Archivo de la etiqueta: Relato corto

Sabina y yo.

Lo cierto es que no suelo escuchar a Sabina demasiado, ni he escuchado todas las canciones que tiene y ni siquiera tengo un cariño especial a un disco en concreto. Tampoco puedo decir que sea mi artista favorito, y mucho menos mi persona favorita. No me cae especialmente bien. Además es del atleti, el equipo de fútbol con la afición más esquizofrenica de Europa. Y ahí ya combina tres cosas que no me gusta; es persona, le gusta el fútbol y pertenece a una multitud de fanáticos enrarecidos.

Pero hay algo que se mueve en mi, que me conmueve, cuando escucho a Sabina. Primero, me recuerda a la infancia; a mi padre le gustaba y era un habitual entre las cintas que guardaba en el R5, que luego fue el Wolksvagen Polo, que luego fue el Renault Clio que yo muchos años después heredaria, ya sin cintas en su interior. La del pirata cojo… Y también a mi vecina Lucia, que ya era una teenager cuando yo aun era un enano de jardín. Porque sí amigos míos, Sabina a principios de los 90 era algo así como un sex simbol. Como lo oís.

Y el segundo punto, es que cuando le escucho tengo una sensación como de estar escucharlo algo transcendente, con significación propia, como si Sabina fuese la música que voy a escuchar en los momentos importantes de mi vida. Y esto lo relaciono con el primer punto puesto que tendemos a magnificar la infancia como una etapa de especial transcendencia, que lo es.

Me gustaría que en las noches tristes él estuviera allí, pero también en los viajes en coche cuando forme una familia. Que en las despedidas Sabina me explique porqué, y que cuando te haga el amor, o cuando no encontremos más que desesperanza suenen sus guitarras. Y por supuesto enseñarle sus canciones al hijo que quizá no tenga, y que él, con toda libertad las repudie y prefiera escuchar la música de moda de mierda del momento, pero que cuando cumpla los veinte lo descubra y se acuerde de mí. Como una buena persona, que intentó enseñarle cosas, que intentó explicarle un poquito de qué va eso de la vida.

Esa es la cualidad que tiene Joaquín Sabina, o la que mi mente tan necesitada de respuestas quiere darle; como si de alguna manera sus canciones pudiesen resolver toda la incertidumbre y el vacío existencial. Sabina es lo más parecido a la fe que he encontrado nunca.

Luego también estás tú, pero eso no sé si es fe o simple paranoia del devoto.

..

* La puse hace poco pero bueno…

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¿Y en Madrid se ven las estrellas?

“¿Y en Madrid se ven las estrellas?” Esa fue la pregunta que le hice ese fin de semana que pasamos en la casa de mi pueblo. Ella nunca había se había sentido tan pequeña como en aquel paraje tan alejado de todo signo de civilización, aquella inmensidad. Ni la Casa de Campo era tan grande. Bueno, quizá exagere un poco, porque en mi pueblo todavía no llegaba internet pero hacía mucho tiempo que llegaba la TDT. La tele que no falte. Y además podías degustar un chorizo que ni en el mejor bar de tapas de la plaza mayor. Pero ese es otro tema.

Le impresionó que le hiciese esa pregunta porque en realidad no lo sabía. Evidentemente a sus 26 años alguna que otra vez se había quedado mirando las estrellas, pero no recordaba cómo ni porqué. No sabía si había sido en alguna playa de Conil, o en las acampadas en Sanabria. O si alguna vez sacando al perro todavía de noche se había sentado en un banco y mirado al cielo. No distinguía constelaciones, ni alpha, ni centauro, ni siquiera la maldita osa mayor que ve hasta un ciego. Yo para hacerme el interesante le dije que aunque estaban ahí, y perfectamente se podía trazar lineas imaginarias entre ellas y las culturas se habían orientado durante siglos gracias a ellas, en la actualidad nadie estudiaba las constelaciones. No era más que construcciones imaginarias, ahora los astrónomos se guían por coordenadas y lo de las constelaciones ha quedado como algo más romántico que otra cosa.

