Archivo de la categoría: Relatos

Willie, la ballena varada.

A pesar de su nombre, Willie, no tenia ningún parentesco con aquella orca liberada de la peli, ni siquiera pertenecía a la misma especie. Willie, también conocido por parientes y familiares como Guillermo, era una gran ballena azul. La más grande de los siete mares. Y quieras que no eso le hacia sentirse importante.

Sea como fuere, una mañana con cielo gris y oleaje suavecito, o lo que la chica del tiempo y hombres de mar conocen como marejadilla, Willie acabó a decenas de metros del océano, en arena fina fina y húmeda de una solitaria playa cantábrica. “¡Hostia puta! ¿Y ahora qué hago?” Pensó Willie.

Pasaron un par de horas cuando Antxón, la gaviota común, se posó sobre Willie y empezó a picotearle.

– ¡Oye tú! El de ahí arriba, ¿Qué demonios haces?
– Hostia, perdona. Creía que eras una roca y que las escamitas eran percebes.
– Qué coño percebes, que me estabas arrancando la piel a tiras.
– Perdona hombre, tampoco es para ponerse así.
– Perdóname tú, estoy un poco irascible.
– ¿Qué te ha pasado, amigo? ¿Cómo has acabado aquí?
– No sé, supongo que me dejé llevar. Tantos años navegando por los océanos, invulnerable… Digamos que me relaje en exceso.
– Ya veo, pusiste el piloto automático…
– Supongo que estaba cómodo en mi condición de puto amo de los océanos. Uno nunca piensa que le puedan pasar estas cosas…
– Para eso se inventaron las compañías aseguradoras. Esos chupasangres parasitarios. ¿Y ahora qué vas hacer?
– No lo sé, ¿Cuáles crees que son mis opciones?
– … No sabría qué decirte. No quisiera mostrarme pesimista respecto a tus posibilidades de salir de ésta y que eso pudiera causarte algún agravio o lo vieses muy negro. ¿Crees que alguna de tus opciones pasa por seguir en tu condición de ballena dentro del agua?
– Chico, ¿Cómo te llamabas?
– Antxón
– ¿Y qué eras?
– Una gaviota común.
– Antxón…
– Dime
– ¿ Qué coño sabrá una puta gaviota de problemas de ballenas?

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Amputación a la inversa.

Hoy sentí que me sobraba la mitad del brazo derecho y los dientes. Concretamente desde un poco más abajo del codo y las dos paletas de arriba. Era una sensación extraña, no sabría explicar qué se siente. Era como si esas partes del cuerpo fuesen ajenas a mi. Que perteneciesen a otro, que ya no fuesen mías, o que la carne, que antes era yo y mi ser, ahora solo fuese masa podrida, filetes con moscas en una roñoso mostrador de carniceria.
Por supuesto que tanto mi brazo como mis dientes están en perfectas condiciones, puedo acariciarlos lentamente con la lengua y teclear mentiras en un ordenador como todas las noches. Pero…
Despues de mucho cavilar, medio dormido medio despierto, pude llegar a tres posibles causas para que haya dejado de sentir la mitad del brazo derecho y los dientes;
La primera puede ser que padezca algún tipo de desorden neurológico, Una especie de sindrome del miembro fantasma pero a la inversa. Que los nervios manden impulsos al neocortex de que el miembro que estaba ahí ya no está. Y que mi cerebro, para dotarle de cierta coherencia a mi estado físico y para contiuar sustentándose, decida que es mejor sentir que estas partes ya no forman parte de mi cuerpo y que han pasado a ser inutiles para mi.
La segunda explicación es que tanto la mitad de mi brazo derecho como mis dientes, en concreto mis dos paletas de arriba, hayan desarrollado una especie de conducta supersticiosa: Como si barruntasen y preveyesen que tarde o temprano van a dejar de tener vida, que se desprenderán de mi cuerpo, o que se harán viejas, impedidas, deslucidas y estropeadas. Y que por consecuencia es mejor ir preparandose para tal fraudulento castigo.
Y finalmente la explicación más plausible a todo este asunto que recorre desde las puntas de mis dedos afilados, va por las venas y arterias y los huesecillos de mi mano y luego recorre más o menos hasta un poco más abajo del codo, sin olvidar mis dos paletas de arriba, es que sin quererlo me haya tragado parte del veneno que contenias. Que mi mano al acariciar tu cara y mi boca al besar tu boca, sintiesen la mordedura de vibora y ahora el veneno esté recorriendo poquito a poco mi cuerpo, necrosando todos los tejidos, quemando toda la piel y la carne, desde aquel momento en que te conocí en el fondo más oscuro de aquel bar. Y pronto el veneno llegará al centro de mi mismo, al motor de engranajes, y en ese momento mi cuerpo solo será rastrojo, tierra yerma, recuerdo y ausencia, paralizandolo y dejándolo, finalmente, sin vida.

