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Domingo 12 de Diciembre

Sentí rabia. Y no tendría por qué haberla sentido. No era el estrangulamiento ni un escupitajo certero entre los ojos la salida ante la situación. No puedo hacer otra cosa más que disculpar a Rose. Sí, no es su verdadero nombre, no podría poner el verdadero nombre de R O S A en este diario. Prefiero un burdo seudónimo. Pues allí estábamos, yo con mis amigos Fernando y Néstor, borrachos como siempre, mirando a los culos de las pavas como siempre. Escupiendo mierda y bilis. Riéndonos mucho. No sé de qué, de cualquier estupidez parodiable. Ya estábamos demasiados cansados para hablar una y otra vez de las escenas de uno de los nuestros. Y se puso a mi ladito. Para ser justos ella frecuenta mucho ese bar, no es que yo tuviese la exclusiva, ni mucho menos. Con su jersey rojo, su mochila de cuero. Su pandero perfectamente redondeado por sus tejanos bien apretados. Y simplemente la salude, como alguna otra vez. Esperaba una de esas conversaciones en que yo la intento convencer de mis cualidades y ella objeta. No es que sean conversaciones especialmente reconfortantes, sí graciosas. Por su dialéctica, y por la libertad que me da para sacar a pasear mi agudeza. Casi siempre con muchas cervezas a cuestas. Sin embargo, fue su mano la que se alzó, como un silbido en la niebla. Sus dedos dibujaron un “hey” sin vigor. Sin signo de exclamación siquiera. Sé que Rose nunca ha sido la chica más simpática del mundo. Quiero decir, no lo es socialmente, en la intimidad tiene su puntito. Es carismática, ácida, un poco melosa, y tiene bastante ingenio. Pero carente de toda emoción. O al menos esa es la Rose que yo conozco. Lo que transmite. Quizá llore en algún funeral, o puede que lo racionalice y piense que todos tenemos que morir un día u otro. Porque ella es así, siempre antepone la razón a la emoción. Y eso le quita mucha gracia al asunto.

Pues me tocó los cojones. Ella fue la primera chica que me gustó después de mi ruptura con Amanda, me hizo volver a descubrir pasiones que ya creía olvidadas, y en esa casa de mis distopías queridas había una estantería petada de libros. Ella y sus libros de Faulkner, Tolstoi o Jack London. Yo con mis habituales, y en el medio una edición de puto oro de Trópico de Capricornio. Seríamos una pareja preciosa, de esas que no se hablan pero tampoco se ignoran. Solucionaríamos el hambre en el mundo follando como bestias encima de la encimera.

Pues eso, me tocó los cojones. Cuando ya me iba y subí escaleras para ir a desahogar la vejiga, la volví a ver. Esta vez fue ella la que me saludó, creo que esta vez si esperaba una conversación. Con anticipación le guiñé un ojo y seguí andando. El guiño no fue del todo con estilo. Más que guiñar un ojo retorcí todo el lado derecho de la cara. Como si me hubiese dado un ictus. Quise ser John Wayne y me acerqué a Marichalar.

Sé que ella no tiene la culpa, soy yo quien la exculpo, son sus nulas habilidades sociales las que le hacen así. Ofrece una conversación increíble, todo un reto sino estás acostumbrado a mentir. Con muchas probabilidades de cogerte en la mentira. Pero no esperes de ella un “ven aquí, cógete de mi brazo.” Ella es incapaz. Está mutilada. Tiene un estupendo espacio oscuro entre los pulmones, o dendritas y axones.

La noche siguió con normalidad, yo ya había meado, no volví a pensar en el tema. Llegué a casa y vomité en el wáter. Buenas noches Rose.

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