Fui hasta la cocina, saqué dos vasos, los aclaré un poco y cogí un par de cervezas de la nevera. También acerqué el Radio-CD a la ventana del porche y conecté el ipod. Puse Autumm Leaves interpretada por Miles Davis y John Coltrane. Quería crear una atmósfera, era evidente, pero ella me conocía bien y sabía que cuando ponía jazz es que quería ponerme tiernecito. A ella le aburría, o no le daba más. Creo que nunca me dijo que era una mierda por no herir mi sensibilidad musical.

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El buen hombre y la voluntad del azar.

Tomás era un gran chico, y digo gran porque a pesar no ser un ser extraordinario era lo que podría decirse “correcto.” Si se categorizase las personas en una linea estadística con los valores bueno o malo, Tomás ocuparía el centro absoluto, sin ningún tipo de desviación hacia ningún lado. Y eso era lo que le hacía ser una persona tan querida por todos los que le conocían. No es que esa “normalidad” le llevase a ser un hombre sin pretensiones, estaba contento con su situación y esperaba mejorar poco a poco, como todos. En la escuela ya era el niño al que todos acudían cuando sus progenitores se separaban, en la adolescencia ya tuvo su primera novia formal, y duró desde los 15 a los 19, hasta que Sandra, así se llamaba, cansada de tanto buenismo y con la actividad hormonal incidiendo y desafiando su capacidad cognitiva le llevaron a la caja 17 del Eroski y a dejar a su hijo de padre no conocido al cole y recogerlo en casa de la abuela.

Pero sigamos con Tomás; sus padres siempre le habían considerado una persona responsable incluso en sus etapas más difíciles, sus amigos de toda la vida, que llevaban con él desde el instituto, a pesar de considerarle un cabroncete con un gran sentido del humor también querían que fuese el padrino de todos sus hijos. Y con las chicas, Tomás, había tenida relativa suerte. Alguna relación relativamente larga, algún que otro rollete de una noche, desencantos… como todos. Era bastante sincero con las chicas que conocía. Se fijaba en el físico como todos, no era ningún cinico. Y le gustaban las morenas, bajitas, con un buen pandero y con mucho carácter. Tomas no es que fuese especialmente guapo, tampoco era feo ni mucho menos, tenía encanto, una conversación agradable y además tenía aspecto de lo que las madres llaman un “chico sano.” Nunca acababa demasiado tirado, procuraba no ser descortés cuando entraba a una mujer, sabía aceptar un rechazo, y además tenía un montón de cualidades interesantes: Hacía mucho deporte, había corrido varias maratones, era un gran cinéfilo y leía bastante, sin llegar al punto de rata de biblioteca ni al extremo de analfabeto. Incluso tenía el puntito friki de gustarle los comics de la Marvel.

Hacía tiempo que no tenía pareja pero estaba contento como transcurría su vida. Recientemente se había ido a vivir a un pisito céntrico de la capital, con una pequeña terraza. Era la primera vez que no tenía que compartir piso y aquello era toda una alegría. Podía montar sus timbas de poker sin alguna erasmus dando el coñazo, o podía follarse a quien quisiera sin que su madre preguntase en la comida quién había dormido esa noche en casa.

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El día en que Ray Loriga y Quique González me obligaron a ser un incendiario.

Había bastantes turistas aquella tarde en la pequeña ciudad del norte, era jueves santo y la cola del paro estaba cerrada. La gente se ocupaba en comentar la victoria del Madrid sobre el Barcelona la noche anterior. Las aceras estaban lo suficientemente mojadas para reflejar los edificios, alguna nube transeúnte y turista había pasado por allí para hacer fama de que en la pequeña ciudad del Norte siempre llueve. Miguel había cogido la bicicleta buscando algún atropello, evitando los resbaladizos pasos de peatones, sin lugar al que ir, con poder. Ya se había tomado dos tés con leche en las terrazas cubiertas del centro. Liaba su tabaco Golden Virginia y leía un libro robado de Ray Loriga. Se creía inspirado y lleno de energía destructiva. Creía que podría imitar el estilo de Loriga con esos relatos llenos de adjetivos, aunque dos meses después  le resultara aborrecible, pero aquella tarde poco importaba el estilo propio.