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Los viajes, la vida, escribir.

Hace una semana que llegué de un viajecillo a Roma. Siempre estas escapaditas que hago suelen ser un tiempo que dedico para leer, escribir, ver mundo y fijarme en esos pequeños detalles de la tragicomedia humana que la rutina destruye-animas no nos deja apreciar. Lo cierto es que no hubo en mi ningún estimulo especialmente inspirador en este viaje, ni ninguna gana de escribir ni de inventar historias. Otras veces habría escrito sobre algún encuentro casual con una mujer, o alguna historia humana que sirviese para reflejar la conexión perdida entre las personas, que está ahí pero que nunca sentimos y cuando esto sucede no la identificamos como propia y nos sorprende por directa y por cabal. Sí, claro que vi situaciones que hubiese podido novelar, unas miradas y un gusto mutuo con una chica en el metro. Rasgos muy italianos, ojos claros, pelo castaño y ondulado y una gran nariz. Jersey de punto. Muy italiana. Y quizá podría escribir sobre el sexo furtivo en su terraza y copa de vino. Y yo qué sé… aunque en ocasiones se repita, el cauce de la inspiración se puede encontrar en las cosas más nimias y en las mentiras más consagradas.

En esta ocasión no, más bien estuve pensando en la soledad, y escribí algunas paginas en la libreta, no quiero leerlas, no hay nada especialmente revelador que no pueda decir ahora. El pensamiento principal es que el que se siente en soledad en su hogar, en su casa, en su ciudad, es muy probable que se sienta solo en cualquier lugar del mundo. Los taxis y los aviones no te separan de tu soledad, no hay soluciones geográficas a problemas emocionales, esto es algo que me he repetido muchas veces. ¿Y por qué viajo solo entonces? ¿Qué es lo busco? ¿Estoy interesado en contemplar obras de arte o museos? A la ultima pregunta puedo responder con facilidad. No soporto al turista, yo me considero viajero pero no turista, no entiendo a esa gente que visita un monumento o un museo y pone un falso interés en lo que ve, algo que no entiende. Si yo realmente estuviese interesado en Borromini o en Miguel Ángel hubiese estudiado historia del arte o algo así. Así que yo en los museos me dedico más a ver a la gente, con la cara embobada colgando del techo, la boca entreabierta como iluminados y lobotomizados, la reflex clic-clic -clic haciendo fotografías para poder decir a sus compañeros de oficina, que también hacen escapaditas imbéciles de bajo presupuesto, que estuvieron allí, que vieron eso que no sabían ni qué cojones era. ¡Idiotas!

