar un póster de Elle McPherson, lo único que amo de verdad. El póster, digo. He sido educado, por mi gente y por mis viajes, en la tolerancia de verdad, que es esa que te hace intentar comprender al que es diferente sin pensar que eres mejor que él, sin creer que ese otro está equivocado, ni mucho menos intentar cambiarle o reducirle a pensar como tú. Así que, cuando me cruzo en mi camino con uno de estos banderófilos recalcitrantes no puedo sino sonreír, entre divertido y curioso, ante la biodiversidad que me rodea.
Tenía yo un amigo bastante joven, que ya no es mi amigo, que se pasó algunas expediciones contándome hasta la saciedad que su país, que yo conozco bien, era y es una tierra ocupada por un ejército extranjero. Bueno, suele pasar, pensaba yo. Las flores huelen, los pájaros vuelan y los ejércitos invaden. Aparte de no ir a la mili, qué le vamos a hacer. Su pasaporte, me decía, era exactamente del país que él más odiaba. Si yo me ponía una camiseta o unas zapatillas del color de la bandera del país aborrecido mi ex amigo me lo recordaba agriamente. Tampoco entendía yo muy bien el porqué del odio de mi ex amigo hacia ese país, ya que sus padres procedían exactamente de allí, del sur más concretamente. Pero bueno, cosas más raras se han visto.
El caso es que un buen día, en una expedición en la que estábamos unos cuantos, incluido el antiguo colega, oí un tumulto en la tienda comedor. El problema que originó la bronca era que este patriota se había traído desde casa una bandera del país enemigo con la sana intención, según él, de quemarla al llegar a la cumbre de la montaña que intentábamos, a más de 8.000 metros. Creo que, además de patriota, o bien no era el más listo o no había ido a clase el día que explicaron lo del oxígeno y la combustión. Al final le convencieron de que desistiera en su intento, explicándole que había muchos escaladores del país enemigo por allí, que mejor dejar los trapos de los demás en paz… y cosas de ese estilo. El asunto se quedó, como suele suceder con las revoluciones, en agua de borrajas. Tiene que ser cansado, además, lo de pasarse el día odiando.
Por todo ello, yo no pude más que descojonarme, permítaseme la expresión, cuando apenas seis meses después vi su foto en uno de los periódicos principales del país en cuestión. El patriota se iba de expedición, un par de kilos por delante, a un monte bastante grande acompañando a un grupo de élite del Ejército del país ocupador, trabajando como cámara para la televisión pública del mismo Estado. No digo yo que hiciera mal. Yo mismo, cualquier día de estos abandono en la cuneta mis convicciones y el póster de Elle y cuelgo en mi cocina uno de Scarlett Johansson. Y sin que me paguen.”

Columna escrita por el desaparecido alpinista Iñaki Ochoa de Olza. Una persona a la que admiro tras leerme su autobiografía “Bajo los cielos de Asia” y que estoy seguro que de haberle conocido me hubiese caído de puta madre, sobre todo por su manera de pensar tan parecida a la mía.

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Sabina y yo.

Lo cierto es que no suelo escuchar a Sabina demasiado, ni he escuchado todas las canciones que tiene y ni siquiera tengo un cariño especial a un disco en concreto. Tampoco puedo decir que sea mi artista favorito, y mucho menos mi persona favorita. No me cae especialmente bien. Además es del atleti, el equipo de fútbol con la afición más esquizofrenica de Europa. Y ahí ya combina tres cosas que no me gusta; es persona, le gusta el fútbol y pertenece a una multitud de fanáticos enrarecidos.

Pero hay algo que se mueve en mi, que me conmueve, cuando escucho a Sabina. Primero, me recuerda a la infancia; a mi padre le gustaba y era un habitual entre las cintas que guardaba en el R5, que luego fue el Wolksvagen Polo, que luego fue el Renault Clio que yo muchos años después heredaria, ya sin cintas en su interior. La del pirata cojo… Y también a mi vecina Lucia, que ya era una teenager cuando yo aun era un enano de jardín. Porque sí amigos míos, Sabina a principios de los 90 era algo así como un sex simbol. Como lo oís.