Volvió a aquellos lugares a los que no has de volver, que recuerdan demasiados momentos, regulares y malos, porque para Miguel aquella tarde cualquier recuerdo era malo precisamente por su condición de recuerdo y por ser intangibles. Romper con todo, sentirse un náufrago urbano, un trillado rebelde sin causa con una pizca de gilipollez pasional y misántropa. Había visto escenas que en otro tiempo le conmoverían, claro; una pequeña espabilada con una sonrisa sin alguna pieza, lluvia con el sol a contraluz… No sé, algunas mierdas bonitas que aquel día solo le causaban una mezcolanza entre dolor, asombro, alegría y asco.

Se bajó un momento de la bicicleta y la apoyó en el soporte de una escultura, se lió otro cigarrillo. Allí apareció Sonia con su ligera e inquieta melena rubia de urbanita, sus converse caladas y una Canon colgando en el costado.  Se acercó a leer la placa de la escultura en la que fumaba Miguel. Escultura tragicómica de una mujer con un bebé en el regazo, pobre, mirada pérdida y otro pequeño atado a la falda. Miguel se fijó en aquella chica, y sin vacile, con atrevimiento, sin pérdida, le explicó la historia detrás de la escultura. Se llamaba “La viuda del inmigrante” y representaba a la mujer de los inmigrantes asturianos que habían partido en los años 50 y 60 a tierras más prosperas, Suiza, Francia y Alemania.

A Sonia le interesó el cuento y también el descaro de su interlocutor. Nadie había pedido una explicación pero allí estaban ellos. Dos personas. Heterosexuales. Un hombre y una mujer.  Que es lo mismo que decir dos personas perfectamente follábles. A eso se reduce todo.

Sonia y su palidez se alejaban de Madrid y de la frustrante relación con su novio. Miguel era un viajero que acababa de regresar, hasta los cojones de la vuelta y también del camino. También le dolían los cojones. Pero eso no le impedía mantener un cinismo amable.  Una mentira histérica como cualquier otra que conducía a las personas a compartir su tedio y sus insatisfacciones. Un tema conduce a otro y deciden continuarlo tomando algo en una terraza. Una terraza con la que tantas mujeres había estado, una vulgaridad rutinaria para uno, una novedad para ella.  El mismo momento, dos realidades muy diferentes.

Así que un café con leche y un refresco, empezar  a sentir el gusto del otro, sus olores, alguna banalidad. Y entonces Miguel se saltó el guión. Cuando todo iba rodado se colocó los auriculares en los oídos, sacó el libro, encendió su reproductor y le dio al play al volumen suficiente para no oír nada más. Quique González con rabia. No es que se hubiese vuelto loco o que hubiese perdido el interés de manera repentina por esa chica guapa. Era muy consciente de lo que hacía, se la sudaba quedar como un puto friki. Sonia se quedó sin saber cómo reaccionar, al principio se lo tomó a coña. Le tocó el brazo para ver qué narices pasaba, Miguel le hizo la estatua, el vacío, como si allí no hubiese nadie más. También la vació por dentro. Pasaron cinco o diez minutos, Miguel leía contento y encerrado, Sonia fumaba y le miraba con susto de haber encontrado a un tío tan enfermo.  Se levantó, pagó su café y se fue con el cuerpo destemplado.

No había ningún motivo para aquello, era una venganza contra todos y contra nadie, particularizado en una muchacha que pasaba por allí. Su silencio era la rabia contra todas las mujeres que le habían podrido el corazón, que le habían hecho daño, por todas las mentiras a la puta cara y otras cositas del amor. Por todas las mujeres que le habían ignorado solo por ser quien es. Por las que más le marcaron, por las anónimas también.  Fue encantador al principio y desapareció entre una nube de polvo y ceniza, era devolver lo mismo que había sentido miles de veces aunque de una manera más sutil. El tributo que debía pagar la humanidad. Era un grito en silencio. Un ¡jódete y aquí te quedas!  Había construido una historia que contar, un relato de esos lleno de adjetivos, uno de los que no puedes discernir la realidad de la ficción. Con un final inesperado. No quería decir nada más.