He de reconocer que Roma me dio igual desde el primer momento que la pisé, no sentí esa necesidad de envenenarme de su atmósfera como había sentido en Atenas o en Londres. Y quizá eso me permitió contemplarla desde una visión más global y menos fanática del que ansía vivir mucho en poco tiempo. Me dio tiempo a perderme y a caminar en linea recta sin mirar jamás el mapa, y también a sentarme en los lugares en los que tenía ganas de sentarme. Y aquello no era ni bueno ni malo, era. Cuando estaba sentado en el avión de vuelta pensé cómo había salido el viaje, esto es porque que tiendo a hacer valoraciones objetivas de todos los aspectos de mi vida, y pensaba que quizá no hubiese encontrado en Roma el perfume de una mujer en La Alhambra, o el desgarro londinense, no hubiese perdido la inocencia que perdí en Atenas, o el sueño no cumplido de Barcelona. Pero había caminado, y el caminar era la conclusión fundamental de aquel viaje. No sabes para qué sirve, pero has dado muchos pasos, y en todos aquellos pasos que diste has aprendido algo, has visto algo, has escuchado algo. En cada metro recorrido estás viviendo tu vida, y quizá no es la vida que un día soñaste pero es una vida, la única vida, por la que merece la pena seguir caminando. Y aunque decir esto me entristezca un poco por negarle o subyugarle valor a tanto camino en soledad, quizá un día te encuentres en un cruce de caminos, llevando lo que has aprendido en tan largo viaje y alguien se anime a dar pasos contigo y seguir en una misma dirección. Tu caminar se haga más liviano y puedas también enseñarle a aquel lo que te ha enriquecido y todos los lugares por los que has pasado.

..

Me detengo en las miradas, me escapo detrás
busco en ese mar de miradas perdidas
azules, verdes, de todos los colores
son tan libres como libres son los hombres

+Bonus: Como quien da un refresco

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¿Y en Madrid se ven las estrellas?

“¿Y en Madrid se ven las estrellas?” Esa fue la pregunta que le hice ese fin de semana que pasamos en la casa de mi pueblo. Ella nunca había se había sentido tan pequeña como en aquel paraje tan alejado de todo signo de civilización, aquella inmensidad. Ni la Casa de Campo era tan grande. Bueno, quizá exagere un poco, porque en mi pueblo todavía no llegaba internet pero hacía mucho tiempo que llegaba la TDT. La tele que no falte. Y además podías degustar un chorizo que ni en el mejor bar de tapas de la plaza mayor. Pero ese es otro tema.

Le impresionó que le hiciese esa pregunta porque en realidad no lo sabía. Evidentemente a sus 26 años alguna que otra vez se había quedado mirando las estrellas, pero no recordaba cómo ni porqué. No sabía si había sido en alguna playa de Conil, o en las acampadas en Sanabria. O si alguna vez sacando al perro todavía de noche se había sentado en un banco y mirado al cielo. No distinguía constelaciones, ni alpha, ni centauro, ni siquiera la maldita osa mayor que ve hasta un ciego. Yo para hacerme el interesante le dije que aunque estaban ahí, y perfectamente se podía trazar lineas imaginarias entre ellas y las culturas se habían orientado durante siglos gracias a ellas, en la actualidad nadie estudiaba las constelaciones. No era más que construcciones imaginarias, ahora los astrónomos se guían por coordenadas y lo de las constelaciones ha quedado como algo más romántico que otra cosa.

Fui hasta la cocina, saqué dos vasos, los aclaré un poco y cogí un par de cervezas de la nevera. También acerqué el Radio-CD a la ventana del porche y conecté el ipod. Puse Autumm Leaves interpretada por Miles Davis y John Coltrane. Quería crear una atmósfera, era evidente, pero ella me conocía bien y sabía que cuando ponía jazz es que quería ponerme tiernecito. A ella le aburría, o no le daba más. Creo que nunca me dijo que era una mierda por no herir mi sensibilidad musical.

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El buen hombre y la voluntad del azar.

Tomás era un gran chico, y digo gran porque a pesar no ser un ser extraordinario era lo que podría decirse “correcto.” Si se categorizase las personas en una linea estadística con los valores bueno o malo, Tomás ocuparía el centro absoluto, sin ningún tipo de desviación hacia ningún lado. Y eso era lo que le hacía ser una persona tan querida por todos los que le conocían. No es que esa “normalidad” le llevase a ser un hombre sin pretensiones, estaba contento con su situación y esperaba mejorar poco a poco, como todos. En la escuela ya era el niño al que todos acudían cuando sus progenitores se separaban, en la adolescencia ya tuvo su primera novia formal, y duró desde los 15 a los 19, hasta que Sandra, así se llamaba, cansada de tanto buenismo y con la actividad hormonal incidiendo y desafiando su capacidad cognitiva le llevaron a la caja 17 del Eroski y a dejar a su hijo de padre no conocido al cole y recogerlo en casa de la abuela.