Y el segundo punto, es que cuando le escucho tengo una sensación como de estar escucharlo algo transcendente, con significación propia, como si Sabina fuese la música que voy a escuchar en los momentos importantes de mi vida. Y esto lo relaciono con el primer punto puesto que tendemos a magnificar la infancia como una etapa de especial transcendencia, que lo es.

Me gustaría que en las noches tristes él estuviera allí, pero también en los viajes en coche cuando forme una familia. Que en las despedidas Sabina me explique porqué, y que cuando te haga el amor, o cuando no encontremos más que desesperanza suenen sus guitarras. Y por supuesto enseñarle sus canciones al hijo que quizá no tenga, y que él, con toda libertad las repudie y prefiera escuchar la música de moda de mierda del momento, pero que cuando cumpla los veinte lo descubra y se acuerde de mí. Como una buena persona, que intentó enseñarle cosas, que intentó explicarle un poquito de qué va eso de la vida.

Esa es la cualidad que tiene Joaquín Sabina, o la que mi mente tan necesitada de respuestas quiere darle; como si de alguna manera sus canciones pudiesen resolver toda la incertidumbre y el vacío existencial. Sabina es lo más parecido a la fe que he encontrado nunca.

Luego también estás tú, pero eso no sé si es fe o simple paranoia del devoto.

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* La puse hace poco pero bueno…

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Tráeme la luz

El tema que hoy voy a tratar es un tema delicado. Es muy difícil abordarlo sin entrar en la autocompasión, auto condescendencia o simplemente la tristeza. Pero la mayoría de las soledades tiene ese pequeño rastro de tristeza. Es inevitable. Uno no se siente solo por no estar acompañado. La soledad no la componen un espacio y un determinado número de personas. Un ente indivisible no está solo por naturaleza. Uno solo, puede estar completamente aislado pero no sentirse solo. La soledad es más bien una persona en ausencia de otra. El ausente puede formar parte de su pasado, de su presente o de su futuro. Puede que ni siquiera esas dos personas se conozcan. Pero se necesitan, o por lo menos unilateralmente por parte del primer sujeto. En mi caso es la nostalgia del pasado, el dolor del presente y el miedo del futuro el que me agarra a un vacío. Es una cueva subcutánea. No está en mi mente, no me hiere mientras camino. No es la música ni los rostros la que me conducen a ella. No se mueve, no articula palabra, no es el acento de nadie, no grita desesperada. Es más bien un instante de cualquier minuto del día, un momento, un recuerdo o un presentimiento. Es una cueva oscura de tu ausencia. El temor a quedarte encerrado en ella sin ver ninguna señal o luz que conduzcan a la salida, y así poder desgarrar la carne, despertar de la muerte, enloquecer como niños, dormir con sueño, soñar como inocentes.

La oscuridad no quiere que veas más paisajes de postal, no quiere sentir cosas preciosas, no quiere ir tan lejos como pueda porque ella te necesita en ese instante. La luz, en cambio, quiere quitarte las gafas oscuras, dejar que caigan lágrimas por tus mejillas, dejar un surco en tu piel, llegar hasta tu boca y paladear el sabor salado de la arena. Es el sabor que nos indica que estamos vivos. Que los días no pasan en vano, grises, opacos. La luz quiere sufrir, sentir dolor en su pecho, agotar toda esperanza, fumar hasta el último cigarrillo. La luz no quiere que nadie la atrape. Todo eso es mejor que tener los ojos cerrados o andar a tientas por una ceguera inducida. La luz quiere sentir.

Me siento solo sí. Me siento solo en ausencia de ti. Tráeme la luz. Hazme llorar. Acuérdate de vivir. Tráeme la luz.

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Eyjafjallajökull y otros nombres de volcanes.

