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El día en que Ray Loriga y Quique González me obligaron a ser un incendiario.

Había bastantes turistas aquella tarde en la pequeña ciudad del norte, era jueves santo y la cola del paro estaba cerrada. La gente se ocupaba en comentar la victoria del Madrid sobre el Barcelona la noche anterior. Las aceras estaban lo suficientemente mojadas para reflejar los edificios, alguna nube transeúnte y turista había pasado por allí para hacer fama de que en la pequeña ciudad del Norte siempre llueve. Miguel había cogido la bicicleta buscando algún atropello, evitando los resbaladizos pasos de peatones, sin lugar al que ir, con poder. Ya se había tomado dos tés con leche en las terrazas cubiertas del centro. Liaba su tabaco Golden Virginia y leía un libro robado de Ray Loriga. Se creía inspirado y lleno de energía destructiva. Creía que podría imitar el estilo de Loriga con esos relatos llenos de adjetivos, aunque dos meses después  le resultara aborrecible, pero aquella tarde poco importaba el estilo propio.

Volvió a aquellos lugares a los que no has de volver, que recuerdan demasiados momentos, regulares y malos, porque para Miguel aquella tarde cualquier recuerdo era malo precisamente por su condición de recuerdo y por ser intangibles. Romper con todo, sentirse un náufrago urbano, un trillado rebelde sin causa con una pizca de gilipollez pasional y misántropa. Había visto escenas que en otro tiempo le conmoverían, claro; una pequeña espabilada con una sonrisa sin alguna pieza, lluvia con el sol a contraluz… No sé, algunas mierdas bonitas que aquel día solo le causaban una mezcolanza entre dolor, asombro, alegría y asco.

Se bajó un momento de la bicicleta y la apoyó en el soporte de una escultura, se lió otro cigarrillo. Allí apareció Sonia con su ligera e inquieta melena rubia de urbanita, sus converse caladas y una Canon colgando en el costado.  Se acercó a leer la placa de la escultura en la que fumaba Miguel. Escultura tragicómica de una mujer con un bebé en el regazo, pobre, mirada pérdida y otro pequeño atado a la falda. Miguel se fijó en aquella chica, y sin vacile, con atrevimiento, sin pérdida, le explicó la historia detrás de la escultura. Se llamaba “La viuda del inmigrante” y representaba a la mujer de los inmigrantes asturianos que habían partido en los años 50 y 60 a tierras más prosperas, Suiza, Francia y Alemania.

A Sonia le interesó el cuento y también el descaro de su interlocutor. Nadie había pedido una explicación pero allí estaban ellos. Dos personas. Heterosexuales. Un hombre y una mujer.  Que es lo mismo que decir dos personas perfectamente follábles. A eso se reduce todo.

Sonia y su palidez se alejaban de Madrid y de la frustrante relación con su novio. Miguel era un viajero que acababa de regresar, hasta los cojones de la vuelta y también del camino. También le dolían los cojones. Pero eso no le impedía mantener un cinismo amable.  Una mentira histérica como cualquier otra que conducía a las personas a compartir su tedio y sus insatisfacciones. Un tema conduce a otro y deciden continuarlo tomando algo en una terraza. Una terraza con la que tantas mujeres había estado, una vulgaridad rutinaria para uno, una novedad para ella.  El mismo momento, dos realidades muy diferentes.

Así que un café con leche y un refresco, empezar  a sentir el gusto del otro, sus olores, alguna banalidad. Y entonces Miguel se saltó el guión. Cuando todo iba rodado se colocó los auriculares en los oídos, sacó el libro, encendió su reproductor y le dio al play al volumen suficiente para no oír nada más. Quique González con rabia. No es que se hubiese vuelto loco o que hubiese perdido el interés de manera repentina por esa chica guapa. Era muy consciente de lo que hacía, se la sudaba quedar como un puto friki. Sonia se quedó sin saber cómo reaccionar, al principio se lo tomó a coña. Le tocó el brazo para ver qué narices pasaba, Miguel le hizo la estatua, el vacío, como si allí no hubiese nadie más. También la vació por dentro. Pasaron cinco o diez minutos, Miguel leía contento y encerrado, Sonia fumaba y le miraba con susto de haber encontrado a un tío tan enfermo.  Se levantó, pagó su café y se fue con el cuerpo destemplado.

No había ningún motivo para aquello, era una venganza contra todos y contra nadie, particularizado en una muchacha que pasaba por allí. Su silencio era la rabia contra todas las mujeres que le habían podrido el corazón, que le habían hecho daño, por todas las mentiras a la puta cara y otras cositas del amor. Por todas las mujeres que le habían ignorado solo por ser quien es. Por las que más le marcaron, por las anónimas también.  Fue encantador al principio y desapareció entre una nube de polvo y ceniza, era devolver lo mismo que había sentido miles de veces aunque de una manera más sutil. El tributo que debía pagar la humanidad. Era un grito en silencio. Un ¡jódete y aquí te quedas!  Había construido una historia que contar, un relato de esos lleno de adjetivos, uno de los que no puedes discernir la realidad de la ficción. Con un final inesperado. No quería decir nada más.

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Quique Gonzalez – El Contestador

Y no me da la gana marcharme cuando empieza lo peor,
un nudo en la garganta se intuye por tu boca en el contestador,
tú solo intenta no mentirme hasta mañana.

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“¿Qué es lo más triste que recuerdas?
Todo este tiempo durante el cual no había nada que tapase la tristeza. Quiero decir que la tristeza es algo constante. Las canciones tapan la tristeza igual que el ruido tapa el silencio. Cuando las canciones se acaban vuelve la tristeza. Ir sentado en el autobús por la noche. El sonido de los televisores en verano que baja hasta la calle desde las ventanas abiertas, y la luz de los televisores en las mismas ventanas, la estupidez de los domingos, organizar tu propia fiesta de cumpleaños, los regalos que no te gustan hechos con verdadera ilusión, dejar de sentirte maravilloso para sentirte normal, no beber, no tomar nada, estar como al principio, Cáceres, cuando desaparece la sensación de ser otra persona que se te queda al salir del cine, las conversaciones del taxista, el metro, las maquinas de chicles del metro, la desgracia o la suerte de los parientes, cualquier noticia de los parientes en realidad, tratar de dormir solo sin estar borracho, los trenes de cercanías, que nada se parezca a algo que has leído. Lo peor es la tristeza. Arriba y abajo es mucho mejor que la tristeza, no importa lo violenta que sea la caída.

¿Cuánto puedes subir?
Da igual cuanto puedas subir, porque siempre llegas a un punto en el que ya no hay más. Puedes seguir con las anfetaminas pero ya no subes ni un peldaño más. Te quedas colgado en tierra de nadie, como una cometa en un tejado, y cuando te pasa eso quieres bajar y descender pero no puedes y a veces te cuesta un par de días y son un par de días bastante jodidos. No puedes dormir y no puedes seguir funcionando. No vas a ninguna parte, como una lancha con un motor de seiscientos caballos fuera del agua, la hélice sigue girando pero no avanzas, tienes que esperar a que se termine la gasolina, no puedes parar la hélice con las manos.

¿Y eso es bueno?
Eso es algo y algo siempre es mejor que la tristeza.”

Ray Loriga

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