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Quique Gonzalez – El Contestador

Y no me da la gana marcharme cuando empieza lo peor,
un nudo en la garganta se intuye por tu boca en el contestador,
tú solo intenta no mentirme hasta mañana.

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Instrucciones para no dormir (y soñar un poquito)

Ante todo, para tener una noche insomne sin que resulte desagradable hay que tomar unas acciones previas muy recomendables. En caso de no tomarlas usted podría caer en un profundo sueño del que no le despertaría ni ocho agujas gordas marcando las doce.

El proceso es el siguiente:
• Sienta usted la noche, acaríciela, salga al balcón, fúmese un cigarrillo, piense que usted es de facto un ser nocturno. Familiar cercano de lechuzas y hombres de farolas oblicuas.

• Escuche usted discos de swing, especialmente recomendable Django Reinhardt. Si en algún momento usted se adormece, este guitarrista gitano hará que usted sienta espasmos musculares en sus extremidades inferiores, de manera continua, repetitiva y en sentido vertical de arriba a abajo. Muchas personas durante los años 20 y 30 fueron diagnosticadas erróneamente con el síndrome de la pierna inquieta. Estudios posteriores revelaron que lo único que tenían en común estos sujetos era su afición al swing. No se maltrató a ningún animal durante las investigaciones, exceptuando un gato pardo con cojera.

• Tenga usted una conexión a internet y una cuenta en twitter. Podrá pasarse horas actualizando viendo tweets de personas del otro lado del charco que sí están despiertas lícitamente.

• Procure que su ropa de cama abrigue mucho y que la temperatura ambiental de su cuarto sea elevada. Entorno a unos 18º centígrados o más. Es probable que tanto calor le lleve a que le suden partes de su cuerpo a las que no tiene acceso. También revolver el edredón y las sabanas a en forma de hatillo le será de gran ayuda.

• Mantenga siempre en el lado izquierdo de la cama varios libros y revistas que le impidan apoyar la cabeza en ese lado. Se han ganado ese sitio por derecho propio. Haga un esfuerzo por tener tomos de un tamaño y peso suficiente como para que puedan noquear a un presunto asaltante nocturno; por ejemplo cualquier obra de Marcel Proust o 100 años de soledad. Libros que jamás acabará de leer. O también pequeñas novelas de literatura francesa que hablen sin turbación de pollas y coños; por ejemplo alguna de Michel Houellebecq. Esta última medida le será de gran utilidad para no poder cerrar los ojos sin tener visiones que puedan disgustarle u ocasionarle algún trauma de carácter sexual.

• Y sobre todo, y como medida imprescindible y cuasi obligatoria; piense en sus labios. En su forma, en su brillo, en su textura red velvet. Quizá no consiga dormir usted en toda la noche, pero le puedo garantizar, muy señor mío, que soñará bastante.

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Django Reindhart – Swing Guitars
http://listen.grooveshark.com/s/Swing+Guitars/2GsIhZ?src=5

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Martín.

Martín lo había escuchado en algún sitio pero no recordaba exactamente dónde. Ni si quiera recordaba quién lo había dicho. Aun así la idea pasaba por su mente de vez en cuando. No la del suicidio, él había aprendido que se puede vivir relativamente bien si le das poca importancia a las cosas. Si pasas más bien de largo, porque al fin de al cabo y aun siendo un tópico “el tiempo lo cura todo”. Aunque él no siempre podía ser así y en ocasiones las pequeñas chorradas diarias le afectaban demasiado. Lo que Martín se preguntaba es si el desencadenante para que alguien tomase decisión tan drástica podía venir de un ser anónimo. No hacía falta grandes dramas de novelón. No sé, por ejemplo una chica que te rechaza una noche, una dependienta con mala uva, o alguien que es grosero en el autobús. Eso le hacía apartarse inconscientemente de cualquier situación de conflicto. Miedo a dañar y ser dañado. Aislamiento al fin de al cabo.

