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Obras incompletas

Supongo que es humano que a la gente le cause frustración las obras incompletas. No se exhibiría una pintura sin terminar en un museo salvo que se quisiese causar controversia. Así como en cualquier hecho o acto humano. En el arte, la vida cotidiana, las relaciones… Dejar las cosas sin terminar crea una insatisfacción porque siempre hay un motivo para no terminar. Después de una obra incompleta siempre hay un porqué, omitido, explicito o implícito. Pero ahí está, martilleando el subconsciente del creador, de la persona que transita y que se relaciona. Supongo que a la gente le gusta la sensación de continuidad.

En mi caso he dejado un montón enorme de cosas sin terminar. No es que vaya dejando por ahí macarrones a medio cocer por incapacidad. Pero entre esas cosas escribir muchas, muchas cosas que quise decir y que no fui capaz de decir o que no supe cómo decir. A veces por ser consciente de mi mediocridad como escritor, como creador y como ser humano, otras por un acojone tremendo a fallar en las estrategias a seguir en el juego imposible de la química, las miradas, las palabras y los gestos.

Una de esas cosas que nunca terminé fue escribirte a ti. Ya sabes, estabas aquí y siempre es más fácil escribir a musas y a gente que no tienes cerca porque no esperas una replica suya, puedes decir lo que quieras porque escribir no te va traer consecuencia alguna. Además tampoco sabía qué decirte, porque sé que no te gusta que te alaben gratuitamente y porque tienes ese tono hosco que rechaza las caricias cuando son rutinarias. Nunca pude escribir sobre tus ojos por obvios, ni de cuando imitas a personajes y acentos haciendo el idiota. No pude escribir que siempre tuve miedo a no poder volver a verte de aquella manera cuando te mostrabas tibia, serena y dulce y cómo veía el perfil de tu cara, suave y lineal, aquellos días con poca luz en que te reías con todo el cuerpo y más miedo aun a que desaparezca ese recuerdo como un puzzle al que le faltan piezas.

En esta ocasión te escribo no porque me sienta capacitado para ello ni porque tenga miedo a dejar esto sin terminar, sino porque quiero vivir en el momento en que parezca que aun estoy creando algo, aunque sea un poquito, aunque nunca tenga fin.

Perdóname por todas las piezas del puzzle que perdí, por las cosas que nunca te dije y por las cosas que dije de más. Quiero volver a verte de aquella manera y no quiero olvidar cómo era el perfil de tu cara, suave y lineal, en aquellos días con poca luz en que te reías con todo el cuerpo.

Créeme si te digo que.

 

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with a love so powerful
So powerful that it’s wrong.

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Puede contener trazas de amargura.

Intento inspirarme en imágenes, en lugares comunes, ya sabes, morralla: cafeterías, cines, ferias, cristales empañados, bancos de parques, cenas, taxis, fiestas de la patrona. También en algunas canciones, sobre todo en las que yo escucho, y en muy pocas de las que tú escuchas. Quizá alguna simpaticona y medio optimista de Sabina, las del viejo truhan capitán o las que te identifican como una mujer dulce, tentadora pero perversa. Parece obvio que no escucho ni imagino con esa canción, de ese cantante ya con la voz rota y las manos encallecidas, que lleva tu nombre. Porque me imagino muchas caligrafías distintas copiandola y entregándotela en mano. Puede que para ellos significase algo esa letra, pintada en su voz, pero para ti, por repetición y por omisión, no es más que el imaginario colectivo que no te representa, que sólo hablan de la idea desnaturalizada que tienen de ti. Porque eres muy guapa, jodía, y eso obnubila mucho.

Así que vacío de inspiración, y negándome por parecerme inútil y fútil en tirar de recuerdos sobrevalorados por no ceñirse a nuestra realidad presente, decido escribirte esta misiva de palabras huecas y vacías pero contingentes y necesarias, para transmitirte, no sé cómo, un montón de lugares comunes: paseos por la playa, descansos entre sabanas, desayunos en hoteles, cielos incendiados y/o lo que a ti te parezca adecuado y que te haga algún día más agradable o lo que sea.

Ya sabemos mucho el uno del otro, y que en algunos recipientes pone eso “puede contener trazas de cacahuete”, y puede que te encuentres alguna traza de amargura entre alguna línea y que te de alergia, pero lo que pretendo es intentar transmitirte, aunque te llegue de manera confusa y desordenada – tal como soy – las ganas, medio ilusionadas y tiernas, que sigo teniendo de ti.

Y todo este rollo para decírtelo.

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Por si estalla la revolución

Por si estalla la revolución y nos pilla a contrapié, contraídos, temerosos de viento de cambio valiente, cambia el paso, transfórmate conmigo.
Por si estalla la revolución y las bombas caen, lía uno de esos cigarrillos y déjame robartelo de los dedos, de tus uñas pintadas, darle un par de caladas y devolvertelo ya un poco cansada de que lo pida más por molestar que por fumar.
Por si estalla la revolución y silban las balas, salúdame por la ventana tapada con una toalla, comparte tus mañanas, pídeme una notita, dejame acompañarte en tus quehaceres, búscate una excusa, háblame de cualquier cosa, haz un gesto tímido de cariño.
Por si estalla la revolución y decretan el toque de queda, pon algo en la tele, uno de esos programas que nos hacen reir de lo absurdo, digamos a la vez el mismo comentario jocoso y cuando se termine pongámonos a recordar cosas bonitas de cuando empezamos, las primeras conversaciones.
Por si estalla la revolución y arden las calles, relátame las noticias cuando llegue del trabajo. Háblame de los coches oficiales, de ladrones de guante blanco, de sus esbirros. Háblame también de quienes no lo aceptan, de los que exigen su trocito del pastel, de los que solo quieren diignididad.
Por si estalla la revolución y nos atenaza el miedo, a ti o a mí, o a cualquiera de los dos, quédate conmigo, rebélate.