Le lanzo un ojo a las portadas de los diarios y todos hablan de los trastornos ocasionados por un volcán islandés llamado Eyjafjallajökull, pa’ que lo pronuncie uno de Murcia. Islandia la entiendo como un país del que solo sabemos que es una isla, nada más obvio, hace frío, viven la actividad tectónica como aquí se viven los domingos paelleros con los suegros y que es un partido fácil si alguna vez nos toca a nuestra ilustre selección de futbol en alguna ronda clasificatoria de la Eurocopa o derivados. Entiendo que los Erasmus que viajan estos días de un lado a otro de Europa se sientan jodidos (¿Porqué todos los testimonios son de Erasmus? ¿Solo viajan ellos en estos días o qué? Estos universitarios siempre Livin’ la vida loca. Bueno, no tanto desde… pero ese es otro tema) Para los que no tenemos ni reservas en Praga o London y lo de viajar es una quimera estival y quedamos con nuestras rutinas pre y posvolcánicas todo el rollo vulcaniano nos suena un poco a chiste de “van un gallego, un americano y un islandés…”

Hoy en Oviedo hace un buen día, el sol brilla y calienta bastante para ser Abril; las señoras mayores, he preferido no poner viejas aunque sea la palabra que las delimita correctamente, se tuestan al sol buscando qué se yo qué, y la gente pasea a sus perros por el parque del Oeste como si tal cosa. He buscado en el cielo alguna nube de ceniza, más o menos a baja altura, 2000 metros decían los últimos datos, pero solo he encontrado nubes comunes. Hechas de sueños supongo, no de ceniza. La única ceniza que veo cerca es la del cigarrillo que estoy fumando, y no creo que sea tan densa como para averiar un rotor lateral, la junta de culata o un manguito, o lo que Dios quiera que lleven los Aviones. Si me hablan de ingeniería aeronáutica es como si me hablan de la obra de Proust. Entiendo que hablen mi mismo idioma pero no que estén en mi mismo mundo. Los técnicos e ingenieros siempre me han parecido figuras míticas; capaces de resolver cálculos imposibles o inventar las cosas más útiles; aunque luego piensen que una mujer consta de una amalgama de elementos perfectamente objetivables y reparables con llave inglesa si fuese preciso. Bueno, siguiendo con el tema de la tizna y el polvo combustionado, lo único en lo que podría afectarme la ceniza aparte del cáncer de pulmón, de laringe, el olor en los dedos o una mancha en mi pantalón es que mi madre me echase una buena bronca por seguir fumando teniendo asma desde pequeño.

En definitiva, lo que quiero decir es qué me importa a mi, hijo del tedio de la rutina capitalista productivista, que una nube de ceniza tape el sol y se produzca el invierno nuclear. O que los Mayas pronosticasen el fin del mundo en 2012. Lo más probable es que no me enterase hasta última hora, y con toda seguridad después de salir de trabajar, por joder. Estos fenómenos de la naturaleza tienen muy mala intención.

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El dichoso gatito de la cajita.

El gato de un científico austriaco me dijo muy relamido: “No sabrás qué pasa mientras no abras la caja; Si no la abres será un fracaso pero si la abres también podría serlo.” Lo que en el lenguaje popular vendría a ser “El no ya lo tienes.” Así que como a priori sino lo intentas todo está perdido, te dejas llevar y no piensas en lo que pueda pasar. Así que no tienes miedos; o al menos no piensas en ellos. Porque como no hay salida… ¡Jódete y baila!

Para el que no conozca la existencia de este gatito encajonado diré que es un experimento hipotético de un austriaco llamado Erwin Schrödinger que consiste en un gato común (Felis silvestris catus) dentro de una caja con un mecanismo en su interior que conforma un sistema gato-dispositivo – Wikipedia mediante – que podría acabar con la vida del gato, o no. Si no abres la caja no puedes saber si ha muerto, si la abres interviene el principio de incertidumbre por el cual el observador influye en lo observado. Total una comedura de tarro que en realidad solo entienden los Stephens Hawkings y los Sheldons Coopers. El resto de mortales nos conformamos con pensar que lo mejor para el gato es que siguiese vivo. Porque nos da penita y eso.