Era inteligente y racional, si se tomase todas aquellas minucias en serio podrían acabar por convertirse en una gran bola de nieve. Aun así no podía evitarlo de vez en cuando. En los miedos lo racional a veces tiene un papel secundario. Es un conflicto al fin de al cabo, podía solucionarlo o podía erosionarle poco a poco y por siempre. Y cuando peor se sentía era cuando aquellas pequeñas heridas anónimas le venían en tromba a su recuerdo. Aquellos desprecios, unos más grandes, otros diminutos,  le habían hecho mucho daño.

El problema de Martín era que no tenía ningún problema. Sí, tal vez fuese demasiado reservado y para llegar a él hubiese que sortear mil recovecos. Y sí, tal vez eso le hubiese llevado a estar un poco apartado de todo. Intentaba mantener a sus amistades en un status quo, sin demasiada proximidad pero sin perderles de vista. Era su manera de quererles. Incluso así, él no se creía una persona rara o extraña. Sus sentimientos eran puros y su cabeza estaba bien amueblada, aunque de alguna manera su personalidad de lluvia fina le hubiese condenado a estar solo de vez en cuando. Ocasionalmente no le gustaba ir al cine sin compañía.

Arrastraba sus zapatos de cuero marrón y la americana de pana colgando como un saco. Claro que se había confeccionado esa pose de bohemio, pero puede que la pose fuese ahora la que le estuviese absorbiendo a él.  Se había dejado el pelo largo hasta los hombros, y sus rasgos finos y su mirada clara -pero también pálida- revelaban una profunda melancolía. Una inquietud sosegada.

Llegaba pronto a todas sus citas. Nunca había soportado la impuntualidad. Él llegaba al menos 10 minutos antes. Excepto con su buen amigo Fer, cuya norma era hacerle perder al menos un cuarto de hora de vida en cada ocasión. Cuando esperaba a alguien se subía a un bordillo y como si tuviese seis años lo recorría una y otra vez, con pasos lentitos pero con fluidez. Cruzando siempre las piernas. La cabeza en los zapatos de cuero marrón sin mundo alrededor.

En el fondo Martín solo esperaba lo que esperamos todos pero sin tener que contestar preguntas que no tenían respuesta. Y si la tenía dolían demasiado para poder contestarlas. Martín vivía en esa pequeña agonía de intentar vivir como si ella no hubiese pasado por allí. Como si cada cosa que hacía no fuese diferente de cómo la hubiese soñado: estando junto a ella.

Martín la esperaba subido a un bordillo, cruzando las piernas, mirando sus zapatos de cuero marrón.

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Nick Drake – Place To Be

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Katie

Empecemos por decir que los cismas que uno puede padecer o sufrir en la organización de su propia vida, no son casi nunca ni esperados ni responden a una razón concreta.

Alberto sufrió un cisma aquél día. Hubo un corte irrecuperable en su continuo “¿y a mi qué?” Una entropía fortuita pero permanente.

Se encontraba en Berwick St. Una calle de Londres en la zona del soho, donde se reúnen londinenses, algún turista y principalmente maricones nocturnos y alevosos. Pero también tiene unas cuantas tiendas de cambio y venta de discos. Él estaba allí por eso, buscaba un disco muy concreto: Five leaves left, del cantante de folk inglés Nick Drake.  Es un disco difícil de encontrar, aunque perfectamente podría haber buscado en ebay. Necesitaba una excusa para ir a Londres. Evidentemente no le dijo a sus amigos que iba a Londres a buscar un disco, el engaño era autoinflingido (como la mayoría de los engaños que nos hacen tirar hacia delante).

Es curiosa la sensación que le produjo esa ciudad nada más pisarla. No se sentía fuera de lugar. Estaba muy lejos de su Bilbao natal, el cielo estaba plomizo y parecía que en cualquier momento fuese a estallar. Pero al ver los autobuses de dos pisos, los taxis negros, los pijos bien vestido tomando pintas fuera del pub, las luces de Picadilly… todo aquello no le resultaba extraño. Las películas le habían enseñado demasiadas veces esas imágenes. Otra cosa son los olores;  si España huele a ajo, Inglaterra huele a Tandori Chicken.

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Determinada tarde de Diciembre.