Pero sigamos con Tomás; sus padres siempre le habían considerado una persona responsable incluso en sus etapas más difíciles, sus amigos de toda la vida, que llevaban con él desde el instituto, a pesar de considerarle un cabroncete con un gran sentido del humor también querían que fuese el padrino de todos sus hijos. Y con las chicas, Tomás, había tenida relativa suerte. Alguna relación relativamente larga, algún que otro rollete de una noche, desencantos… como todos. Era bastante sincero con las chicas que conocía. Se fijaba en el físico como todos, no era ningún cinico. Y le gustaban las morenas, bajitas, con un buen pandero y con mucho carácter. Tomas no es que fuese especialmente guapo, tampoco era feo ni mucho menos, tenía encanto, una conversación agradable y además tenía aspecto de lo que las madres llaman un “chico sano.” Nunca acababa demasiado tirado, procuraba no ser descortés cuando entraba a una mujer, sabía aceptar un rechazo, y además tenía un montón de cualidades interesantes: Hacía mucho deporte, había corrido varias maratones, era un gran cinéfilo y leía bastante, sin llegar al punto de rata de biblioteca ni al extremo de analfabeto. Incluso tenía el puntito friki de gustarle los comics de la Marvel.

Hacía tiempo que no tenía pareja pero estaba contento como transcurría su vida. Recientemente se había ido a vivir a un pisito céntrico de la capital, con una pequeña terraza. Era la primera vez que no tenía que compartir piso y aquello era toda una alegría. Podía montar sus timbas de poker sin alguna erasmus dando el coñazo, o podía follarse a quien quisiera sin que su madre preguntase en la comida quién había dormido esa noche en casa.

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La soledad

Limamos la reja y saltamos al patio interior. Luego, brincamos el muro y nos encontramos en un bosque. Corrimos por el bosque. Mi compañero corría cada vez más despacio.
—¿Qué te pasa? —pregunté—. ¿Te duelen las piernas?
—No.
—¿Por qué entonces reduces la velocidad?
—Porque no nos están persiguiendo.
—Ahora empezarán, apenas se den cuenta de que hemos huido. ¡Date prisa! Pero en vez de acelerar, se detuvo.
—¿No se han dado cuenta, dices?
—Probablemente no. ¿Por qué sigues parado? ¡Muévete, rápido! Se sentó bajo un árbol.
—Nadie se preocupa por mí —dijo melancólicamente.
—¿De qué estás hablando?
—Nadie se interesa, a nadie le importa.
—¿Quién? ¿A quién?
—Si yo les importara, me vigilarían mejor .
—¿Te estas lamentando?
—El hombre no le da importancia a otro hombre, ni siquiera cuando le pagan por ello. Podrían darse cuenta, por lo menos.
—¿Te vas amover o no?
—No. ¿Para qué huir si nadie te persigue? ¿Para qué tener cuidado, si a nadie le importa? Ay, qué vida…
—¿Sabes qué? Tengo una pregunta para ti. ¿Por qué no regresas? Se levantó de un salto y gritó:
—¡Oh, no! ¡Eso, no! Yo tengo mi dignidad, no voy a imponerme a nadie. ¡Me iré a mi soledad existencial!
Y con su paso lento, la cabeza levantada, se fue adelante, al bosque. Y yo tras él.
En cierto modo, me daba vergüenza tener prisa

Slawomir Mrozek.

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Martina

¿Se puede ser perfectamente mediocre en la vida y ser feliz? A menudo Martina se lo preguntaba, consciente de su mediocridad. Ni fea, ni guapa, ni alta, ni baja, ni gorda, ni flaca, ni borde, ni maja. Martina no destacaba por nada. No tenía ninguna habilidad oculta, no era una de esas mujeres que se vanaglorian y se dan aires diciendo “yo en el fondo soy una chica complicada” y lo que quieren ocultar es que en realidad eso quiere decir “te voy a destrozar la vida y me voy a comer tu cabeza después del coito.”