La interpretación que yo hago del gato de Schrödinger – que supongo que se llamaría Klaus, Wolfang, o Niki – es que es da un sentido a la vida de un determinismo sucio que un niñato lector de El Extranjero que piensa que la existencia humana es un teatro absurdo le resulta cuanto menos insultante y frustrante. Los factores azarosos en la vida determinan más de lo que deberían, y no debería ser así; porque yo no merezco que todas las horas de dedicación a mejorar mis dotes interpretativas delante de un espejo y besando una almohada, por intentar conquistarte con mis besos, para que toda mi vida dependa de factores casuales ajenos a mi voluntad. Así que ya está todo hecho, no puedes hacer otra cosa que joderte y bailar. Qué más da que un lector no le guste lo que escribas, que le causes repulsión a una chica, que los puentes me den yuyu, que pierda tu equipo todos los putos domingos o que Hiroshima no fuese el sueño de un loco. ¡Jódete y baila! O dicho de otra manera más optimista; ¿Para qué vas a ponerle puertas al mar? No sé si el dichoso gatito de la cajita está vivo o muerto. No sé qué puede pasar mañana, ni qué hubiese pasado si… Mañana tomaré mi té con leche en la misma cafetería, y compraré el periódico en el mismo kiosco, pero nunca volverá a repetirse ese momento. Ni ese, ni el otro. Nunca habrá dos momentos iguales. A pesar de todo esto me alegro que el azar nos haya encontrado. Me alegro de haber abierto la caja arriesgándome al fracaso. Y que sea el azar el que pone siempre en tus labios “¿Sabes qué? Te quiero.”

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Mi álbum de cromos

El domingo – un domingo cualquiera – me regalaron con el periódico un álbum de cromos del mundial de futbol que se celebrará este verano en Sudáfrica. El álbum era de la bien querida por los infantes marca Panini. E inmediatamente ese libro de papel no apto para epilépticos me trasladó muchos años atrás. El olor de la infancia; los cromos y los tazos, los balones de fútbol y los tanques de plastilina – con un lápiz por cañón-  con los que someteríamos al mundo – ahora es el mundo el que nos somete con sus tanques.–

Dicen que el olfato es el sentido que más memoria tiene y tiene la capacidad del teletransporte centesimal. De pequeño recuerdo con cariño la sensación de estar recubierto de barro, cómo nos revolcábamos sin pensar en lavadoras y cómo estábamos mucho más en contacto con la tierra. El suelo era nuestro reducto y era nuestro por necesidad. Escavanado con una paleta de plástico amarillo podíamos llegar a China – pero nadie lo conseguía. –  También recuerdo el perfume de mora de mi primera novia; el salitre y la arena de algunos veranos. Mi memoria olfativa me lleva a la tienda de música por la que muchas tardes pasaba con Amanda cuando iba a buscarla a la salida de la facultad. El polvo y el vinilo. También recuerdo el sucio aroma del sexo y el desgarro de la carne cuando moría entregada a mí. Y su pelo mojado… ¡ay! ¡Su pelo mojado! Pero el olor de los cromos, no hay nada como el olor de los cromos; esa mezcla entre plástico y pegamento te eleva a las nubes ¡¡Joder!!

Así que me encaminé bien decido hacia el kiosco dispuestísimo a volver a la infancia y encenderle una nueva vela a la esperanza indiferente de lo que pudiese pensar mis ex novias y Freud de mi; Que si estoy en la fase anal, que si tengo el síndrome de Peter pan, que si nunca crecerás… y demás despapuchos de gente gris. Si alguien me preguntaba tenía la excusa perfecta; son para mi sobrina. – Cuatro sobres por favor-  le dije a la señorita quiosquera – Son 2.40€ –  me espetó con la mano extendida. Y en ese momento todas las ilusiones de mi niño interior se vinieron abajo. Empecé a ver que el dinero que ahora me gasto en cubatas, de pequeño me lo gastaba en cromos. Haciendo cálculos la colección entera me saldría por unos 120€ teniendo en cuenta los repes que necesitaré para conseguir todos. ¡Ni siquiera me gusta el futbol! Y es que no se puede ser un niño desde la perspectiva de un adulto. La vida está muy cara para volver a soñar con “tonterías” y qué coño, prefiero gastarme los 100 euros en cubatas y jugar en el mundo de los adultos; donde todo es más sutil, perspicaz e hijo de puta al fin de al cabo, pero en el que se dicen las mismas mentiras que cuando éramos niños.

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Un conductor inglés

Si un Aston Martin, un Jaguar o un viejo Rover descapotable bien traído desde las islas recorre las carreteras de Zamora, Salamanca o las estrechas caleyas asturianas puede que los dos elementos; carretera y automóvil consigan hacerse valer para el fin que fueron construidos. Los tapacubos cromados rocen los mares de viento y trigo; y la capota descanse plegada de la fatiga del sol; y que los espejismos al final de la vista den vida y sueños; en el radiocasete suene Born to be wild y nada tenga más sentido que las nubes; antes que el cielo; el cielo antes de la inmensidad de la meseta.