Lo recuerdo muy bien. Fue una tarde de un Diciembre no especialmente frio, se podía estar tranquilo sentado en un banco sin quedarse como un tempano de hielo, y eso era de agradecer. Así que así aprovechaba algunas tardes, cuando ya era de noche, caminando entre las señoras que llevaban bolsas de el corte inglés; una corbata para su marido, un pijama para su nieta, unos chocolatillos para ella. Escuchaba el Kind of blue de Miles Davis y todo parecía tener algún tipo de sentido, de armonía cósmica. Era mi primer invierno feliz.

Así que un día de tantos, otro día más, en que no tenía ninguna ocupación; ni trabajo al que acudir, ni clases en la universidad, ni pareja a la que apretar, fui a aquel banco de madera que me gustaba tanto. Estaba en una plaza y pegado a la pared  de un edificio antiguo, un arzobispado o algo por el estilo. Elegí ese lugar por su luz en verano, los árboles hacían bonitas sombras en el suelo, y principalmente porque nadie pasaba detrás de mí mientras estaba sentado allí. Era una reacción completamente límbica, pero no era capaz de soportar sentirme indefenso con miles de peatones pasando por detrás de mí nuca sin que yo pudiese verlos. Puedo suponer que es algo genético, atávico, un instinto de supervivencia para protegerse de los agresores.

Y como iba diciendo allí estaba sentado, leyendo a Céline. Muchas veces había fantaseado con que una chica bonita se sentase a mi lado y empezásemos a hablar. Aquello sucedió ese día.  El tiempo que ha pasado desde aquello distorsiona un poco mis recuerdos y diría que era lo que tenía que pasar. Cuando te sentaste allí a hablar por teléfono, sabía que tenías que estar allí. Y no me sorprendió, no fue realmente excitante, era lo que tenía que pasar. Ibas vestida toda de negro, con una sudadera y un pantalón tejano. Tú eras de ese tipo de mujer que lleve lo que lleve se distinguen las formas de su cuerpo. Llevases un saco por sudadera o un vestido ligerito, de los que vestías cuando viajabas al sur, siempre eras escultural. Y no de escultura de Botero precisamente.

–          ¿Qué hora es?  – Me preguntaste sin formalidades.

–          Las siete menos veinte.

–          ¡Mierda! llego pronto. Hace media hora que he quedado.

–          Te gusta hacerte esperar.  – Le contesté sin saber muy bien por qué me daba información adicional.

–          Me gusta que me deseen. Que sufran. Los que no sufren no tienen por lo que amar. Si no conoces el mal jamás conocerás el bien.

–          Muy cierto. – le dije bastante sorprendido, no por el contenido en si, sino porque una criatura tan pequeña hablase de aquella manera.

–          ¿Y tú a qué esperas?

–          A que pase el tiempo.

–          ¿Cómo? ¿Cómo se puede esperar a que pase el tiempo? ¿Te estás muriendo o algo así? – Me miraba con aquellos ojos que chillaban tanto.

–          No que yo sepa. – se me escapa una pequeña carcajada. – Sé que es difícil de entender, pero solo espero a que pase el tiempo.  – titubeo un poco, siempre había querido tener esta conversación, y cuando tus palabras están saliendo de la estación no sabes qué es lo que tienes que decir. – Es decir, en realidad no hay nada que esperar, nada hay detrás de las horas. Lo que entendemos por tiempo, presente, pasado, futuro, solo son concepciones mentales que fabricarnos para dar sentido a nuestra vida. Para darle una cierta coherencia. Mañana podría pasar cualquier cosa. No hay sensación de control posible ante un reloj. No hay lugar donde esconderse. No hay banco que detenga el tiempo. Las horas seguirán pasando. Y puede pasar cualquier cosa. A eso es lo que espero, a que pase cualquier cosa.

–          ¿Como que yo me haya sentado en este banco?

–          Por ejemplo.

Aquella tarde Verónica no hizo sufrir a nadie más. Primero me hizo conocer el cielo, luego me mostró el infierno.

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¿Cómo hacer desaparecer todos tus fantasmas?