Pero no, Martina no comía cabezas después del coito. Quizá musitaba alguna cosa, queriendo disfrazar su insatisfacción o procurar no ser demasiado expresiva cuando se corría de verdad y con ganas y el plasta de Alberto no le daba el coñazo con querer correrse en su cara o en su boca.

Y luego está la teoría de que cada individuo tiene algo especial, que no es uno más de la manada. Bueno, sí quizás, pero en realidad la especialidad tiene más que ver con el contexto y el ambiente en que se viva que con la propia característica que le hace especial. Martina tenía unos bonitos ojos azules y además acento argentino. Lo primero destacaba de algún modo en Granada, teniendo en cuenta que el arquetipo de mujer andaluza es la Carmen, morena, de vestido ligero al vuelo, de ojos negros azabache. Pero lo que en Andalucía le hacía estadisticamente especial, con una desviación típica demasiado grande, en Suecia, por ejemplo, le hacen una del montón. También así en su familia, argentinisima toda ella, todos con los ojos de mármol, con antepasados del Abruzzo. Y lo segundo, solo le servía para atraer moscones con una idea de las argentinas de calientapollas o prostitutas.

Martina a pesar de tener una familia numerosa y normal, amigas normales y un novio normal, sentía su vida bastante vacía en general. Falta de emociones y de giros dramáticos. El problema del sufrimiento, como en todos los casos, era el aburrimiento. En ocasiones tenía ganas de estallar platos contra el suelo, pero no lo hacía. No tenía sentido. Pero pensaba que si lo hiciese alguien le llamaría la atención, se enfadaría con ella o le daría un bofetón, peor así al menos tendría un poco de emociones por un rato. Pero no, eso nunca pasaba. Contrariamente a sus ansias de emocionarse, Martina, era bastante pragmática y prefería no ejercer un daño si no había razones para ello. Y mucho menos auntoinflingirselo.

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El día en que Ray Loriga y Quique González me obligaron a ser un incendiario.

Había bastantes turistas aquella tarde en la pequeña ciudad del norte, era jueves santo y la cola del paro estaba cerrada. La gente se ocupaba en comentar la victoria del Madrid sobre el Barcelona la noche anterior. Las aceras estaban lo suficientemente mojadas para reflejar los edificios, alguna nube transeúnte y turista había pasado por allí para hacer fama de que en la pequeña ciudad del Norte siempre llueve. Miguel había cogido la bicicleta buscando algún atropello, evitando los resbaladizos pasos de peatones, sin lugar al que ir, con poder. Ya se había tomado dos tés con leche en las terrazas cubiertas del centro. Liaba su tabaco Golden Virginia y leía un libro robado de Ray Loriga. Se creía inspirado y lleno de energía destructiva. Creía que podría imitar el estilo de Loriga con esos relatos llenos de adjetivos, aunque dos meses después  le resultara aborrecible, pero aquella tarde poco importaba el estilo propio.

Volvió a aquellos lugares a los que no has de volver, que recuerdan demasiados momentos, regulares y malos, porque para Miguel aquella tarde cualquier recuerdo era malo precisamente por su condición de recuerdo y por ser intangibles. Romper con todo, sentirse un náufrago urbano, un trillado rebelde sin causa con una pizca de gilipollez pasional y misántropa. Había visto escenas que en otro tiempo le conmoverían, claro; una pequeña espabilada con una sonrisa sin alguna pieza, lluvia con el sol a contraluz… No sé, algunas mierdas bonitas que aquel día solo le causaban una mezcolanza entre dolor, asombro, alegría y asco.

