Mi primera replica en la que me mandan a la mierda, me ha hecho mucha ilusión, gracias José Luis.

http://mas.lne.es/cartasdeloslectores/carta/19249/mayores-merecemos-manden-mierda.html

Cartita publicada en La Nueva España, el link a continuación
http://mas.lne.es/cartasdeloslectores/carta/19197/senor-mayor-todo-respeto.html

Yo sé, yo sé.

Yo sé, yo sé cómo quiero que sea mi amor. Y es que alguien escribió sobre ello una canción, y siendo yo niño la descubrí en cintas piratas y viajes nocturnos en coche. Mi amor lo quiero como el que lo ve todo por primera vez, con ojos grandes y curiosos. Cerca del mar, o lejos de él. En los paseos de vuelta a casa y en los nervios del encuentro. Mi amor lo quiero enorme, desmesurado, pero tranquilo, certero, que no corra el riesgo de explotar ni duela, que las pausas sean queridas y necesarias y los pasos firmes. Mi amor lo quiero sumergido en tu cuerpo, rozarte las muñecas, besarte el cuello, apartarte el pelo, morderte los pezones. Mi amor lo quiero con tus gafas, tu pantalón de pijama, tu coleta, tus mierdas. Mi amor lo quiero con mis mierdas. Mi amor lo quiero por la noche, por la mañana, por las tardes, cocinando, follando, de viaje, en casa, en tu boca, en las palabras, en los gestos, en la risa. Mi amor lo quiero musical y cinematográfico, literal y literario. Mi amor lo quiero como quiero a mi padre, serio, respetuoso, disfrutando de lo que la vida te ofrezca. Mi amor lo quiero como mi madre, fuerte. Mi amor lo quiero ahora y siempre.

Yo sé, yo sé cómo quiero que sea tu amor… lo quiero suficiente para querer todo eso.

El texto se lo regalo enmarcado a quien adivine la canción.

Amor de imbécil.

Estoy muy lejos de ti,
y de tu mirada,
y de tus ojos,
y de tu manera de torcer la boca,
y de tus dientes,
y de tu voz.

Estoy muy lejos de poder acercar mi cara a la tuya
y decir lo bonita que me pareces.
Estoy muy lejos de oírte hablar
cualquier cosa,
me daría igual cómo enlazases las palabras
oír cómo formas los sonidos sería suficiente.

Estoy muy lejos, y me duele.
Estoy muy lejos, y me frustra.
Estoy muy lejos y quiero irme más lejos,
huir,
para que la distancia sea tanta
que ya
no sienta que estás lejos.

Pero otras veces,
pienso en cómo me siento
cuando te tengo cerca.
Cuando por fin estamos en paz,
y te acompaño a fumar a la ventana del baño,
y te sientas en el retrete
y reconozco la imagen más maravillosa del mundo
y me quedaría, sentado en frente tuyo,
mirando y hablando
mientras meas
toda la vida.

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Odio España

Me han publicado una cartita en La Nueva España. No sé si ha salido en papel. Nota mental: Corregir antes de enviar. (Falta de cursivas, repetición a muerte… )

http://mas.lne.es/cartasdeloslectores/carta/17938/odio-espana.html

La sangre de Cristo.

