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Jueves 9 de Diciembre

Habría que empezar por quemar todos los libros. Todas las palabras que han sido escritas. Los versos. Los susurros diminutos que irrigan el corazón. Los manifiestos, los periódicos. Habría que empezar por dar muerte a los escritores. A los que también desde el anonimato pasarán a la posteridad. A los periodistas por supuesto. A todos ellos habría que arrancarles las entrañas y colgarlos del campanario más alto hasta que se desangrasen: Y la bilis o los buenos latidos ya no irrumpiesen más en este mundo, llenándolo todo de palabras. Ensuciando las paredes con emblemas. Luchando por todas las causas.

Habría que empezar por borrar todas las historias. No más despedidas en la estación de trenes. Ni guerras, ni luchas inútiles. No más sufrimientos ni felicidades. No más te quiero, ahora sin ti. Habría que empezar por quemar las escuelas, y las iglesias, y los teatros. Liberar el espacio al mundo. Romper todas las ventanas, abrir todas las puertas. Abrigarnos solo con lo rescatado en un naufragio. Habría que empezar por secuestrar el amor. Construir un nuevo paradigma desde el más absoluto vacio. Nunca más la misma historia. “chico conoce chica y se casan.” Bebernos el alma. Acariciarnos la vida. Coleccionar los cariños como si fuesen sellos.

Habría que empezar por ilegalizar los relojes. Hacer redadas. Arrojarlos todos al interior de la tierra y fundirlos. Habría que empezar por un mercado negro de tiempo. Comprar, alquilar, subarrendar, en una esquina de mercadillo, aquellos momentos que perdiste, aquellos que no volverán, aquellos que no recuerdas, los que quieres volver a vivir. Mezclarte de todo lo que quieras. Cambiar de personaje. Llorar por personas que no conoces. Ser querido por desconocidos.

Para que tú existieras, habría que empezar. Pero no sé por dónde.

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7 de Diciembre

Son las 5.40 de la madrugada y sigo despierto. Y es en este momento cuando las palabras y las conexiones entre frases empiezan a cobrar sentido en mi cabeza. Con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la almohada. Puedo imaginarme que la mayoría de escritores  están así de zumbados por la falta de sueño. Porque es a la hora de dormir cuando por fin consigues pensar algo coherente. El resto del día lo pasamos. Remarcando el verbo pasar. Pasar que pase la vida, intentado pensar lo mínimo, mantenernos en stand by, no reflexionar demasiado. Sino seríamos unas plañideras, o ese tipo de subnormales que parlotean y parlotean sin parar en los bares como si fuesen puestos de coca. Los problemas del mundo no se solucionan en las tertulias de los cafés. Se solucionan en la más triste soledad, con insomnio y sabanas revueltas.

Todo esto para decir que he pensado en Polly. Lo sé, lo sé. Me lo niego a mi mismo porque es un recuerdo doloroso. Pero cuando no hay muchas emociones fuertes en tu vida, y las que hay son más bien anestésicos que excitantes, rememoras una y otra vez esos momentos que te marcan.

He estado pensando en aquella noche en Viena. (creo que lo de Viena ya lo he explicado antes) No recuerdo todos los detalles evidentemente, pero si tengo buena memoria en general. Aunque ya han pasado algunos meses, fue en abril o marzo. Lo que me es realmente indiferente, el tiempo se mide por sus propias escalas, un mes puede ser una eternidad, o 20 años puede ser un segundo. Algunos recuerdos, sobre todo los que tienes más presentes tienen un ritmo propio.

Veo que atardecía sobre la ciudad mientras que llegaba en autobús. Fue un trayecto que se me hizo muy largo e incomodo, el autobús era viejo. Recuerdo como el sol muy bajo rodeaba las penumbras de la llanura castellana. Y recuerdo bajarme del autobús, y sentir esa excitación exagerada. Casi inconsciente e irresponsable con las propias defensas. Expuestísimos al dolor. Pero daba igual, henchía el pecho y deseaba caer en sus brazos. Deseaba que me liase el primer cigarrillo al verme. Con una carcajada tan viva, tan real.

Sé que estaba fumando un cigarrillo mientras me esperaba, se lo quité y empecé a fumarlo sin decir nada. Por aquella época Polly tenía el pelo más corto que la última vez que la ví, imagino que no se lo habrá cortado. Y aunque yo le animaba a que se lo dejase largo ahora me doy cuenta de que me gustaba su pelo corto, le daba mucha personalidad, que no es que no la tenga ahora, pero no sé.. le hacía parecer débil y vulnerable (algo que yo siempre le he dicho de lo que se aprovechaba) y a la vez transmitía la necesidad de ser protegida. Sé que esto es algo muy machista, el hombre que protege a la niña indefensa. Me da igual. Su inocencia era dulce, mi abrazo sincero. No entraban en juego implicaciones morales ni sufragistas con pancartas. Supongo que eso me gustaba, pensar que podía contar conmigo por si venían las bestias a atraparla en la madrugada. O algo así.

El aire era cálido por la calle… no recuerdo el nombre… ¿Ordoño I? Sé que la calle principal de Viena tiene nombre de Rey visigodo o algo por el estilo. Repito; el aire era cálido y la brisilla acompañaba a soñar. De ese tipo de brisa que te acaricia y te envuelve. De perfumes densos y agradables. Pasear por una ciudad que no conoces, con una mujer a la que quieres conocer, es como entrar un juego diseñado por un hippie puesto de LSD, casi transneptuniano.  Y sin embargo bonito. Podría describir muchos momentos que viví aquella noche, pero son las sensaciones las que te dejan huella. Difíciles de describir, de percibir, incluso de sentir, que te bañan y te marcan. Pero no sé qué tipo de escritor seré sino puedo describir aquellas sensaciones desparramadas. Puedo inventarme alguna excusa para pasar esto por alto, pero me imagino que todos tenemos un instante en nuestra vida, que recordamos y que no podemos decirle a nadie cómo lo viviste, de qué manera lo viviste. ¿Lo recuerdas? Allí estabas tú, en aquél momento. Y ahora puedes recordarlo y esbozar una sonrisa. Porque tú estabas allí. En aquél momento.

Y eso es todo lo que me queda de Polly; sensaciones que no puedo describir, recuerdos que no puedo contar. Palabras que no puedo decir

 

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