Se bajó un momento de la bicicleta y la apoyó en el soporte de una escultura, se lió otro cigarrillo. Allí apareció Sonia con su ligera e inquieta melena rubia de urbanita, sus converse caladas y una Canon colgando en el costado.  Se acercó a leer la placa de la escultura en la que fumaba Miguel. Escultura tragicómica de una mujer con un bebé en el regazo, pobre, mirada pérdida y otro pequeño atado a la falda. Miguel se fijó en aquella chica, y sin vacile, con atrevimiento, sin pérdida, le explicó la historia detrás de la escultura. Se llamaba “La viuda del inmigrante” y representaba a la mujer de los inmigrantes asturianos que habían partido en los años 50 y 60 a tierras más prosperas, Suiza, Francia y Alemania.

A Sonia le interesó el cuento y también el descaro de su interlocutor. Nadie había pedido una explicación pero allí estaban ellos. Dos personas. Heterosexuales. Un hombre y una mujer.  Que es lo mismo que decir dos personas perfectamente follábles. A eso se reduce todo.

Sonia y su palidez se alejaban de Madrid y de la frustrante relación con su novio. Miguel era un viajero que acababa de regresar, hasta los cojones de la vuelta y también del camino. También le dolían los cojones. Pero eso no le impedía mantener un cinismo amable.  Una mentira histérica como cualquier otra que conducía a las personas a compartir su tedio y sus insatisfacciones. Un tema conduce a otro y deciden continuarlo tomando algo en una terraza. Una terraza con la que tantas mujeres había estado, una vulgaridad rutinaria para uno, una novedad para ella.  El mismo momento, dos realidades muy diferentes.

Así que un café con leche y un refresco, empezar  a sentir el gusto del otro, sus olores, alguna banalidad. Y entonces Miguel se saltó el guión. Cuando todo iba rodado se colocó los auriculares en los oídos, sacó el libro, encendió su reproductor y le dio al play al volumen suficiente para no oír nada más. Quique González con rabia. No es que se hubiese vuelto loco o que hubiese perdido el interés de manera repentina por esa chica guapa. Era muy consciente de lo que hacía, se la sudaba quedar como un puto friki. Sonia se quedó sin saber cómo reaccionar, al principio se lo tomó a coña. Le tocó el brazo para ver qué narices pasaba, Miguel le hizo la estatua, el vacío, como si allí no hubiese nadie más. También la vació por dentro. Pasaron cinco o diez minutos, Miguel leía contento y encerrado, Sonia fumaba y le miraba con susto de haber encontrado a un tío tan enfermo.  Se levantó, pagó su café y se fue con el cuerpo destemplado.

No había ningún motivo para aquello, era una venganza contra todos y contra nadie, particularizado en una muchacha que pasaba por allí. Su silencio era la rabia contra todas las mujeres que le habían podrido el corazón, que le habían hecho daño, por todas las mentiras a la puta cara y otras cositas del amor. Por todas las mujeres que le habían ignorado solo por ser quien es. Por las que más le marcaron, por las anónimas también.  Fue encantador al principio y desapareció entre una nube de polvo y ceniza, era devolver lo mismo que había sentido miles de veces aunque de una manera más sutil. El tributo que debía pagar la humanidad. Era un grito en silencio. Un ¡jódete y aquí te quedas!  Había construido una historia que contar, un relato de esos lleno de adjetivos, uno de los que no puedes discernir la realidad de la ficción. Con un final inesperado. No quería decir nada más.

+ Bonus

Quique Gonzalez – El Contestador

Y no me da la gana marcharme cuando empieza lo peor,
un nudo en la garganta se intuye por tu boca en el contestador,
tú solo intenta no mentirme hasta mañana.

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Instrucciones para no dormir (y soñar un poquito)

Ante todo, para tener una noche insomne sin que resulte desagradable hay que tomar unas acciones previas muy recomendables. En caso de no tomarlas usted podría caer en un profundo sueño del que no le despertaría ni ocho agujas gordas marcando las doce.

El proceso es el siguiente:
• Sienta usted la noche, acaríciela, salga al balcón, fúmese un cigarrillo, piense que usted es de facto un ser nocturno. Familiar cercano de lechuzas y hombres de farolas oblicuas.