Puede que en ese viejo Rover burdeos con capota de tela se den muchas historias, las Ray Ban oculten lágrimas y algunos destellos de su melena rubia se venga al asiento delantero izquierdo en un lugar entre Oviedo y Zamora; Los cristales se empañen al remanso de alguna playa en calma. Ese viejo coche le de la razón a Kavafis y lo importante sea siempre el camino y no los tesoros que Ítaca pueda ofrecerte.

Puede que todo sea cierto por una vez, pero si un conductor inglés – con el volante a la derecha – maneja su viejo Rover descapotable por las carreteras de Zamora, Salamanca o las angostas caleyas asturianas puede que vaya en la buena dirección; pero siempre ira en el sentido contrario.

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Un diente montado

Por un error de calculo o metodológico tengo un diente montado. Es una historia de las pocas que recuerdo con nitidez de mi infancia; Tenía aproximadamente ocho años y era un seguidor incondicional de Miguel Indurain. Por aquel entonces el ciclismo y el Tour de Francia era lo máximo a lo que podía aspirar un niño. El futbol no me interesaba y la selección siempre caía en cuartos. Los hitos de Indurain eran celebrados por todo el país, y el Tour no era recetado por aquel entonces como un fuerte sedante de sobremesa. Después de cada etapa salía al jardín de mi casa y daba miles de vueltas en mi bici Boomerang, una y otra vez, una y otra vez.

Así que un día, por razones que desconozco, intenté arreglar, o decorar mi bici, o hacer alguna que otra chapucilla con cinta aislante blanca – seguramente por influencia directa de McGiver o el Equipo A que con un chicle y cinta aislante te hacían un cohete-  Y como por aquel entonces mi madre me escondía las tijeras y los mecheros – estos últimos por mi pequeña afición a quemar papeles dentro de casa – Pues decidí que la que cortar un trocito de cinta con los dientes era buena idea. Diente de leche arrancado, sangre incipiente, berrinche inminente. Fue un error, un errortonto. Así que por esa razón y porque todavía no tenia espacio suficiente para que el nuevo diente – ¿de leche de soja?- creciese en su sitio tengo un diente montado detrás de la fila de incisivos de abajo.

No es que se note mucho, ni se ve a simple vista, no me afecta de ninguna manera. No he rallado ningún techo ni puedo abrir latas con él. No hay ninguna chica que se haya quejado de un jirón de labios por culpa de mi dientecito singular.

Casi nunca soy consciente del mismo a pesar de limarlo con la lengua todo el rato, pero hoy me he parado a pensar que por errortonto tengo algo de lo que nunca soy consciente pero que siempre está presente.

Errorestontos. A veces no los buscas ni los provocas, son entropías irreconciliables con el presente. Amanda se fue hace casi dos años por un errortonto. Y por otras circunstancias que no vienen al caso. He vivido muchas cosas desde estonces; he querido y me he enamorado – a pesar de aquello que dices esta y no más – me he sentido triste y me he sentido tan feliz como el niño que sale de la escuela. he hecho el amor a chicas en las que desgranaba mi vida en su vientre; he follado con desconocidas. He cruzado miradas, sentido latidos, acallado gritos y secado lágrimas. Algunos arboles se tumbaron al paso de los años. Se vinieron a bajo mis techos; tuve nuevas maneras de conocerme y de conocerte a ti también. Tuve otra manera de acariciar el pasado.

Soy consciente de que hay dientes montados que no se pueden arreglar – salvo que  me que esté dispuesto a que me succionen la baba con un tubito – Pero eso no quita que hubiese preferido que no hubiesen pasado, y que de vez en cuando, sin razón aparente y sin rencor ni remordimientos te preguntes qué hubiese pasado si no tuviese este diente montado o si Amanda siguiese trayéndome gominolas después de clase.

Hay recuerdos buenos y malos que puedes limar con la lengua. Hay errorestontos de los que nunca te acuerdas, de los que nunca eres consciente pero que siempre están presentes.

(En cada cosa que haces)

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