El camino era tal y cual él me lo contó. Era de tierra oscura, húmeda, con piedras sueltas de diferentes tamaños, irregularidades y surcos de agua. A cada lado del camino había hierba, alguna había sido pisada y habían hecho una vía paralela más estrecha pero más cómoda que el camino principal. A veces evitaba un charco y otras veces los pedruscos. También había muros, de piedras unas puestas sobre las otras, sin una mampostería muy cuidada. El típico muro para cerrar las fincas y que no se escapen las vacas. A veces el camino se cerraba sobre sí. Se hacía más pequeño, los árboles, mayoritariamente castaños, lo atrapaban y lo oscurecían. A veces el camino parecía un puto cuento de pequeños gnomos que viven en el bosque y tocan folk. Al final del camino había una valla, hecha con cuatro palos, más improvisada que guardiana de ninguna propiedad. Al pasar la valla había un claro, sólo hierba fresca y resbaladiza. En mitad del claro había un pozo. El pozo tenía un brocal y todo lo que hace de un pozo un pozo digno de llamarse pozo. El pozo no tenía cubo. El pozo tenía fin. El fin estaba lleno de agua. En el fondo del pozo brillaban cuatro o cinco monedas, parecían de oro pero no lo eran, eran euros. Las monedas tenían grabada la cara de un Rey. Aquel Rey ahora vivía en Londres con su amante. Aquellas monedas se le cayeron a una chica que se asomó demasiado al pozo para ver si tenía fin porque un amigo le había contado una historia sobre un pozo en cuyo fondo había unas monedas doradas. El pozo tenía fin y las monedas que se escaparon de su bolso acabaron en él. Aquella chica tuvo que desandar el camino para volver a su casa. Cruzó el claro, la valla, los muros de las fincas de las vacas, evitó los charcos, pisó la hierba y los caminos paralelos.Llegó a la carretera, siguió caminando por el borde del camino y llegó a una parada de autobús. Se sentó en la marquesina de hormigón. Se fijó en que se le habían mojado las perneras del pantalón. Sacó un libro (Las versiones en este punto son contradictorias, unos dicen que leía a Cortazar, que llevaba una trenza roja, y que siempre tuvo una belleza natural pero modesta. Otros dicen que tenía el pelo negro, un flequillo recto que le cubría la frente y los ojos verdes diosa, que había rechazado siempre tener que ser atractiva para los hombres  y que buscaba en los libros respuestas y que por eso se había aventurado a leerse todos y cada uno de los libros de Camus. Ahora su paginador (de los que se compran) rondaba la mitad de “La Peste”)  Lo leyó durante un rato. Apareció un autobús. Un autobús viejo, como de los 80, y que iba dejando una rastro de humo por allí por donde pasaba. Levantó la mano para que parase. El autobús se detuvo y abrió las puertas. El autobús iba vacío, el conductor le pidió 5 monedas como las que estaban al final de camino, pasando la valla, el claro, la hierba fresca y resbaladiza, el brocal y brillaban en el fondo del pozo que sí tenía fin. Ella discutió con el conductor “No me deje aquí tirada”, “No hay nadie más en el autobús”, “Se lo pagaré”. El conductor, recio y reacio, reacio y recio, no cedió “Es política de empresa”. Bajó los tres escalones del autobús viejo, como de los 80. Una nube de humo negro la cubrió. Pensó en ir al final del camino, intentar rescatar las monedas doradas que estaban en el fondo del pozo pero rechazó la idea por inconsistente. El conductor siguió conduciendo su viejo autobús. A veces se preguntaba porqué la empresa le llevaba dando durante 10 años la misma ruta con el mismo autobús viejo humeante. Ese día se preguntó si tendría que haber dejado subir a aquella chica. Se fijó que llevaba un libro en la mano, no sabía muy bien si era de Cortazar o de Camus, no lo pudo distinguir bien. Recordó que él solía leer mucho antes de ser conductor de autobús. Dio una curva cerrada a la derecha y luego otra a la izquierda. Recordó lo que solía leer, recordó un cuento sobre un camino en cuyo final había un pozo en cuyo interior había cinco monedas doradas que se le habían escapado del bolso a una chica. Pero de pronto un gran accidente entre dos coches en el camino, una tremenda carnicería y órganos amputados en medio del pavimento entre cristales y metal doblado. El conductor del autobús viejo dejó de pensar en aquel cuento que una vez leyó porque ya se conocía el final. La chica.

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Lista Spotify “11 Semanas en UK”

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Canciones que han marcado mis pasos desde que vivo en Leeds. Haz click en la imagen para escuchar la lista.

