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“Digamos, simplemente, que los acontecimientos se precepitaron, aunque esta historia debo haberla contado de una y mil maneras pero siempre con el mismo resultado. Ni con humor, ni con rabia, ni con pena, logré cambiar el desenlace de esta historia, encontrarle alguna nueva explicación. Y hasta hoy ha mantenido exacto su sabor amargo, sucio, y terriblemente injusto. Jamás culparé a Octavia, tampoco, aunque lo haya intentado alguna vez. Su verdad es ésta: una vez me atrevía fugarme y fui a dar a la puerta de mi casa y por eso quise y respeté más que nunca a ese hombre que conocí con el estomago inflado de pastillas y que me hizo reír tanto que él mismo terminó sanando. Después me dí cuenta de que ya no era capaz de abandonar mi mundo ni de hacer sufrir a mis padres. Pero entonces ya me había dado cuenta también de que me era imposible abandonar a ese hombre. Tomé una decisión: cerrar los ojos y sólo abrirlos cuando llegara a su casa y que eso durara una eternidad. Es el cálculo más tonto que he hecho en mi vida pero entonces era el único que podía hacer. Lo dejé durar todo lo posible desde el día en que me di cuenta que su duración no dependía en nada de mí. Enloquecí. Amanecía cada mañana en mi casa, apenas si tomaba un café, y salía disparada hacia el Barrio latino porque ahí estaba ese hombre esperándome en su casa y porque necesitaba disfrutar de mi diván hasta el último día. O sea que siempre supe que habría un último día y no me importó. ¿ Fui egoísta? ¿Le mentí alguna vez? ¿Se puede destrozar a una persona de esa manera porque se le ama de esa manera? Sí lo sabía, porque a Martín lo había conocido destrozado. ¿Tenía la certeza de que volvería a amar? ¿De que volvería a ser él? ¿De que llegaría a escribir? Me di cuenta, muy pronto, de que no la tenía. ¿Tuve algún día la certeza de que lograría olvidarlo? Nunca la tuve. ¿De que lo seguiría viendo? Me lo juré. ¿Supe que, a la larga, sería peor para él que lo siguiera viendo? Sí y no. Entonces, fui terriblemente egoísta. ¿Pero acaso él no me buscó siempre? Sí, pero de mí habría dependido el que no lo hiciera.. ¿Por qué no lo hice, entonces? No pude. Ahí estabas siempre París y su departamento y él esperándome. ¿Fue injusto que Martín me hiciera sentir y creer que me esperaría toda la vida? Sí y no, porque yo me había casado con Eros para toda la vida. ¿Traté de olvidarlo alguna vez? Sí, y llegué a odiarlo y a odiarme porque me era imposible. ¿Qué es lo que más me hizo sufrir? Tener que volverme abstracta, como decía tan acertadamente él. ¿Cuándo empezaste a volverte realmente abstracta? Una noche. Eros estaba de paso por París. No lo había visto desde que rompí con los tres. Regresaba a Milán al día siguiente y me pidió que saliera esa tarde con él. Por la noche fuimos a un cabaret. Una orquesta brasileña. Carnaval de Río. Me sentía realmente embrujada. Una mulata bellísima era la estrella del show. Necesité hablar con Martín. Se lo confesé a Eros y le arruiné su estadía en París. Me sentí pésima. Pedí una botella de champán. Bebí y bebí y bebí. Me subí al estrado. Desplacé a la mulata. Me convertí en el espectáculo de la noche. Eros se largó. Corrí a abrazarlo. No lo alcancé. Volví al estrado y bailé frenéticamente hasta la madrugada. Me olvidé de Eros, de mi familia, del mundo entero, pero cuando regresé a mi casa supe que no había logrado lo que más quería del mundo: deshacerme de Martín.”

A. B. Echenique.

PD: Este es el ultimo fragmento que pongo de este diptico que me gusta leer a poquitos. Porque hacerlo del tirón sería recordar demasiadas cosas en poco espacio.

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“Martín Romaña, me confesé, eres un hijo de la gran puta. A ti lo único que te interesa es que te alegre tus clases en la universidad y te ayude a matar cuatro horas al día, cada tarde… No, Martín Romaña, me defendí, no eres un hijo de puta. A ella le haces gracia. No todo es doloroso en la relación que tiene contigo. Sus piernas te hacen sonreír. Sus ojos te preocupan de verdad. Su tos te agota más que a ella. Su llanto te ha conmovido siempre. Su inteligencia te deslumbra. Pero claro, en el fondo, tú prefieres quedarte donde te encontró y terminar con todos tus males de una manera más racional ¿Y si te estuvieras defendiendo de ella, Martín? Sabes que Inés nunca volverá y a lo mejor temes… No, tampoco es eso. Es tu indiferencia. Tu enorme indiferencia y ese interminable decaimiento. No estás sano, todavía, y no logras ver sino instantes de esa muchacha que te llama a las tres de la mañana para decirte que no vayas a tener miedo, para que sepas que si hoy se fue furiosa y celosa, mañana volverá a las cuatro en punto porque no ha pasado nada, nada. Martín, no ha muerto en ti el hombre sensible, la persona capaz de interesarse, de sentir cariño por la gente, por todo lo que pasa a tu alrededor. ¿Acaso no te conmovió la canción que te hizo escuchar Octavia? Búscala, por ahí debes tener todavía ese disco. ¿Y por qué no ponerlo desde ahora? Prepárate. Esta tarde la recibes con esa canción y la haces feliz.”

A. Bryce Echenique.

+ Bonus.
La canción en cuestión:
http://open.spotify.com/track/5CiIv3p59bqjOYqFCVKG7X

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“Inés, en cambio, me contó un día, al regresar con su madre de un viaje por España, que se había otorgado un verano entero de reflexión, y que aquel muchacho brasileño que creí su compañero de estudios había estado a punto de ganar la partida. No me importó el descubrimiento. Me importó la verdadera causa de su reflexión: un joven economista brasileño, al que no amaba pero era la seguridad y la madurez por excelencia, y yo, Martín Romaña, un joven escritor inédito al que amaba con toda su alma pero que no cesaba de cometer locuras. Nunca intenté explicarle a Inés que precisamente por ellas me amaba, que cambiar era perderla, y tuve que seguir siendo una verdadera calamidad hasta que se hartó y se fue. Es complicado el asunto, pero es hermoso eso de vivir siempre en su ley hasta que le cae a uno encima, enorme, la espada de Damocles.”

A. Bryce Echnique

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