• Escuche usted discos de swing, especialmente recomendable Django Reinhardt. Si en algún momento usted se adormece, este guitarrista gitano hará que usted sienta espasmos musculares en sus extremidades inferiores, de manera continua, repetitiva y en sentido vertical de arriba a abajo. Muchas personas durante los años 20 y 30 fueron diagnosticadas erróneamente con el síndrome de la pierna inquieta. Estudios posteriores revelaron que lo único que tenían en común estos sujetos era su afición al swing. No se maltrató a ningún animal durante las investigaciones, exceptuando un gato pardo con cojera.

• Tenga usted una conexión a internet y una cuenta en twitter. Podrá pasarse horas actualizando viendo tweets de personas del otro lado del charco que sí están despiertas lícitamente.

• Procure que su ropa de cama abrigue mucho y que la temperatura ambiental de su cuarto sea elevada. Entorno a unos 18º centígrados o más. Es probable que tanto calor le lleve a que le suden partes de su cuerpo a las que no tiene acceso. También revolver el edredón y las sabanas a en forma de hatillo le será de gran ayuda.

• Mantenga siempre en el lado izquierdo de la cama varios libros y revistas que le impidan apoyar la cabeza en ese lado. Se han ganado ese sitio por derecho propio. Haga un esfuerzo por tener tomos de un tamaño y peso suficiente como para que puedan noquear a un presunto asaltante nocturno; por ejemplo cualquier obra de Marcel Proust o 100 años de soledad. Libros que jamás acabará de leer. O también pequeñas novelas de literatura francesa que hablen sin turbación de pollas y coños; por ejemplo alguna de Michel Houellebecq. Esta última medida le será de gran utilidad para no poder cerrar los ojos sin tener visiones que puedan disgustarle u ocasionarle algún trauma de carácter sexual.

• Y sobre todo, y como medida imprescindible y cuasi obligatoria; piense en sus labios. En su forma, en su brillo, en su textura red velvet. Quizá no consiga dormir usted en toda la noche, pero le puedo garantizar, muy señor mío, que soñará bastante.

+ bonus
Django Reindhart – Swing Guitars
http://listen.grooveshark.com/s/Swing+Guitars/2GsIhZ?src=5

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Black Chocolate Waffle Blues

No podría decirse quién de los dos tenía más miedo, ya llevaban una hora en ese cuarto y se estaban empezando a hacer preguntas. Vale, ya estaba hecho, ¿pero cuál era la salida? Elías a pesar de su naturaleza pasota en ciertas situaciones le entraba la neura obsesiva. Y aquella podría ser perfectamente una ocasión para trepar las paredes o tirarse por la ventana. La culpa era suya, al muy idiota no se le había ocurrido otra cosa que poner música para relajarse. Sonaba Mazzy Star y Cat Power, y algo de folkie suavecito que pensaba que a ella podría gustarle y no sentir tanto miedo.

Estaban esperando a que Javi llegase a casa,  Elías pensaba que podría ayudarles de alguna manera a salir de aquella situación. Mientras tanto el silencio inundaba la habitación. Ella había empezado a sollozar y las lágrimas caían por debajo de la venda. Eso hería a Elías, lo que menos quería era hacerle daño. Ella no estaba allí para sufrir. No quería que sufriese de ninguna manera.

Javi entro por la puerta de casa en aquel momento, tiró las llaves de la manera de siempre y se quedó parado en mitad del pasillo. “¿Qué coño pasa?” dijo para si mismo. Su instinto le estaba dando señas de que algo no marchaba bien, una extraña ambiente envolvía el piso aquella tarde.  Bueno sí, quizá fuese su instinto o el reguerillo de sangre que había por todo el pasillo y que conducía directamente al salón.

–          “Elías, ¿estás ahí?” – dijo sin acercarse.

–          Si Javi, estoy aquí.

–          ¿Estás bien? ¿Qué coño ha pasado aquí?

–          Ven Javi.

Javi caminó hasta el umbral y entonces vio aquella escena, sangre y una chica amordazada en una silla, con un trapo de cocina en tapándole los ojos.

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