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Los perros no vienen de París (Oda a mi perro)

Los perros no vienen de París transportados en el pico de una cigüeña, los perros vienen de Murcia en una furgoneta de MRW. Y es que ese fue nuestro primer momento juntos, yo te esperaba rechonchillo y adorable, pero no, eras un cachorro encanijado, delgaducho y asustadizo al que me costó sacar de la jaula en la que te trajeron. Los primeros días tenías tanto miedo de todo que te escondías detrás de mi cuando te sacaba de paseo, haciéndome tropezar a cada paso. La calle, la gente, los ruidos, hasta las bolsas, todo te daba miedo. Eras del color de las vacas y llevas un pantaloncito para que no se te vean las vergüenzas. 

Pero creciste, de ser ese canijo, te convertiste en el puto perro loco que eres ahora. No tienes muchos amigos, no eres el perro más sociable del mundo con el resto de tu especie, desde que hice que te cortasen las pelotas has perdido mucha valentía, pero eres loco y juguetón y sobre todo un buen perro. Ya ni me acuerdo de aquella vez que te escapaste y cruzaste la carretera detrás de una pelota ajena, ni de cuando te metías en el lodazal y teníamos vía directa a la ducha. Contigo aprendí a tener paciencia, y con el tiempo me fuiste recompensando. No sólo con las tonterías como “dame la pata”, “hazte el muerto” o “haz la croqueta, salta sobre ese arco de fuego, haz un backflip y tráeme las zapatillas y el periódico”. Sino por todas las veces que me sacaste de casa, por dormir juntos la siesta, por las aventuras por rutas desconocidas, porque me acompañaste en los cambios de mi vida y me acompañaste con las personas de mi vida. Sólo me acuerdo del gran amigo que eres, de lo divertido que eres y de cómo echo de menos esa sombra constante detrás de mi. 

Sé que sólo eres un puto perro loco y que aun no te he enseñado a leer, pero supongo que te escribo para sentirme mejor. Y que a no mucho tardar estaremos juntos otra vez, Cachopi. 

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El juego.

“Esto es sólo un juego”, me dijiste, con la mirada firme y profunda. Y yo te creí. Cuenta hacia atrás, cuenta hacia adelante, salta, camina todos los días, come bollos de chocolate, sueña con tener una motocicleta que haga mucho ruido “¡Bruuummm brrrumm!” Haz el ridículo a cada segundo. Sal a la calle, salta, vacíate, gana dinero, compra cosas, gana dinero, compra cosas, entrégale tu tiempo a los demás. Qué más da, esto sólo es un juego. Has perdido la vergüenza, la esperanza, la ilusión y también el miedo y las llaves.

Ayer me encontré a un hombre en la calle, estaba tendido en la acera, borracho, muy borracho, intentaba en vano levantarse con sus muletas. El hombre era un perfecto desecho. Me miró como un cachorrito que vive dentro de una lata oxidada de 50 años de antigüedad. Me acerqué a él, cogí por un extremo una de sus muletas grises de hospital, él la mantuvo agarrada e hizo fuerza para intentar levantarse con mi apoyo. “¿A qué juega usted buen hombre?” Le pregunté. No hablaba mi idioma y empezó a balbucear en una jerga asquerosa. Solté la muleta y cayó de espaldas. No pierdo el tiempo, buen hombre, el juego continua y usted ya ha perdido.

En otra ocasión conocí a una chica, era más alta que yo, su nombre era Rebeca y trabajaba de camarera en el bar de un amigo al que iba a visitar cuando tenía ganas de pillarme un pedo de gratis. Sonreían unos hermosos ojos verdes. Su conversación era fluida y medía bien los tiempos. Conocía y preguntaba por lo desconocido. Yo la miraba embobado, sonreía yo también como un tonto cuando venía a mi rincón de la barra a charlar un rato. Algunas noches nos quedábamos fumando cuando cerraba el bar. Pensaba en ella a veces cuando escuchaba canciones románticas o cuando me masturbaba. Me interesaba, quería viajar a Grecia con ella, la miraba, la seguía mirando embobado, esperando la oportunidad de poder correrme en su boca. Cuando finalmente lo hice le pregunté si le había gustado el juego. En ese momento no me pareció que realmente tuviese una conversación interesante.

¡Ay! “Esto es sólo un juego” me dijiste. La muy zorra de ti. Sabiendo que me lo tomaría al pie de la letra.