La casa está vacía. Es decir, está totalmente vacía. Parece más grande, es algo que siempre se dice. Pero hay nuevos detalles que nunca había sentido de esta manera. Primero está el parqué ¿Estaba aquí antes?  Está todo el suelo del salón lleno de parqué. Y luego está el sol, vamos, la luz. Entra más que nunca. En realidad no ilumina nada, solo el parqué, se difumina por toda la habitación y también entra de forma concreta por las rendijas de las persianas. Llena todo de este enjambre amarillo que nunca había estado aquí antes. También quedan los enchufes y las llaves de la luz. Hay un enchufe con el que no contaba, antes estaba escondido por el mueble de la tele. El salón es otro ahora. Está vacío pero llenito de ausencias.

Cuando pisé este salón por primera vez ya estaba lleno de muebles. Entre ellos el sofá roñoso que tenía Eva. Lo había sacado de la basura, entre ella y su compañero de piso lo habían subido. Era de un azul oscuro gastado, y picaba si apoyabas la cabeza. Así que siempre lo tenía cubierto de mantas con dibujos del oso yogui y cosas así. Daba asco. Sí, ella era de ese tipo de persona que lo aprovecha todo, hasta las cosas más inservibles. Más que por hipismo era porque se la sudaba. Y a mí me gustaba esa libertad tan dulce que tenía. Aunque a veces me trajese verdaderas mierdas a casa que acababan otra vez en el cubo de la basura. Todo el ciclo de la vida pasaba por este salón. Al fin de al cabo fue nuestro primer sofá, allí nos sorprendió Valerio follando. Pobrecillo, aquella imagen debió impactarle, poco después dejó el piso. “Se acabó el Erasmus y me vuelvo a Torino” nos dijo, pero yo siempre sostuve la teoría que aquella imagen de nosotros dos en la dulce agonía del coito le dejó marcado. Desde aquello ya han pasado 6 años. Lo que iba a ser algunas tardes en casa de Eva, muchas noches, y escaparse sin hacer ruido por las mañanas acabó convirtiéndose también en mi casa. Nos fuimos amoldando el uno al otro.

En esta casa te vi llorar por primera vez, y llenabas todo este espacio con esa risa tan tuya, que primero chilla y luego aúlla. Siempre tenías respuesta para todo y me irritabas, sobre todo en esas ocasiones en que entrabas en un bucle y era imposible salir de él. Hasta que uno de los dos decidía olvidarlo o estábamos tan encerrados que no nos quedaba más remedio que abrazarnos y dejar de hablar por un rato. Estos días he pensado que era aquella manera de querernos a trompicones la que nos hacía sentirnos tan especiales. Era más que evidente que el resto del mundo no era igual que nosotros. Decíamos: “¡Jodeos!”

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Tangerino Capitán

El bravo capitán Tangerino había surcado a bordo de su galeón todos los mares por dónde un barco pirata de diecisiete mástiles tuviese sitio donde aparcar. Había sido el más duro y temible de los piratas del caribe; robado a los españoles y a los ingleses, a los franceses y portugueses, y otra vez a los españoles. Había bebido más ron de caña que cualquier otro marinero; había perecido de resaca cada mañana desde hace 20 años. Se había enfrentado, cuchillo entre los dientes mediante, a los más rudos y fuertes marineros, piratas de otros clubes, bucaneros, corsarios, filibusteros, porteros de discoteca, militares de la reina, revisores de metro y todo aquel que se le pusiese por medio. Había montado él solo y sin instrucciones todos los muebles de IKEA del galeón. Era un hombre capaz y valiente. Y también  había follado con violencia, y sin mimitos, a las más bellas mujeres del caribe; cuerpos descendientes del sol, calientes como ascuas y cabellos sucios; había sudado sobre ellas como animal en plena caza y sin importarle si ellas también se corrían ¡¡Qué hombre!! Su apariencia regia, su barba de mil días y mil noches, los perdigonazos al hablar, su lenguaje vulgar, la ornamentación de calaveras de contrarios, los collares de dientes de tiburón…No había duda que el capitán Tangerino era un autentico pirata; temido por sus compañeros de batallas y mucho más por sus enemigos. Había invitado a pinchitos y galletitas saladas en todos sus cumpleaños. Era un autentico pirata.

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