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Así yo canto para recordar que sigues a mi lado
que aun sueñas despierta porque así vencemos el cansancio

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Mi largo camino y los gestos desesperados.

Mi largo camino y los gestos desesperados empezaron en el mismo lugar y en el mismo instante que los gestos y senderos de todos. Puede que no fuese la misma fecha ni la misma estancia, puede incluso que a algunos “el camino” les pillase de camino, y es un camino bien llenito de baches: el primer bache empieza cuando dos manos con sus dos respectivos guantes de látex te ponen patas arriba y te dan una buena cachetada en las nalgas. Ese fue mi primer gesto desesperado, empezar a respirar y a llorar como un inepto y ni un poquito de equilibrio emocional. Yo no lo recuerdo, lo sé porque testigos presenciales me lo han contado.

Y se fueron sucediendo, y no se diferenciaron mucho de los gestos desesperados de los demás, tampoco los recuerdo todos, pero serán los clásicos, el greatest hits de los gestos desesperados; pataletas en el patio de recreo, el balón es mío y juega quien yo quiera y sino me voy a casa, tirar del pelo a aquella niña-coleta-crin-de-caballo que te gustaba, asustarte con las primeras emociones, las primeras canciones mirando por la ventana y pensando en ella, los besos que saludan, también los que dicen adiós, las borracheras, los cafés que esperan respuestas, los mensajes de texto en la madrugada, las tertulias para cambiar el mundo y nunca para cambiar a los hombres, muchos “aun te quiero, por si vienes”, pasar frío en algún portal, odiar por no poder amar, algún viaje para olvidar lo que dejas atrás, Lorena, Celia, Paloma, Alicia.

En definitiva todos aquellos que tienen cierto retintín de culebrón y que al final se aglutinan, ladrillo a ladrillo, hasta hacer de tu vida y tu existencia una desesperación en conjunto: tu largo camino. Lleno de miedos, incertidumbres y angustias, inquietudes y alegrías.

Y creo que tú eres el primer gesto no desesperado de relevancia de mi largo camino. Porque te encontré con naturalidad, porque llegaste con naturalidad, porque empezamos a querernos con naturalidad, porque soy feliz mirando tus fotos mal enfocadas de pequeña. Y porque cuando me dices “vámonos a casa, estoy cansada pero contenta” y subimos en un taxi y respiro tu tranquilidad y tú la mía, no siento que esté saltando hacia ningún vacío. Porque la vida es esto, tu mano sobre mi mano sobre un asiento de trasero de cuero.

Así que espero que los días se sucedan, y el camino será largo y desordenado, que lloremos, riamos, fumemos y follemos juntos. Que los gestos solo sean libres, ínfimos, íntimos, diminutos, hacer que tu camino sea lo más leve posible. Y que pueda cuidar este amor cada día para que nunca, nunca, nunca amor mío, tenga que hacer un gesto desesperado para que no me olvides, para que te quedes conmigo. Un gesto desesperado como por ejemplo escribir esta carta con tu nombre en el dorso.

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Y tú pensabas que no era real…
http://youtu.be/SOrJS2lJmW0

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Catarsis

Me dices, escríbeme ¡Maximus! ¡Maximus! ¡Maximus! Y yo te digo, no puedo, pero lo haré, pero ojalá no lo pueda hacer jamás, ni bajo la luna más grande, ni la lluvia más espesa ni bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular. Nada de mierditas. Porque escribirte, pintarte o soñarte solo son el sucedáneo de vivirte. Un caviar de goma.
Y tú me dices, pero ¡Maximus! ¡Maximus! ¡Maximus! A todas esas chicas que conociste antes le escribiste cosas bonitas, disparates de amor, historias de desgarros. Y yo contesto, amor, tróspida mía, de esas chicas tenía más que inventar que sentir, más de sueño que de realidad.
Pero entonces, ¡Maximus! ¡Maximus! ¡Maximus!, ¿Nunca vas a escribir sobre mí? Quiero sentirme especial para ti, quiero ser tu musa, tu venerada desconocida, que todo lo que hagas lo hagas por mí, y sino es por mí que en el fondo de todo te empape mi recuerdo, que yo sea el mecanismo invisible, la materia oscura de tus delirios. Pero, Catarsis querida, mirada azul, nada más especial, sincero y destacado que guardar toda mi vida contigo para mí y para nadie, nadie, nadie más: ¡Catarsis! ¡Catarsis! ¡Catarsis!

No me digas que te escriba porque se me agita el telesketch
¡Catarsis! ¡Catarsis! ¡Catarsis!

+ Bonus
Sólo canto si tú me demuestras que es verde la luz de tus ojos de gata.

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